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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (135)

Aquel menesteroso sin hogar tuvo aquel día el impulso de salir de su rutina sin horizonte, y se dirigió hacia el horizonte.
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1098. Testimonio del primer instante

 Estaba oscuro, pero fulguraba en lo más alto una estrella que era sin duda distinta. El indigente no alzó los ojos, porque tenía el cuello casi oxidado, pero sí sintió un baño de luz desconocida. Se desplazó a campo abierto, y luego de mucho caminar tuvo ante sí algo que mostraba toda la pinta de ser establo, y una vela encendida le mostró que ahí, en el rincón de uno de los pesebres, se refugiaba una pareja. La mujer joven tenía a un recién nacido en brazos. Muy cerca una mula y un buey parecían hacer de guardianes. Él preguntó: “¿Me puedo quedar aquí?” No hubo respuesta. Pero el niño comenzó a llorar, no de necesidad ni de dolor sino de felicidad por el primer encuentro con la vida. Al menos eso era lo que hubiera pensado algún transeúnte imaginativo.

1099. Revelación con fecha

Ahora hacía mucho frío, como se espera en diciembre en el Norte. Pero la nieve no había sido tan intensa, quizá por efecto del cambio climático, aunque pequeños promontorios se alzaban por doquier. Los vecinos del poblado casi rural permanecían en sus viviendas a aquella hora, cuando faltaba poco para la medianoche. Ya en la salida del mismo se hallaba una granja lechera y muy cerca de la casa había un lugar que alojaba a las reses que proveían el blanco manjar líquido. Nada en particular ocurría aquella noche. Pero ya muy cerca de la medianoche, algo llamó la atención de los habitantes rubios de la casa. Era un sonido de jilgueros en medio de la nieve que empezaba a caer. Un sonido que venía del reducido lugar donde se alojaban las reses. Y de pronto ese sonido se fue haciendo idéntico a un canto ceremonial. Era medianoche. Comenzaba el 25 de diciembre.

1100. Unirse a la caravana

Aquel día del final de diciembre visitó, como era su costumbre cotidiana, la iglesia de Santa Mónica, en la calle 79 del East Manhattan, a unos pasos de la Primera Avenida. Después de las oraciones de rutina fue a sentarse en una banca para meditar unos minutos, como también hacía siempre. Pero esta vez ocurrió algo nuevo: con los ojos cerrados entró en suspensión de todas las sensaciones cotidianas y pasó a sentirse poseído por una impresión de amplitud interior desconocida. Era como si en la conciencia se descorriera una cortina para hacer visible un paisaje silvestre. Él estaba detenido al borde del camino polvoriento y una caravana se acercaba. Cuando pasó a su lado, reconoció al instante a los tres señores montados que mostraban el talante de los reyes antiguos: “¡Son ellos!”, se dijo con feliz asombro. Los seguiría, por supuesto, y aquel asombro valía más que el incienso, la mirra y el oro.

1101. Convocatoria para vecinos

La niña Balbina tenía montada su tiendita al borde de la antigua calle hacia el norte, antes de que existiera la Troncal. El terreno estaba arbolado y por un atajo empinado se subía a la finca vecina que su dueño nominó “Riverside”, porque el río Las Cañas se hallaba muy cerca, despuesito de la línea del tren. La niña Balbina ponía todos los diciembres un nacimiento con multitud de figuras, que eran un abigarrado mosaico frente a la escena del pesebre. Pero ese año el nacimiento resultó muy diferente a todos los anteriores: alrededor del pesebre solo había un pequeño grupo de personas y de animales, que reproducían a los habitantes del lugar. ¿Qué significaba aquella imprevista coincidencia? La niña Balbina, sonriente, tenía una respuesta simple: “Es para invitarlos a todos a que vengan y se reconozcan. Tenemos bizcotelas para alegrar el momento del encuentro”.

1102. Evocación parisina

Aunque la cena de Nochebuena es tradicionalmente familiar, ellos dispusieron salir a comer por ahí, en cualquier bistró de la zona céntrica, que es donde presumiblemente están los mejores. Eran un grupo singular: una abuela, un hijo y un nieto, que no era hijo del hijo sino de una hija que estaba allá, al otro lado del mar. Había movimiento especial en las calles. Al fin hallaron, cerca del Louvre, un lugarcito que desde afuera invitaba a hacerle honor al momento. Entraron y era una taberna con aire de capilla. Dijo la abuela: “Qué extraño: yo que no soy dada ni a las tabernas ni a las capillas me siento a gusto”. Y el hijo: “Esta es mi primera Navidad en París: quiero sacarle todo su jugo nostálgico, porque es lo que siempre soñé”. Y el nieto: “A mis 14 años empiezo a descubrir que la vida es un enigma”. En ese instante el aire trajo su mejor anuncio: era medianoche.

1103. La buena nueva

Eran refugiados de una de las guerras que circulan por el mundo, y ahora estaban alojados en un campamento que tenía ese propósito. No parecía haber muchas posibilidades inmediatas de rehacer una vida normal, pero dicen que la esperanza es lo último que muere. Una noche, ya para irse a dormir al reducidísimo espacio compartido, sintieron que alguien los llamaba por sus nombres desde lejos, como en un susurro que de seguro nadie más podía oír. “¿Oyes?”, le preguntó él a ella. “Sí”, respondió ella. “¡Vamos!”, la urgió él, incorporándose. “¿Y si nos descubren y creen que estamos huyendo quién sabe con qué propósito?” “No nos van a descubrir”, le aseguró él con énfasis. Y escaparon, guiados por el susurro. Nadie más supo de ellos. Pero ellos, con identidades indescifrables, andaban pregonando la buena nueva: “¡El Salvador ha nacido! ¡El Redentor ha nacido!”

1104. Volver a los orígenes

El hombre de mirada a la vez dulce e imperativa se detuvo ante la puerta de una casa donde lo esperaban. No andaba solo, sino en compañía de varios, que parecían seguir al pie de la letra sus mandatos, aun los más cotidianos. Cuando estuvieron adentro aquellos que venían de seguro de un constante peregrinaje, los dueños de casa les hicieron saber que lo tenían todo listo para que comieran y descansaran lo necesario. El hombre que comandaba el grupo les sonrió con mensaje. “Esta es como una celebración entre muy antiguos vecinos…” Los aludidos se quedaron en suspenso, sin entender. Él les explicó la referencia: “Aquí, muy cerca, hay un establo con un pesebre, en el que yo nací. Y ustedes, al recibirme ahora, reviven aquel momento como si fuera ayer…” Solo lo dijo y el sonido de un rebaño se escuchó muy cerca. Era el símbolo de la misión presente.

1105. Globalización mayor

Cuando el astronauta aterrizó en suelo sideral desconocido se dispuso a hacer una caminata exploratoria por aquellas soledades inhóspitas. Pero no había avanzado mucho cuando se topó con una presencia perfectamente insospechada: ahí, entre las rocas, una pareja de humanos cuidaba a un recién nacido…

1106. Tengámoslo presente

Era mago y se dispuso a reproducir en escena el nacimiento en Belén. Todo dispuesto, pero cuando hizo su pase se apagaron las luces, y no han vuelto a encenderse. Con el milagro no se juega.

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