ÁLBUM DE LIBÉLULAS (141)

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1150. EN CLAVE CLÁSICA

Había sido un típico amor de adolescencia, que brotó con el despertar de las hormonas sorprendidas y se dispersó con las primeras novedades sigilosas. Se siguieron viendo porque tenían el mismo grupo de amigos escolares, pero al concluir el bachillerato cambió todo. Ambos se fueron a estudiar fuera, ya sin conexión ninguna. Por eso fue algo verdaderamente sorpresivo encontrarse aquel domingo otoñal en un sencillo restorán neoyorquino. “¿Ángela?” “¿Ángel?” Abrazo y beso, de amigos por supuesto. Se fueron a una mesita rinconera, junto a la ventana que daba a la calle. ¿Qué hacían? “Yo coreografía”. “Yo vestuario teatral”. Se sonrieron a punto de reírse. “Podemos colaborar en la misma obra. ¿Qué te parece Romeo y Julieta?” “Sí, pero en versión moderna, muy moderna…” Afuera, un Sol tímido parecía asentir.

1151. PARÁBOLA DE LA LIBERTAD

Llegó el momento en que pudo tomar conciencia personal de que toda liberación buscada es una huida disfrazada, y tal convencimiento íntimo le produjo la necesidad anímica de quedarse quieto en el punto en que estaba. Se preparó entonces para esa inmovilidad buscada, dejando toda actividad externa y programando su subsistencia de la manera más sencilla posible. Su familia inmediata y sus allegados estaban convencidos de que era presa de la depresión, concepto tan en boga entre los avatares del vivir contemporáneo en cualquier parte. Él intuía lo que todos pensaban, y no dio ninguna explicación al respecto. Lo curioso fue que, en la medida que se enconchaba, parecía más joven y sano. Uno de los pocos que le frecuentaban le preguntó una tarde: “¿Cómo te sentís?” “Libre de veras, porque no necesito liberarme de nada”.

1152. ME LO CONTÓ EL AIRE

Ahí, enfrente, la inmensa lámina resplandeciente parece una superficie metálica que se extiende hasta el horizonte. Todos observan sin atreverse a decir ni una sola palabra. Hay que imaginar que las palabras le rinden homenaje al silencio. El padre Andrés de Vera comienza a entonar el Te Deum Laudamus, que no se ha oído nunca antes en esas latitudes. Como si el canto tuviera por sí mismo poderes sobrehumanos, de inmediato se comienzan a mover las aguas con un suave ritmo envolvente. El jefe de la expedición dice para sus adentros: “Este es el mar que se me apareció en el sueño, el mar sin límites que es una página en blanco”. Y siente que ha llegado el momento de hacer la declaración formal: “Yo, Vasco Núñez de Balboa, declaro inaugurado el Mar del Sur, que con su apariencia pacífica será el mar de los tiempos que vienen…”

1153. CEREMONIA DE SIEMPRE

El vientecillo veraniego llegaba por fin después de las tormentosas jornadas extemporáneas de las semanas recientes. Y cuando ese hálito fresco se hizo sentir, hubo en el jardín que rodeaba la casa una serie de estremecimientos enigmáticos. ¿Era la expectativa por los meses secos que estaban entrando o la aleteante cortesía con los ciclos naturales del año? En todo caso había buenos augurios. Aquella tarde el aire liberado pareció tomar un respiro para hacerle espacio anímico a lo que llegaba. Al filo de la noche comenzaron a desvelarse las estrellas, en multitud animada. El jardín recordó de inmediato las noches sucesivas en las que había imperado la oscuridad, y todas sus energías se conmovieron ante la transparencia ahora imperante. Fue suficiente para disponerse a dormir sin miedo, hasta que el Sol volviera a descorrer las cortinas.

1154. RELOJERÍA OBEDIENTE

La estancia tenía todos los elementos de la escenografía aristocrática. Y, en efecto, había sido el lugar favorito del señor marqués, cuando él llegaba a descansar de los ajetreos de la Corte. Pero hoy esos elementos daban la sensación de ser un pequeño paisaje expuesto a las penurias del abandono. Aquel día estaba anunciado el arribo de los nuevos moradores, que en realidad era uno solo. Llegó a la hora señalada. El carruaje tirado por caballos se detuvo a la puerta y el mayordomo casi adolescente estaba ahí para recibirlo. “Voy a instalarlo en su recámara, señor marqués”. El recién llegado recibió la frase como si estuviera leyendo un texto novelesco del siglo XIX. “Gracias, y después me dejas solo, quiero descansar hasta recuperar todas mis energías perdidas”. “Hasta el próximo siglo, pues: ya puse los relojes en retroceso…”

1155. LECCIÓN MAGNÍFICA

Los que piensan que la venganza es dulce acaban corroídos por la acidez de esa falsa dulzura. Leyó la frase escrita de su puño y letra, y pensó que él era un ingenuo que requería consejos realistas. “¿Qué hago ahora, cuando necesito venganza para sobrevivir?” Y es que todos sus dizque amigos y colaboradores le habían jugado la vuelta con todos los maleficios imaginables. La necesidad anímica lo impulsaba a cobrárselas sin misericordia, porque el peor atentado posible es la traición a mansalva. Estaba dispuesto a hacerlo, pero antes se dejó mover por un impulso cuyo origen le era desconocido. Se fue a un retiro en la montaña, a respirar con libertad. Y ahí la frase que recogiera quién sabe cuándo se le apareció como un hada madrina. ¿Venganza? ¡Vade retro! Su hada madrina lo llevaba de la mano…

1156. LA LINTERNA MÁGICA

Todo el tiempo tuvo su habitación privada en el segundo piso, con ventana abierta hacia el sur. El lugar de vivienda cambiaba, pero no la ubicación y la proyección. No era un efecto buscado, pero algún sentido tendría. En el sitio en que estaba hoy, el acceso al segundo piso era por una escalera de caracol que seguía hacia arriba, y el horizonte sureño no eran colinas sino la línea del mar. Eso le ocurría por primera vez, y el percatarse le encendió la linterna interior del destino, que siempre se mantuvo apagada en un rincón. Movido por el hálito de esa luz, al día siguiente inició los trámites. En unas cuantas semanas todo se hallaba listo. La tierra quedaría atrás; el mar estaba adelante. En el crucero donde halló trabajo su habitación se hallaba en el segundo nivel, a ras del agua. Y su caracol interior lo acompañaba a otear la lejanía.

1157. VISITANTE ANHELADA

El ferrocarril hizo sonar su silbato inmediatamente antes de cruzar la curva que anunciaba la presencia de la estación, rústica como todas las ubicadas en los espacios rurales. En la rampa de esta había una pequeña multitud, que se animó con expresiones de júbilo cuando la máquina estuvo a la vista con sus sonidos tradicionales. Y es que todos los presentes, que eran habitantes de los alrededores, la aguardaban a ella, la Primavera de otras latitudes, que llegaba en visita de reconocimiento de nuevos destinos posibles.

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