“Je ne suis pas Charlie”

Si uso la lengua de Montesquieu en el titular del presente artículo es porque se trata de la negación de la frase de actualidad que le está dando la vuelta al mundo en ese mismo idioma, “Je suis Charlie” (Yo soy Charlie), indignada respuesta al salvaje atentado contra el semanario satírico de París Charlie Hebdo que se cobró la vida de una veintena de personas hace unos días. “Je suis Charlie” se ha vuelto un eslogan de quienes ante la tragedia se identifican con esa publicación.
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Hace años en El Salvador, antes del cambio de 1979, escuché decir a alguien que ostentaba una posición de poder: es preferible pedir disculpas que pedir permiso.

Lo he recordado a raíz de las “explicaciones” de la Casa Blanca en Washington, por la no asistencia del presidente Barack Obama a la manifestación que congregó en París a jefes de Estado, unidos a más de un millón de personas para protestar por el atentado y expresar su solidaridad con las víctimas del doloroso suceso. La ausencia del presidente Obama no es casual ni producto de un lapsus. Tampoco quiere decir que él y su gobierno no lamenten el hecho, pero con los ojos del mundo encima fue una decisión política, difícil pero necesaria, dado que el semanario agredido es como una carabina suelta que dispara para todos lados y lastima a sectores sensibles de sociedades multiculturales como la estadounidense, mayoritariamente creyente en Jesucristo.

Yo digo “Je ne sui pas Charlie” (Yo no soy Charlie) porque si bien comparto el dolor y la indignación ante una acción terrorista contra un medio de expresión y personas inocentes, no puedo de ninguna manera aceptar el mal uso de la libertad de expresión por aquellos que lastiman groseramente los principios y símbolos de personas con creencias distintas a las suyas. Este es el caso de Charlie Hebdo: caja de resonancia para los insultos en letras y en dibujos contra todo y contra todos. No es aceptable su burla descarnada de los símbolos venerados por amplios segmentos de la población, como ha ocurrido con sus caricaturas de N. S. Jesucristo y la Virgen María, por ejemplo.

¿Cómo ha podido subsistir Charlie Hebdo todos estos años con baja circulación y sin anuncios? ¿Cuáles han sido las fuentes de ingresos que le han permitido mantener vivos sus ataques, críticas y provocaciones? Yo no tengo ni la más remota idea, pero se me ocurre pedirle al agredido semanario que publique una estadística de los últimos cinco años, con los porcentajes que corresponden a sus publicaciones antisemitas, anticristianas, antiislamistas, antifascistas y otros “antis”. Ello podría exhibir quiénes les inspiran. Si no lo hacen, abren un debate sobre cuál es su posición en medio de una guerra mundial no declarada, que produce millones de víctimas entre muertos, heridos y desplazados: ancianos, mujeres y niños principalmente.

Para nuestro desconsuelo los libelos que se sueltan aquí en las campañas electorales son cobardemente anónimos. Charlie Hebdo les supera moralmente porque pone su nombre, sus firmas y sus caras en cada edición.

No se puede dejar de señalar la metodología criminal de aquellos grupos que usan el Islam con fines de expansión política y ya se sienten dueños de Europa porque la democracia ha retrocedido ante sus amenazas y actos de barbarie, hasta llegar a un ¡basta ya! coreado ahora por millones de voces.

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