Lo más visto

¿Hasta cuándo?

En nuestro país, ha llegado el momento de romper los muros ideológicos que nos separan e impiden enfrentar con un genuino espíritu nacional los graves problemas que nos agobian; de lo contrario, los jóvenes de nuestro tiempo y sus descendientes tendrán que soportar una vida más azarosa que remotamente recordará la precariedad que marcó la existencia de sus ancestros.
Enlace copiado
¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo?

Enlace copiado
No otro futuro les espera, en un país que parece no tener rumbo, como no sea la idea peregrina de instaurar un sistema que coarta todas libertades o en el otro extremo, el de conformarnos a vivir donde campea la ley de la selva.

El estado actual en seguridad, economía, institucionalidad y medio ambiente, con sus secuelas en la corrupción, fiscalidad, servicios básicos y calidad de vida, son solo algunas de las expresiones más visibles de un estado de cosas, que está pavimentando el camino hacia el caos, donde todos, por acción u omisión, tendremos una cuota de responsabilidad. Muchos piensan que hoy estamos peor que durante el conflicto, pues mientras el flagelo de la delincuencia está desbordando nuestra capacidad para enfrentarla, ignoramos la brecha que se expande entre las posibilidades de progreso y las crecientes demandas sociales. Estamos así en una especie de círculo vicioso que perpetúa la asfixiante situación y ensombrece nuestro futuro.

La polarización, que es a su vez causa y consecuencia de un estado de cosas que parece no tener salida, obviamente tiene raíces históricas que idealmente deberían haber sido superadas progresivamente a partir del Acuerdo de Paz. Pero lo acontecido desde entonces demuestra claramente la miopía y las ansias de poder que han comprometido nuestro futuro, para convertirse en una barrera que no nos permite trascender a estadios superiores de desarrollo, vivir como nación civilizada y con suficiente fuerza moral para no estancarnos y, menos, para dar marcha atrás. De la miopía hemos pasado a la sordera y ya parece que somos incapaces de escuchar aunque sea el eco de aquella célebre frase de Cicerón: “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”.

¿Pero cómo podemos hacer reflexionar al estamento político, que es en definitiva el depositario de las demandas y esperanzas de toda una sociedad, cuya historia está plagada de carencias de todo tipo, pero que solo tienen solución a través del esfuerzo genuino y compartido? El problema deviene complejo, porque no podemos caer en la candidez de pensar que el partido gobernante abandonará su proyecto obsoleto de una sociedad sin clases, para transitar a un pragmatismo basado en realidades que muestran claramente el fracaso del populismo y peor aún, del socialismo real. Todos estamos a la expectativa del congreso que ha anunciado para octubre, pero nadie se atreve a vaticinar cómo le hará para explicar su fracaso después de seis años en el poder.

En el otro extremo, se sigue actuando como si el tiempo se hubiera detenido en los años setenta. Siempre fundamentan su discurso en favor de la causa nacional, con respuestas que ni siquiera se hacen cargo de los mensajes de apoyo que les envía la mayor parte de la población mediante el voto. La lucha por el poder al interior de ARENA ya es suficiente para inferir que el partido sigue sin hacer un esfuerzo serio para reinventarse. Esto es más censurable, porque ese solo hecho ya insinúa que ni siquiera son capaces de asumir la enorme cuota de responsabilidad en la caótica situación que vivimos y que paradójicamente le sirve a su principal adversario para justificar sus propias –y mayores– barbaridades y su comportamiento infame. Y si esto es así, el mensaje que recibe la población es que nuestros males no tienen remedio, porque ambos actúan contra el país.

¿Hasta cuándo la ciudadanía honrada soportará la falta de compromiso de nuestros dirigentes para llevarle alivio y esperanza después de tanto sacrificio y sueños truncados? No lo sabemos. Pero todos seguimos de cerca lo que está ocurriendo en el vecindario. Y el detonante puede replicarse: la corrupción campante, en gran parte responsable de todos nuestros males.

Tags:

  • institucionalidad
  • economia
  • polarizacion
  • populismo

Lee también

Comentarios