“¡Je suis Charlie!”, el grito de una multitud cada vez más globalizada

El atentado desembozadamente terrorista contra el semanario francés “Charlie Hebdo” y el ataque contra un supermercado judío que se dieron casi al mismo tiempo en París hace unos pocos días ponen de manifiesto que vivimos en un mundo cada vez más expuesto a los atropellos del fanatismo sin límites. Esto no es nuevo, pero llega un instante en que ya no es posible soportar más.
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“¡Je suis Charlie!”, el grito de una multitud cada vez más globalizada

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Es claro, como siempre ocurre, que los extremistas de cualquier procedencia y signo son minoría, y con frecuencia una minoría ínfima; pero sus arrebatos destructivos ganan inmediato terreno sobre la realidad, que es donde se mueven las personas normales y comunes, que son la abrumadora mayoría en todas partes.

El domingo 11 de enero se dio en las calles de París una multimillonaria concentración humana, que, en expresión sin precedentes, fue encabezada por la presencia de líderes políticos mundiales. Quizás hasta que dicho acto de calle tuvo efecto no era previsible medir su significación. Ejemplo de ello es que, muy poco después de la marcha, las autoridades estadounidenses lamentaron que no hubiera estado presente el Presidente Obama. En realidad, los signos de los tiempos a veces llegan de pronto, sin previo aviso. La coyuntura actual, tan recargada de ansiedades y de angustias, es cada vez más el escenario de lo imprevisible, para bien y para mal. En este caso, hemos visto el gesto de la tragedia seguido de súbito por la señal del reavivamiento.

Aunque por supuesto no es la única, la herencia agresiva y beligerante de la bipolaridad entre capitalismo y comunismo que imperó en el mundo sobre todo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial envenenó prácticamente todas las áreas de intercomunicación. La realidad nunca se divide en amigos y enemigos, aunque esa imagen sea la que prevalezca de tantas maneras. Y poner a Dios en medio de los odios humanos es no sólo la distorsión máxima sino la fuente de infinidad de locuras inimaginables. Ahora, la globalización, que está abriendo tantas fronteras, también va poniendo más a la vista los trastornos de la conducta universal, con los nudos adicionales que eso representa. Un contraste que habrá que tratar a fondo.

Ningún fanatismo político o religioso es justificable, sean cuales fueren los vestuarios con que se encubra. Ningún odio racial o social es defendible bajo ninguna circunstancia, por habilidosos que sean los argumentos en que se pretenda sustentar. Ninguna táctica o estrategia de exclusión de personas o de grupos, por el simple hecho de ser tales, puede tener validez, así se disfracen con ingeniosa perversión. Pero el fanatismo, el odio y la exclusión continúan haciendo de las suyas prácticamente en todas partes, con los matices que se quiera. Una de las ventajas principales de hoy es que todo, o casi todo, se puede conocer al instante. El silencio y la impunidad están cada vez más expuestos, y eso es ganancia para la eventual sanidad del mapamundi.

Las plagas del presente, que en gran medida son herencia del pasado, no desaparecerán en forma mecánica ni a ritmo acelerado: se requiere una estrategia sostenida, que comprometa a todos los actores y comprenda todos los problemas. Este criterio es aplicable en todos los niveles de la realidad: global, regional, nacional y comunitario. Lo más esperanzador de la coyuntura actual se centra en el hecho de que nadie, por poderoso que sea, puede erigirse en dueño de la verdad y en artífice de las soluciones que la habiliten. Todos necesitamos de todos. Y en tanto más pronto se haga valer tal línea de convicción y de acción habrá más condiciones propicias para salir de los atolladeros frustrantes y pasar a los dinamismos constructivos.

París, domingo 11 de enero de 2015. Fecha histórica en muchos sentidos. Como si un aparato amplificador y un proyector expansivo de potencia transnacional se hubieran instalado entre la Plaza de República y la Plaza de la Nación, las voces y las imágenes se han hecho sentir en todas las latitudes. Los ecos de esas voces y los reflejos de esas imágenes pasan al catálogo de símbolos más representativos de la época. El tiempo demostrará los efectos consecuentes.

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