ÁLBUM DE LIBÉLULAS (144)

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1174. EN TIERRA EXTRAÑA

Cada vez que oía o que recordaba la palabra “diáspora”, referida a los que como él habían dejado su mundo de origen para ir al encuentro de un mundo de destino, se le encendían en el interior las veladoras desconocidas. Era una sensación recurrente, que se le aparecía cuando estaba en su trabajo en el taller mecánico donde los ruidos podían llegar a ser insoportables, cuando caminaba por las calles solitarias y oscuras de “la ciudad que nunca duerme” y cuando descansaba en su ínfima vivienda que era el rincón de un piso con una sola ventana a la calle. ¿Diáspora? No sabía por qué aquella palabreja le recordaba los salpores de la tienda que estaba a unos pasos de su casita en el barrio San Miguelito. Quizás nunca podría descifrar todos aquellos enigmas. Quizás nunca dejaría de ser un fantasma de entonces aprendiendo a ser real en tierra extraña…

1175. NOTICIA DEL DÍA

La colonia estaba hoy en poder de las maras, que se disputaban sus reducidos espacios como si fueran territorio sin límites. En un terreno arbolado había una capilla que estuvo ahí desde siempre, cuando los primeros pobladores llegaron a vivir en la paz de los suburbios. Esa capilla se había convertido en “casa destroyer”. Herejía en acción. Antes, las veladoras encendidas soltaban hacia los entornos, por las noches, una iluminación casi mágica. Ahora, la oscuridad era total. Los vecinos, sometidos al abuso de la violencia imperante, lo aceptaban todo, hasta que alguien se animó. Sin previo aviso, la autoridad desplegó un intenso operativo de control y captura. Durante algunas horas el movimiento persecutorio derribó puertas e invadió espacios. Al final, la hilera de detenidos rumbo a las bartolinas. Y ahí, en el nuevo silencio, la capilla volviendo a lanzar destellos…

1176. LO ETERNO Y LO FUGAZ

Cuando a él le preguntaban de niño qué quería ser en clave de futuro, respondía sin vacilación: “Astronauta”. No hacía mucho que el primer hombre había puesto pie en la Luna. Hazaña genial. Hoy, casi medio siglo después, su hijo respondía a la pregunta en clave de presente: “Cibernauta”. Ah, pero qué diferencia: para ser astronauta hay que llegar a la NASA; para ser cibernauta basta con encender la laptop. Se quedó pensando: “Qué fácil parece hoy la vida, y sin embargo es más difícil que nunca”. El muchacho, que acababa de llegar a la casa después de pasar la tarde en el cibercafé, se le acercó para decirle: “Viejo, tengo chava”. Y a él se le encendió el foco. ¿Qué diferencia puede haber entre la cipota de un astronauta y la chava de un cibernauta? Sonrió, aliviado e intrigado al mismo tiempo. Los aromas son los mismos desde Adán y Eva.

1177. INGENUIDAD A PRUEBA

En su familia le dijeron que era genio desde que tenía memoria, y él se sintió comprometido a comprobarlo en los hechos, para no resignarse a ser una fantasía del cariño. Estudiaba obsesivamente a fin de ser el primero, y lo logró a lo largo de su educación primaria y media. Fue primer bachiller de la República, lo que le proveyó una beca para estudiar en el extranjero. Entonces el compromiso se le volvió liberación. Ahí, en la Universidad de Virginia donde se hallaba instalado, todo era una especie de aventura subliminal. No necesitaba estudiar para saber lo que había que saber. Y así vagabundeaba por las extensas arboledas como un animal de los bosques inmemoriales. Se sentía libre por primera vez en la vida. Y esa genialidad era el mejor pronóstico del futuro. Sus familiares ingenuos tenían razón.

1178. RESPONSABILIDAD NATURAL

La estación otoñal es pródiga por naturaleza. Suelta hojas encarnadas, violetas y amarillas con prodigalidad entusiasta. Y eso en un bosque que parece ajeno a todo interés humano es invitación a la familiaridad anónima. Por una de las sendas que se desplazan entre los árboles asoma el protagonista de esta historia. Es un vagabundo que bien pudiera ser un duende jubilado. Se nota de inmediato que conoce todos los detalles del entorno, aunque de pronto se detiene como si estuviera despistado. En ese instante cruza entre los ramajes una ráfaga de viento, que desata la aleteante llovizna de hojas multicolores. El personaje alza entonces las manos y dice en voz alta lo que a todas luces parece una oración. El idioma es desconocido, pero las hojas parecen entenderlo a la perfección. Sí, porque el vagabundo es el otoño en persona, que viene a comprobar su tarea cumplida.

1179. PARA EMPEZAR DE NUEVO

La autopsia resultó una cajita de sorpresas. No había ningún signo orgánico alterado y, por consiguiente, el deceso no tenía explicación física. ¿Qué había ocurrido en realidad? Los expertos médicos pusieron gesto de incomprensión. Los expertos policíacos tenían que hacerse cargo del misterio. Lo cierto era que el cuerpo inmóvil estaba ahí, como un enigma que aguardaba respuestas. El caso se difundió por todos los medios, y en algún momento ella se hizo presente: “Soy Allison, su primera novia, ¿me permiten llegar hasta él?” Cuando abrieron el envoltorio plástico, lo que apareció fue el rostro de un hombre en sereno reposo. Ella acercó los labios a su oído: “Amor mío, estoy aquí, recibí tu mensaje. Hoy por fin podemos estar juntos para siempre…” Él entreabrió los ojos y sonrió, satisfecho. La noticia de su muerte había sido el mejor gancho para reiniciar la vida.

1180. EL VERDADERO INICIO

Aquella tarde se hicieron novios, mientras caminaban por los senderos del parque transitado desde que tenían memoria. Fue algo tan esperado que sólo hubo necesidad de unas cuantas palabras. La vida los había ido llevando de la mano hacia aquel momento. Sus abuelos fueron amigos de infancia en el pueblo originario y lo siguieron siendo en la ciudad de destino; sus padres se conocieron desde siempre y llegaron a ser socios en la empresa de productos lácteos. Todo los empujaba hacia el sentimiento compartido. Parecía estar escrito en el álbum familiar. Se casaron, tuvieron niños, parecían la pareja ideal. Pero aquella otra tarde en los senderos del mismo parque surgió la iluminación diferente. Él se sentía inquieto; ella se sentía desanimada. Con palabras simples dispusieron separar sus vidas. Antes de despedirse, el Sol los saludó sonriendo.

1181. MISTERIO REVELADO

Aire puro. Necesitaba respirarlo con urgencia, porque todas sus energías físicas y mentales eran presas de la fatiga. Y para encontrarlo se fue al desván, donde estaban los baúles con todos sus objetos desechados. La pureza sólo existe en lo que ya no respira.

1182. CADA QUIEN EN SU ALERO

El defensor y el acusador se encontraron en el café que estaba próximo al tribunal. Departieron en perfecta cordialidad. El indiciado los observaba desde su cubículo tapiado a piedra y lodo.

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  • Historias sin cuento
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  • David Escobar Galindo

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