ÁLBUM DE LIBÉLULAS (137 )

Era un edificio de última generación, con más cristal que cemento. Ahí trabajaba ella, quien había logrado aquella colocación luego de infinidad de currículos enviados a todas partes.
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1116. VENTANA LIBERADORA

No era una recién llegada al país ni a la ciudad, pero eso mismo le daba suficiente conocimiento de que en las sociedades que se autoproclaman desarrolladas desarrollar la vida personal tiene múltiples bemoles. Era un día lluvioso, y todos los entornos estaban envueltos en espesa neblina. Se asomó desde su séptimo piso. Tuvo, por primera vez, un amago de vértigo de altura. Volvió a su cubículo, y comenzó a pensar, también por primera vez, en alguna forma de libertad real, que fuera financieramente sostenible. No tenía imágenes concretas a su disposición, pero no importaba: el solo pensar que aquel edificio cristalino era una cárcel la ponía en la vía de la imaginación anhelante.

1117. PARÁBOLA DEL CAMINANTE

“Todos los caminos que son para ti se encuentran y se te ofrecen”, decía uno de mis profesores más recordados, que curiosamente era de ciencia de esa que llaman pura. Él lo decía refiriéndose a las experiencias científicas, y yo lo tomé siempre, desde aquellos años de despreocupada adolescencia, como una verdad que transitaba por cualquier parte saltando cercos. Ya en la juventud fui teniendo a la vista caminos que pasaban a mi alrededor en diversas formas y con distintas identidades: algunos eran personas, otros eran trabajos, y no faltaban los sueños que querían sobrevivir en la luz del día. Ya en la madurez los caminos se fueron haciendo cada vez menos y volviéndose más distraídos. Me pregunté: “¿Qué se hicieron todos los caminos que eran para mí y que por eso debieron encontrarse?” Uno de los caminos sobrevivientes me tomó de la mano. Y en ese gesto los redescubrí a todos.

1118. ¿VUELO PERDIDO O GANADO?

A aquella hora los espacios públicos del aeropuerto se hallaban invadidos por una espumosa marea de viajeros. En las tiendas libres los pasajeros hacían sus compras, principalmente de ropa y de bebidas. Algunos solo deambulaban hacia sus puertas de embarque. Y unos pocos se refugiaban en los clubes privados para viajeros de business class o de primera. Él era de estos últimos. Entró y fue a ubicarse en una butaca junto al gran ventanal que daba hacia la principal de las pistas, donde ya estaba el boeing en el que él viajaría. Se quedó dormido. De repente despertó, se asomó al ventanal y tuvo la inmediata convicción de que era su vuelo el que iba desplazándose por la pista. Fue a indagar. En efecto lo era. En él iba su equipaje, pero eso no le importó en ese instante. Algo querría decir aquella desconexión de tiempos. Y quizás comenzar la ruta sin equipaje era la señal de liberación que estaba necesitando.

1119. CUENTO DE HADAS

Desde que allá en la primera infancia oyó el cuento de Caperucita Roja se sintió llamado a seguir el ejemplo del lobo feroz. No se lo dijo a nadie, por supuesto, porque el lobo feroz era el malo del cuento. Por el contrario, y de seguro para no dar ninguna pista sobre su verdadera identidad, se esforzó desde el principio por parecer inocente y gentil en todas las situaciones de la vida, sobre todo las más conflictivas. Tanto así que sus amistades más cercanas lo apodaron “Tissue”. Y tal calificativo le atrajo muchas simpatías femeninas. Todas las suyas eran aventurillas ocasionales, hasta que asomó Elisa. Química instantánea. Cuando llegó el momento vino la proposición: “¿Qué te parece si nos vamos el fin de semana a una cabañita romántica que he alquilado en la montaña?” “Sí, claro, mi amor”. ¿Qué pasó allí? Imagínenselo porque nadie lo sabe.

1120. ILUSIÓN SIN TIEMPO

Días de frescura entrañable, con anuncio de frío creciente. Lástima que esa antesala sea siempre tan fugaz; y es que con la aceleración actual de los tiempos humanos el clima parecía haber ganado patio. Ese en el que estábamos era uno de esos días en que se añoraba y se temía al frío al mismo tiempo, y por eso era tan oportuno salir en busca de emociones ambientales. Nos cubrimos con las primeras prendas francamente otoñales que teníamos a mano y salimos a pasear por las calles céntricas de aquella ciudad que no era la nuestra pero que habíamos asumido como propia. No muy lejos estaba nuestro parque favorito. Al entrar en él comprobamos que todas las bancas estaban ocupadas. ¿Qué hacer: caminar tranquilamente entre los árboles o irnos a tomar una copa de jerez a la taberna vecina? Estamos pensándolo aún para que el otoño lo piense un poco antes de escapar.

1121. ARMONÍA DEL JUEVES

En el colegio los jueves teníamos asueto por la tarde. Por costumbre, nosotros íbamos en familia al parque Balboa, en Planes de Renderos, o a Atecozol, en Sonsonate. Siempre los mismos lugares, quizá surgidos por casualidad. Aquel jueves, sin embargo, no salimos a ninguna parte, sin explicación expresa. Fue ese día cuando comencé a vivenciar una posibilidad que forma parte natural de la vida: puedes estar o no estar sin que el mundo exterior se percate. Y tal sensación, a la vez emocional e intelectual, y tan sencilla que no requiere explicaciones adicionales, es el mejor estímulo para nunca dejar de estar, en la forma que sea. Los años han pasado, pero lo que verdaderamente importa es no pasar en el interior de las sensaciones vitales. Aquí me tienen, en este jueves por la tarde, camino del parque Balboa o de Atecozol, sin saber si aún existen.

1122. LA PREGUNTA DEL MILLÓN

Los árboles y los amores mientras tengan raíces tendrán flores. Es un dicho popular que, como todos los de su especie, recoge la sabiduría de la vida vivida. Y él, entonces, que era un ser común con estructura anímica de ser excepcional, se había propuesto tener un árbol bien enraizado en terreno fértil y un amor con raíces suficientemente seguras para no temer los embates de las borrascas. El árbol fue un ashoka que era como todos una columna que se movía al ritmo del viento, cualquiera que fuese el impulso que este llevara; pero el amor no podía comprarlo en un vivero. Y lo que se le ocurrió fue empezar a mostrarse ante las elegibles como un semillero de sentimientos. Ninguna se dio por aludida, hasta que una le preguntó: “Y si las semillas pegan, ¿cómo tener seguridad de que las flores darán frutos?” Él se dijo: “Esta es, aunque tenga que corregir el dicho”.

1123. CONSUELO INMEMORIAL

El monje de clausura se asomó por la elevada ventana y vio meticulosamente hacia el entorno, como era su costumbre desde que ingresó en el monasterio. Era una mañana de cielo abierto y de entornos resplandecientes. La mirada del monje escrutó aún con más detenimiento lo que tenía a la vista. Se frotaba las manos una con la otra y tenía la mirada anhelosa hasta la ansiedad. Se estuvo ahí largo rato, aguardando; y por fin apareció el objeto de la espera: aquel carruaje de líneas clásicas tirado por hermosísimos caballos blancos en el que iba la doncella encantada. Era un cuento, sí, y eso hacía que la añoranza no pudiera ser pecaminosa.

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