ÁLBUM DE LIBÉLULAS (139 )

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1133. VERSIÓN ORIGINAL

Sus allegados empezaron a verlo ensimismado, a él, que era el más generoso proveedor de sonrisas. Nadie se animaba a preguntarle sobre aquel cambio de actitud, pero al fin las especulaciones comenzaron a volar alrededor. Y un día de tantos uno de sus amigos más antiguos y entrañables le lanzó una pregunta que parecía espontánea e inocente: “¿Que ya te picó la mosca de la ilusión erótica?” Él sonrió, como si no entendiera. “Bueno, pues te lo voy a preguntar con más delicadeza: ¿Estás enculado?” La sonrisa se le volvió un gesto casi melancólico. El preguntón hizo un gesto afirmativo. “Di en el clavo, ¿verdad? ¿Y quién es la merecida?” Él acudió entonces a la palabra: “Sí, diste en el clavo, pero no se trata de una mujer al estilo corriente”. “¿Y entonces?” “No, no es una mujer como todas: es una lámpara que, siguiéndome los pasos, me sonríe en lo oscuro…”

1134. ELLA NUNCA DECIDE

Lo pensó cada vez con más frecuencia: “La felicidad no es tan evasiva como parece”. Y la vez más reciente que lo pensó estaba a punto de pasar a una prueba sobre su propia convicción al respecto. No sería una prueba amorosa, que es el área en que se dan casi todas las pruebas de esta índole, sino que sería un examen cautelosamente existencial. Puso su currículo en diversas agencias ofertantes de empleo, para ver qué le resultaba. Al cabo de unos días le llegaron dos ofertas que parecían reales: una para ser administrador de stock en una biblioteca de obras estrictamente antiguas y otra para ser promotor de ventas en un desarrollo residencial silvestre en una cumbre. ¿Por cuál decidirse? Y entonces pensó para completar su idea básica: “La felicidad no es tan evasiva como parece, pero siempre nos deja la última palabra”.

1135. HILO DE SEÑALES

Todas las noches oía desde lejos los cantos ceremoniales de la Mezquita Azul, y sentía sin falta la emoción del reencuentro. Ahora trabajaba en una tienda de alfombras y cerámicas en la pequeña calle Utangac, luego de ser jardinero por algún tiempo en el vecino Hotel Four Seasons. Sí, estaba en Estambul, su lugar de origen, del que había emigrado sin saber que era una prueba para recuperar su origen. Israfil, el dueño de la tienda, lo recibió aquella mañana con una frase que podía ser una invitación o una advertencia: “¿Estás dispuesto a recuperar tu verdadera identidad?” Él lo oyó con sorpresa, mirándolo a los ojos. Israfil se explicó: “Ya sé que eres un tejedor insuperable. La mejor alfombra te espera”. Él suspiró: “Voy a tejer un jardín, porque también soy jardinero”. Los ecos de los cantos de la Mezquita Azul llenaban el aire…

1136. SENCILLO JUEGO DEL DESTINO

Andaba buscando trabajo desde hacía mucho, y en su casa le lanzaban dardos cada vez más directos al respecto. Y es que las condiciones económicas iban acumulando angustias día tras día, porque la única fuente de ingresos eran los encargos ocasionales que recibía su mujer como correctora de estilo. Aquel viernes, sin embargo, pareció abrirse una rendija inesperada. Él regresó de su cotidiana búsqueda con un anuncio que tenía mucho de enigmático: “He encontrado un quehacer que me puede sacar de apuros”. Como su mujer era escéptica por naturaleza, no le hizo preguntas indagatorias. Al lunes siguiente descubrió que él había sido contratado como redactor jefe de textos en la empresa de publicaciones donde ella con frecuencia los corregía. La miró sonriendo con puntería irónica: “No seré muy estricto, no te preocupés…”

1137. MIGRACIÓN SUBLIMINAL

Optaron por emigrar a Canadá cuando sus expectativas se les fueron volviendo más y más aleatorias. Argumentos, los trillados: inseguridad a toda máquina, escasez de oportunidades de empleo suficiente, carencia de estímulos para progresar. Las imágenes sobre el futuro en el alto norte se inclinaban hacia lo contrario: la vaguedad ilusionada. Llegó el día del viaje, y con todo y bártulos emprendieron la ruta, por aire, desde luego. Arriba, el cielo parecía tranquilo, pero con relámpagos al fondo. Fue una travesía sin contratiempos. Llegaron a su lugar de destino, y se ubicaron como pudieron para pasar la noche. En esa primera noche, el sueño dio sus claves. Cielo sereno, con chispazos circulantes. Al despertar, descubrieron que seguían volando. En realidad, aún no habían llegado. ¿Cuándo sería el verdadero aterrizaje?

1138. LA OTRA LIBERACIÓN

Estaba en prisión luego de ser cogido en una redada de extorsionistas, y el origen de su situación actual derivaba directamente de haberse incorporado a una pandilla luego de ser conminado violentamente a ello por pandilleros que controlaban la zona donde él vivía. En prisión, el hacinamiento era agobiante. Él, un muchachito que desde muy temprano estuvo inclinado a la vida libre por callejones y veredas, hoy estaba en su segundo encarcelamiento sucesivo: primero en las redes de la clica y hoy entre los tabiques del penal. Un día de tantos, recibió una visita insospechada: “Vengo a verte para ver si necesitás algo. Soy el tendero al que extorsionabas. ¿Te acordás?” ¿Qué era aquello? El muchacho bajó la cabeza. “Ahora soy catequista y quiero ayudarte”. El muchacho alzó la cabeza. La prisión se le había vuelto de pronto una terraza abierta.

1139. REGRESO AL ORIGEN

La arena, como siempre, estaba húmeda, porque las olas más inquietas y espumosas la cubrían a cada instante, según los pálpitos del oleaje. Se descalzó para poder sentir de nuevo aquella sensación que le retraía el alma hacia los tiempos más felices. Dejó las sandalias en un montículo herboso y comenzó a caminar sobre la arena, con impulso creciente, sintiendo que la planta de los pies se le volvía un colador feliz de los mensajes que venían del fondo de la superficie arenosa. Ahí, muy cerca, se encontraba la cabaña abandonada. Avanzó hacia ella, empujó la puertecita derruida y entró. “Vengo del mar y necesito tierra firme”, dijo en voz alta. Un soplo de brisa, colada quién sabe cómo, le respondió de inmediato: “Estás en casa. Tranquilízate. Concluyó tu exilio. Te fuiste hace siglos y hoy regresas. ¡Bienvenida, deidad de los viajes heroicos!...”

1140. RELEVO EN SECRETO

“¡Deprisa, deprisa!” La orden suplicante provenía del personaje inmóvil que estaba ahí, en una esquina del gran salón. Y dicha orden se dirigía hacia alguna presencia invisible que podía estar en cualquier parte. El visitante desconocido, que era el único en aquel momento, tomó la orden como propia: “Soy yo, y vengo a auxiliarte. Te guiaré hacia la salida. ¡Vamos!” Así se hizo. No encontraron a nadie en la ruta hacia el portón. “Aquí te dejo. Aléjate cuanto antes. Voy a tomar tu puesto”. Y hasta el momento no hay novedad advertible. La misma estatua del dios sin nombre sigue en su puesto.

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