ÁLBUM DE LIBÉLULAS (112)

915. AGENTE FACILITADOR
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Fiebre elevada, dolor intenso en las articulaciones, enrojecimiento cutáneo, decaimiento general. Fue a la Unidad de Salud y la joven doctora que atendía le dio el diagnóstico de cajón: ataque viral de chikungunya. Con un comentario dizque tranquilizador: “Como todos esos síntomas se dan en cadena y usted me los menciona todos, quiere decir que ya está al final de la cadena”. Él, en vez de tranquilizarse, quedó en vilo. Tuvo que animarse a hacer su inesperada pregunta personal: “Y si el ciclo no se repite, ¿qué hago?” La doctora lo miró con sonriente aleteo de párpados: “Rece una plegaria para que le asista algún iluminado zancudo emprendedor”. Se sintió a gusto con la respuesta. Cuando llegó a su ínfima habitación de estudiante sin recursos, se preguntó: “¿Y ahora a quién acudo?” Y chikungunya, que de seguro es una divinidad exótica cómplice de los anhelos insondables, le hizo crecer la fiebre de inmediato.

916. DESDE LAS ALTURAS

Cualquiera hubiera pensado que no pasaba de ser un pueblito perdido en algún repliegue de la serranía, y que así iba a quedarse para siempre. Pero el movimiento de una mano mágica hizo de pronto la diferencia inverosímil. Desde la ventana de un helicóptero en vuelo alguien se asomó, y al instante su teléfono que llevaba a mano captó la imagen, que en verdad fue una sucesión de perspectivas para después no tener dudas sobre la ubicación. Pocos días después, los agentes turísticos estaban ahí, con el esbozo de un plan completo. Luego de siglos de silencio, el bullicio de la transformación insospechada. Entre las novedades, la más curiosa para los lugareños era el helipuerto, para que el descubridor original pudiera aterrizar cuando quisiera. ¡Cómo subirían los bonos del lugar si alguien llegara a saber que ese que lideraba el proyecto era un extraterrestre!

917. MISTERIOS SUBURBANOS

Iba zigzagueando por la acera penumbrosa, con los tropiezos producidos por el exceso de tragos y las quebraduras del cemento descuidado. Venía de la cantina de siempre, y tarareaba una canción característica, con estragadas reminiscencias de Vicente Fernández. En un filo saliente tropezó hasta caer, y quedó tendido como un cuerpo sin vida. Faltaban varias horas para que amaneciera, y nadie más pasó por el lugar. La herida de la frente se le desangró hasta formar un charco. Con las primeras claridades apareció un transeúnte apresurado. Miró de reojo al accidentado y lo creyó una víctima de los pandilleros que pululaban por la zona. Se fue rápidamente, y lo mismo hicieron todos los que cruzaron después. Ya avanzada la mañana, alguien dio parte. Llegó una patrulla. No había nada, ni víctima ni rastro. El agente se encogió de hombros. Alguien quería despistar.

918. EL PRÓXIMO ESTRENO

Entrecerró los ojos y se hizo una pregunta reiterada, por si alguna vez había respuesta: ¿Qué se hicieron los cines de antes? Los de aquel tiempo en que las películas cinematográficas constituían el único desahogo mágico en un pequeño mundo sin sorpresas cotidianas. Con los ojos entrecerrados, las antiguas salas recuperaban su identidad. Quiso detenerse en alguna, al azar, como en un juego típicamente infantil. ¿Cuál sería esta vez? Le apareció la fachada inconfundible: unas cuantas gradas de acceso en declive, unas columnas rústicas, un tejado venido a menos, y, encima de este, el gran cartel donde todos los lunes aparecía pintado sobre papel el nombre de la película que iba a estrenarse el próximo viernes. Sí, el Cine Principal, en la Segunda Avenida Norte, guindo abajo. Cruzó la calle para ver el cartel: “Acuérdate de vivir”. ¡Si es lo que hago, pues!

919. LA MÚSICA MANDA

¿Pero qué era aquello? ¿Una serenata en estos días, o, mejor dicho, en estas noches? El trío tocaba y cantaba un bolero ranchero: “Luna de octubre”. Había cierta amenaza de lluvia, porque eran las semanas en las que tradicionalmente se despedía el invierno. Las voces sonaban frente a un balcón enrejado, de cuerpo entero, cuya hoja de madera se hallaba cerrada. Ya cuando la canción estaba por concluir, la hoja se entreabrió, y una figura envuelta en una túnica casi transparente empezó a asomar. El contratante de la serenata, que hasta ahí había estado oculto, avanzó hacia el balcón. Caminaba apenas. Cuando cesaron los acordes, hubo un instantáneo cambio de escenario. La luna brillaba a plenitud. La reja había desaparecido. La dama y el caballero se tomaron de las manos. Volvían a ser jóvenes. El trío iniciaba otro tema: “Obsesión”.

920. TRAVESURA INOCENTE

En el álbum familiar de retratos se estaba produciendo un fenómeno complemente inexplicable, salvo que alguna mano traviesa estuviera haciendo de las suyas: las fotografías cambiaban de lugar, y al hacerlo las figuras o los rostros retratados también mostraban mutaciones perceptibles, referidas a las edades de los retratados. Era como si, según la nueva ubicación, los personajes adoptaran la edad correspondiente. Ahí estaba ella, por ejemplo, su prima Melissa. La foto original era de su primera madurez y la misma foto, muchas páginas adelante, la mostraba en plena adolescencia. Un evidente juego del tiempo. Y él, ¿dónde estaba? Había una foto antigua de cuando era niño, que permanecía igual al cambiar de puesto. ¿Sería él, pues, el autor de aquel juego? Se miró en el primer espejo que halló a la mano. Y la imagen era la un anciano sonriente, que quería ser siempre el mismo.

921. JUEGO DE PALABRAS

El gran salón tenía una impecable configuración versallesca. Al empezar a llegar las parejas invitadas al festín se hizo aún más patente la reminiscencia clásica. Pero al fondo una pequeña orquesta de músicos vestidos como magos convertía la atmósfera en una especie de capilla profana. Cuando todos los invitados estuvieron presentes, el maestro de ceremonias ocupó el podio de reflejos dorados y comenzó a pronunciar un cierto discurso de bienvenida. “Queridos hermanos en la fe: esta noche le vamos a rendir el debido tributo a la divinidad que nos inspira: el Placer. Gracias por…” Pero esas palabras fueron interrumpidas por otras, que surgían de algún rincón indefinido: “¿Qué te crees, principiante sin luces al que se le traban los vocablos? ¡Nosotros estamos aquí para celebrar el placer de la Fe!... ¡Que empiece cuanto antes la orgía mística!”

922. LUNES DE ENERO

El primer día de clases en la Universidad llegó más temprano que todos. Estaban aún trapeando los pisos y limpiando los cristales. Se sentó en un rincón del vestíbulo, con la mente en blanco. Y le vibró el ánimo al pensar en la frase que encabezaría la página inicial de su nueva vida: “Madrugador”.

923. QUÉ ALIVIO

Entró en la farmacia en busca del medicamento recetado. El despachador leyó la receta. “No se entiende nada”. “¡Gracias, es lo que quería oír, porque me comprueba que mi mal es imaginario!”

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