¿Mercado para qué?

¿Por qué es importante el mercado? ¿Habrá otras formas más eficientes y humanas de satisfacer las necesidades de las personas? ¿Es el mercado lo mejor que la humanidad ha podido crear para organizar a las sociedades? ¿El mercado nos hace más libres o nos limita?
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Hay dos formas totalmente erróneas de reaccionar a estas preguntas, la primera es asumir que el mercado es la única forma factible de distribuir la riqueza en los países; y la segunda es relacionar el mercado con el peor de los males de la historia. Lo que sí es claro es que los dogmas son el peor enemigo de las mujeres y los hombres libres. Los dogmas nublan la búsqueda de la verdad, limitan nuestra curiosidad y creatividad y, peor aún, nos hacen pensar que cualquier solución o idea fuera de los “parámetros aceptados por la sociedad” es un comportamiento desviado y que debe ser corregido o en todo caso eliminado.

En Latinoamérica, la región más desigual del mundo, donde existe una deshumanizante y creciente brecha socioeconómica entre los más ricos y más pobres, los bienes y servicios, en general, son distribuidos a través del libre mercado. Por otra parte, los países de Europa del norte tienen los índices de desarrollo humano más altos en el planeta y sus economías curiosamente también están regidas por el libre mercado. Podemos inferir entonces que el libre mercado, dependiendo de las condiciones sociales y políticas en que se desarrolle, puede producir desigualdad y pobreza; o por el contrario, puede contribuir a generar un estado de bienestar y equidad tal que las diferencias entre los grupos socioeconómicos no atenten contra la dignidad del humano.

¿Cómo logramos los beneficios del mercado en Latinoamérica? Primero, tenemos que estar conscientes de que el mercado es una simple herramienta creada por el hombre, y por consiguiente, al servicio y bajo el control de la humanidad. La mano invisible –y por lo tanto incomprensible– de la que hablaba Adam Smith no es más todas las manos reales de las millones de personas que inciden en cómo el mercado funciona. Habiendo dicho esto, el siguiente paso es tomar la decisión como ciudadanos de cambiar la relación de poder entre mercado y sociedad, subordinando el mercado a los intereses de la población.

Lastimosamente, actualmente en El Salvador contamos con las condiciones perfectas para que este proceso de transformación no ocurra; sin embargo, este hecho también presenta una tremenda oportunidad para los candidatos a la presidencia, para demostrar que en serio creen que lo mejor de El Salvador es su gente y devolverle al pueblo el poder que la democracia le otorga.

Una propuesta es el levantamiento de un índice de Responsabilidad Social Empresarial, en el que se pueda clasificar el desempeño de las empresas en cuanto a diferentes variables tales como: tamaño de la huella de carbono que deja su actividad productiva, salarios dignos, pago de horas extras, pago a tiempo de impuestos, etcétera. Dicho índice permitiría a la población tener un poco más de información (elemento crucial en una economía de libre mercado) a la hora de “premiar o castigar” a la empresa.

Para humanizar el sistema debemos superar el dogma del mercado, así como muchos otros dogmas que limitan nuestra libertad no solo de elegir, pero nuestra libertad de desafiar y transformar la forma tradicional de hacer las cosas.

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