¿Un error de Cervantes?

Cuando un especialista descubre un error notorio ya sea de forma o de contenido en la obra de un gran autor, suele decirse que a veces hasta el buen Homero duerme.
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En efecto, aquel poeta griego que no pocos en el mundo reconocen como el padre de toda la humana sabiduría, y cuyos cantos, La Iliada y La Odisea, confirieron inmortalidad a su nombre, cometió al menos un despropósito considerable en la redacción de sus obras.

Se trata de un párrafo del noveno capítulo de La Odisea, en el que el discreto Ulises se encuentra con el espectro del irascible Aquiles en la ciudad de los cimerios en la noche incesante, y dice: “Pero una vez saqueada la alta ciudad de Príamo, incólume se embarcó en una nave, ni de lanza o venablo en nada ofendido”. O sea pues, ya en buenas cuentas, que luego de asolar Troya se embarcó en un barco... que seguramente vio con sus ojos, agregaría Perogrullo.

Según los letrados contemporáneos de Miguel de Cervantes, el autor del Quijote adolecía de un estilo defectuoso por excesivo y enfático y no pocas veces redundante. Incluso el impecable erudito franco argentino Paul Grossac, ya en el siglo XX, afirmaba que la de Cervantes era una prosa desaliñada y más bien de sobremesa. Y como prueba puntual de su dicho blandía una línea del último capítulo del Quijote.

Ahí se dice que “Don Quijote, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu... quiero decir que se murió”. Ciertamente dar el espíritu y morirse viene a ser lo mismo que una naranja anaranjada o que embarcarse en un barco ni más ni menos. Y los eruditos detractores de aquel humilde redactor que vivió a tumbos entre deudas, cárceles y todo tipo de infortunios materiales y espirituales, tan ufanos.

¿Pero es en verdad un error esa suerte de tartamudeo estilístico de Cervantes? Técnicamente sí lo es. Salvo que quizá es aún más erróneo juzgar desde un punto exclusivamente técnico las obras de un autor como Cervantes y específicamente la obra en cuestión. Ya sabemos, por León Felipe, que Miguel de Cervantes fue el primero en reír y en llorar con las piruetas y las desventuras del Caballero de la Triste Figura. Ese personaje era su hijo y en cierto sentido también era su padre y su hermano de penares.

Entre concebirlo, escribirlo y darlo a la imprenta en sus dos partes habrán pasado treinta años o más. Todo ese tiempo vivió Cervantes a la sombra formidable de tan noble caballero, y llegado el momento de poner “fin y acabamiento” a aquella compañía, obligado a dar muerte al Quijote, el espíritu y la mano del inmenso poeta tiembla, su voz se quiebra y el pensamiento se le enturbia.

Y allí donde debió escribir que dio su espíritu o que se murió, solo una de las dos opciones, escribió las dos en un gazapo que menos que una caída estilística constituye una prueba de plena humanidad, de grandeza moral. Porque ¿quién que no sea un insensible puede reclamar corrección de maneras en el funeral del más querido de los amigos?

La perfección es helada y nada o muy poco tiene que ver con la realidad humana. El error, fruto de la pasión, nos es propio y en muchos sentidos puede ser hasta entrañable. ¿O cómo se explica que el Quijote, acaso el más puro de los documentos de este mundo, en tanto novela, y el más amable de los individuos, en tanto personaje, sea a la vez una prosa desaliñada y un triste caballero a quien ha venido a secársele el cerebro?

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