ÁLBUM DE LIBÉLULAS (136 )

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1107. AÑORANZA FUGAZ

Tiempos remotos: éramos niños y vivíamos en el campo. Tú eras Tita y yo era el niño José. Nuestras respectivas casas quedaban a la par, separadas por una vía polvosa en pendiente y por dos cercos de alambre con sus puertas falsas. Podíamos vernos de un lado al otro con solo asomar. Y es prácticamente lo único que hicimos durante aquellos años, hasta que un día dejamos de vernos. No parecía haber cambiado nada en nuestras respectivas realidades, pero el hecho era que ya no estábamos ahí. Broma del calendario, quizás. Hasta que de pronto el calendario tuvo uno de sus descuidos atávicos y se detuvo a descansar por unos instantes. Nosotros nos hallábamos ahí, frente a los respectivos cercos de alambre, que en verdad ya no existían, porque todo el entorno era irreconocible. Nos miramos, sonreímos y nada más.

1108. LECCIÓN PARA EL AIRE

El tan cacareado cambio climático está pareciendo cada vez más una pieza del teatro del absurdo. Nosotros lo veíamos venir desde mucho antes de que los aparatos lo rastrearan y las vidas cotidianas lo sufrieran. En nuestra aldea de retirados y meditativos, escondida entre los cerros, los árboles estaban languideciendo sin que hubiera ninguna razón aparente para ello. Uno de los habitantes con más edad tenía que tener alguna explicación, y de seguro se la inventó antes de que le preguntaran: “Las fuerzas superiores quieren hacernos saber que no están contentas”. Me atreví a preguntarle: “¿Y dónde están esas fuerzas?” “Aquí”, me dijo, y se tocó el lado izquierdo del pecho. “¿Quiere decir que el cambio climático es una expresión de lo que sentimos? ”, pensé. Y él pareció leérmelo: “Sí, porque cada corazón es el pálpito del universo”.

1109. INTERCAMBIO DE PRESENTES

Ellos habían sido siempre una pareja muy atenta a lo que pasaba en su hogar, con normas claras de vida cotidiana y preceptos ordenadores de las conductas de todos, ellos dos y los tres hijos, que casi eran de la misma edad. Los hijos llegaron a la adolescencia y pasaron de ella sin mayores problemas, como si todo lo aprendido les hubiera marcado para el resto de su tiempo. Pero cuando los hijos pasaron con tanta naturalidad por aquel trance, algo empezó a manifestarse subversivamente en la cotidianidad de los padres. Parecían de pronto adolescentes rebeldes, con tendencias aventureras peligrosas. Los hijos los llamaron a capítulo: “¿Qué les está pasando?” Ellos respondieron al unísono: “Ustedes no se han dado cuenta, pero al ser como son nos han hecho el regalo de sus locuras posibles… ¿Qué quieren que hagamos con ellas...?”

1110. PREMIO A LA PERSEVERANCIA

No hay nada más inspirador que la lluvia persistente y animosa entre los árboles. Lo había experimentado desde que tenía memoria, allá en las arboledas de sus primeros años. Ahora vivía en una colonia de clase media, en cuyas viviendas apenas había espacio para plantar algunas especies de flores caseras. Cada mañana, cuando se asomaba por la ventana, tenía la ilusión visual de estar en las inmediaciones de un lluvioso bosque de larga vida, lo cual le habilitaba las sensaciones de la jornada. Eso se repitió sin falta durante todo el tiempo en que vivió en el lugar porque las condiciones no admitían otra cosa. Hasta que un día la empresa en que trabajaba quebró, y él, que era ya un hombre maduro, pasó al desempleo. Era necesario emigrar, y lo hizo hacia el pequeño pueblo de sus orígenes. Las arboledas seguían en su puesto. ¡Maravilloso ascenso!

1111. MISTERIO SIN ENIGMA

Cuando le dijeron “Tienes dentro de ti la luz brillante”, se sintió, paradójicamente, deambulando por una penumbra que estaba al borde de ser tiniebla. Al que le había dicho aquello le respondió con un gesto de amable indiferencia, pero la frase se le prendió en el cordón más sensible de su red anímica, y ahí se quedó como una especie de luciérnaga paciente. Pronto, sin embargo, se olvidó de ella, porque los afanes del diario vivir eran más y más premiosos. Hasta que en algún momento la oscuridad empezó a gruñir en su interior, de seguro acuciada por las negruras exteriores. Entonces se acurrucó en un rincón de sí mismo, y tuvo la inmediata sensación de que la luciérnaga paciente se le acercaba por primera vez. Al tenerla junto a él descubrió que aquella luciérnaga era en verdad un latido, el de su corazón, convertido en luz. La luz brillante por fin…

1112. CLAVE DESCIFRADA

Tenían pendiente en su agenda la peregrinación hacia algún lugar sagrado. No era una promesa específica a un personaje investido de santidad o de inspiración trascendental reconocida, pero sí el persistente voto personal de hacerlo. Ambos habían asumido de manera espontánea tal compromiso, y ese venía a ser de seguro su lazo de unión más eficaz. Pero el tiempo pasaba y la ocasión no acababa de presentarse, como si el destino cotidiano se estuviera haciendo el rogado. Y así en algún momento la suerte les empezó a fallar en común. Perdieron los trabajos y se les agotaron los ahorros; sus hijos, ya adultos, se hacían los desentendidos. No pudieron mantener la casa y se alojaron en un refugio público. Sin decírselo, comenzaron a comprender que la peregrinación empezaba a programarse: sería hacia su propia indefensión liberadora.

1113. LA FUERZA DEL DESTINO

El predio engramado estaba casi cubierto de hojas secas, que el viento movía de un lado a otro, según el impulso de las ráfagas. En aquel momento el viento parecía haber tomado un “break”, porque se hacía sentir una sorprendente quietud. Fue en el curso de ese breve paréntesis que las máquinas de transformación del terreno hicieron su aparición, con cierta impronta apocalíptica. Sobre la hojarasca un par de ardillas lo observaban todo con el ánimo dispuesto a saltar a la primera rama disponible cuando hubiera necesidad. La hubo, porque la maquinaria se posesionaba imperialmente de los entornos. Dieron el salto inverosímil y el viento entendió de inmediato el mensaje. En unos segundos aparecieron las ráfagas con fuerza sideral desconocida. Las máquinas rodaron como si fueran de juguete. Poco después ardillas y hojas departían tranquilamente sobre la grama.

1114. EXPLICACIÓN DE ÉPOCA

Aquel monje predicador provocaba reacciones adversas y aun airadas porque la base de su prédica era que este tiempo era mejor que todos los anteriores. Nadie lo entendía. Hasta que el adolescente adelantado dio en el clavo: “¿Le han preguntado en qué tiempo vive? De seguro en el que inventaron los bienaventurados…”

1115. CASA DESTROYER

En aquella casa estaban prohibidos los espejos. Y no había ninguna razón estética para ello: simplemente era una orden de los fantasmas que ocupaban el lugar clandestinamente, manteniendo a los dueños como rehenes escondidos con orden de silencio.

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