ÁLBUM DE LIBÉLULAS (140)

Nos conocimos en el velorio de un amigo por distintas vías que pereció por accidente al cruzar sin precaución una calle muy transitada.
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1141. ARAÑITAS MANSAS
En el salón de la funeraria había mucha gente, y los únicos dos asientos disponibles eran aquellos, juntos en un extremo. Yo soy retraído por naturaleza y ella apenas sonreía. Pero solo un instante después de sentarnos a la par ya estábamos conversando animadamente en voz baja, como debe ser. En un paréntesis porque alguien se acercó a ella para saludarla, pensé: “¿Qué puede significar conocerse en un lugar como este y en una circunstancia como la presente?” De inmediato me respondí: “No atravesar de manera intempestiva”. Ella volvió a su asiento: “Ese muchacho fue mi novio, pero nos dejamos porque él es muy impulsivo y me atormentaba como un ejército de garrapatas”. Le respondí: “Yo en cambio lo único que suelto son arañitas mansas”. Hecho.

1142. EL CRISTAL SIN COLOR

Era hombre práctico o, al menos, quería navegar con esa bandera. Y la practicidad se mide a diario justamente en los hechos. Esos hechos que en estos días ponen en jaque a cada instante todo lo que sea comportamiento racional. Él, entonces, se hallaba sin descanso entre la espada y la pared; o, para ser más concretos y actuales, entre la ficción y la realidad. Tenía un amigo que se dedicaba a las prácticas esotéricas y con él hablaba periódicamente de tales situaciones con sus respectivos matices, queriendo buscar fórmulas precisas para descifrar los significados de lo real, y así funcionar con la practicidad que era su anhelo de vida. El amigo le dijo un día: “Lo que tenés que tener presente siempre es que todo es según el color del cristal con que se mira”. Él se quedó pensando: “¿Y si tu cristal nunca tiene color?” El otro se rio: “Ah, entonces ya llegaste a la perfección: aprovéchala, y que la realidad te aproveche”.

1143. GRACIAS, MISTERIO

Sonó la llamada en la mesita de noche. Era, por supuesto, uno de aquellos teléfonos antiguos que tenían sonido de timbre. Sacó el brazo del interior de la sábana y lo expendió hacia el auricular. Al otro lado sonó la vocecita que parecía llegar de una de las más remotas estancias del pasado. “Necesito estar contigo, Caracol, ¿puedes permitírmelo?” Él hundió la cabeza en la almohada humedecida por el sudor de tantas noches. Suspiró con fuerza, y ese suspiro fue la respuesta más elocuente. La vocecita pareció madurar de pronto. “¿Me reconoces, verdad? Estoy aquí, y lo único que me falta para ser completamente feliz es oír tu voz, que me suena a mar cuando te tengo en el oído…” Él reaccionó entonces, con ansia inquisitiva: “¿Y qué puede tener mi voz para ser capaz de completar el gozo de la eternidad?” Al otro lado se escuchó ahora el suspiro. Lo que no se había realizado en el mundo se realizaba ahora en el trasmundo.

1144. Ante el altar

Mientras crecía en edad se le iban esfumando todos los tragaluces de la fe en lo sobrenatural que se le abrieron en la infancia: se iba volviendo racionalista de hueso duro. Así entró en una adultez exitosa, porque fue tenaz en los estudios y disciplinado en su puesta en práctica. Pasó a vivir a la gran ciudad, hizo carrera como corredor de seguros y formó familia. Todo en orden. La vida transcurría como un arroyo sin obstáculos, hasta que un día de tantos la corriente llegó a una especie de embalse insospechado. Y entonces todo se detuvo. En su entorno familiar, laboral y social no había ningún cambio: todo estaba ocurriendo en el paisaje de su conciencia. Hasta que no aguantó más. Era preciso escapar. Así lo hizo. Y lo primero que le salió al paso fue la capillita donde su padre lo llevaba a rezar cuando niño. Entró. Ahí estaba el altar. Su arroyo interior despertó y alzó vuelo.

1145. TORTILLAS, FRIJOLES Y QUESO

Esa había sido la cena de siempre en la casa familiar, aun cuando se trasladaron del cantón al pueblo y del pueblo a la capital. El padre se tomaba además su vasito de chaparro, y, si no había, de aguardiente envasado. Pero él dispuso estudiar Relaciones Internacionales y su buen desempeño lo llevó pronto al mundo de la diplomacia, partiendo de abajo, desde luego. No tardó en conseguir puesto en una embajada de los entornos. La cena tradicional de alguna manera seguía siendo posible. No tardó, sin embargo, en conseguir cargo en Europa, el destino anhelado. Y ahí sí cambió radicalmente la cena. Aquella noche, mientras sorbía escargots de Bourgogne en un pequeño restorán cerca de la Avenue Kléber, sintió un aroma inolvidable en el ambiente. Cerró los ojos. Y cuando los abrió estaba en el comedor más remoto, con la cena servida. Favor de la nostalgia.

1146. SANMALAQUIAS.COM

Cuando apareció el sitio en la web, nadie le dio mayor importancia, porque ahora hay excentricidades donde escoger. Pero los mensajes que se hacían circular desde ese sitio comenzaron a ser muy pronto enigmas con mensaje, y con un cierto toque provocativo. Para empezar, todo venía firmado por el eterno contemporáneo. Pero hablaba de cosas que ocurrieron hace muchos siglos, con una naturalidad refrescante. Y al compararlas con lo de hoy las similitudes resultaban impecables. En algún momento, el mensajista se dirigió a Pedro Romano, con una confianza de colegas intemporales. “Francisco, ¿qué te parece si nos encontramos esta tarde en la taberna donde hemos estado reunidos tantas veces desde que te mostré, allá en los remotos días, mi lista de 113 pontífices, y tú me dijiste que era una apuesta aventurada pero muy ingeniosa…?”

1147. EN LA LÍNEA

Da gusto soñar, porque es lo único que funciona como globo de helio que asciende sobre las cien mil y una miserias cotidianas. Pero soñar no es gratuito: se paga con moneda fuerte. Lo supo, o al menos lo intuyó vehementemente, aquella tarde en que salió a caminar por los senderos del parque más cercano, entre los árboles conocidos desde siempre y que ahora, sin motivo advertible, parecían presencias de otro mundo. ¿Qué significaba aquel reencuentro con su más viejo sueño, el de la transfiguración de realidades a su antojo? Se fue caminando hacia el fondo de la arboleda, y no tardó en llegar a un claro que no recordaba. Ahí, en su banco ruinoso, estaba su primer profesor de vida, el abuelo Nicolás, ese que un día desapareció sin dejar rastro, como si se lo hubiera tragado la sombra. “Gracias por venir, muchacho, ya no vamos a separarnos…” ¿Quién seguiría a quién?

1148. PODRÍA OCURRIR MAÑANA

En el salón principal de la funeraria, engalanado con grandes cortinajes de terciopelo y hermosos ramos de azucenas, había cuatro sarcófagos. Uno de los pocos visitantes preguntó: “¿Ya los identificaron?” “Sí, son las cuatro estaciones”. El aire, en shock, no se animaba a entrar.

1149. PEINA NEGRA

Es lo que hacían los vándalos al llegar a un pueblo. Esta vez no pudieron: los moradores, guerreros retirados, habían puesto minas por doquier. Los estallidos parecían los petardos de una fiesta triunfal.

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