¿Debates? ¡No, Gracias!

Los debates presidenciales pueden clasificarse como, en el peor de los casos y desafortunadamente el más frecuente, eventos deportivos. Vienen a ser algo así como una competencia, carente de temas de sustancia; en ellos, todo aparece concentrado en el “YO”, están llenos de propuestas y no de soluciones, y de mutuas acusaciones. Y en el mejor de los casos, con un poco de suerte y un buen moderador, como eventos políticos en los cuales se tratan los temas de importancia de manera muy superficial, llenos de medias verdades, de posiciones incongruentes; donde los temas son tratados bajo el concepto de lo que el votante quiere oír y no lo que en realidad le conviene al país; donde el pragmatismo es simplemente una estrategia más.
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El circo mediático que se forma después del debate lo desnaturaliza. ¿Quién ganó? Como un evento en la vieja arena ¿a quién le quitaron la máscara? Y en cuanto a resultados, son medidos en términos del provecho o daño causado al candidato oficialista y divulgados en los medios con ese cierto favoritismo al candidato que representa la línea editorial de estos.

Las reglas establecidas por los candidatos y el factor tiempo, natural del foro televisivo, rinden estos debates totalmente faltos de valor en términos de una discusión seria de los temas que afectan al país. Los equipos de consejeros y consultores diseñan el evento como una pasarela de modas y preparan al candidato para tal, algo así como las fotos y las entrevistas de las estrellas en la entrega de los premios Óscar: ¡vea qué fotogénico soy! ¿Qué tal el trajecito? ¿La corbata de neón? Imagen, gestos, los dientes blanqueados, los resultados de la dieta de moda. No importa qué tan temporal sean los resultados, y a las 12, de regreso a la realidad como cualquier otro ceniciento, de príncipe a calabaza, ¿y la audiencia?

Seamos francos: la propia audiencia no es Juan Pueblo, está conformada por los fanáticos y los eruditos. En cuanto al efecto que estos debates puedan tener en el resultado de las elecciones es nulo pues los militantes y el voto duro no van a cambiar de posición por la actuación, buena o mala, de un candidato u otro en dicho foro.

Para septiembre la cantidad de los mal llamados indecisos, quienes serían la audiencia a convencer, la audiencia “target”, será mínima, dada la larga y torturante campaña. La verdadera formación de opinión en estas elecciones tomará lugar en las llamadas redes sociales, medio favorito de la juventud. En esos foros y chats donde se forman serias discusiones, constructivas hay algunas ofensivas, otras, llenas de humor negro. Pero ese es nuestro mundo actual.

El votante susceptible a las dádivas, a las huecas promesas, al clientelismo y al asistencialismo formará sus opiniones a lo largo de la campaña, pero un debate no lo va a mover ni para allá ni para acá, es más, me atrevería a decir que apagaría la televisión si se proyecta en cadena, si es que tiene una.

Para establecer el verdadero valor del debate presidencial propongo que el primer debate de la serie sea programado a la misma hora que el clásico Barcelona-Real Madrid. Es indiscutible que el debate de ideas, propuestas y soluciones es esencial para el buen funcionamiento de una democracia pero este no es el foro apropiado, esto se llama entretenimiento.

Si tenemos dinero para botar y lo que queremos es vino y circo, propongo que traigan a Credence Clearwater Revival, o lo que queda de ellos, para los viejos hippies y a One Direction para los nuevos; o mejor, que vaya para la remodelación de un par de escuelas.

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  • eventos deportivos
  • medias verdades
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