ÁLBUM DE LIBÉLULAS (146)

Se conectaron en el chat y ahora estaban frente a frente. Ni él era tan joven como se anunciaba ni ella era tan esbelta como decía la imagen.
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1191. EN ESTOS DORADOS TIEMPOS

 “¿No eres un violador en serie con cara de hombre bueno, verdad?”, le preguntó ella, sarcásticamente risueña. “Y tú, ¿no eres una stripper disfrazada de niña inocente, ¿verdad?”, le respondió él, devolviéndole la punzada. Y después de las risotadas negadoras, ambos pensaron: “Bueno, pues entonces probemos conocernos más, con las cautelas del caso”. No les fue mal en el empeño, pero tampoco se desarrollaba la química entre ambos. Pasado un tiempo, el mutuo interés había languidecido. Tuvieron el valor de decírselo cara a cara. “Quizás tú esperabas algo parecido a un aprendiz de violador en serie”. “Y tú algo semejante a una stripper haciendo pasantía”. Si era así, quizás podrían comenzar a conocerse de nuevo…

1192. GAVIOTAS ÍNTIMAS

Nació muy cerca del mar, en un pueblito montado en un cerro de vegetación cerrada, por lo que el eco del oleaje era lo que circulaba casi misteriosamente entre los follajes. Luego tuvo que irse tierra adentro, porque los estudios lo demandaban. Cuando concluyó la universidad, ya no había barreras que le cerraran el camino de su mundo natural. Buscó algún empleo en la costa, pero luego de un prolongado trajinar no halló nada, y las perspectivas no apuntaban a mejor. La única salida estaba en emigrar. ¿Pero hacia dónde? Buscó una opción factible, y las rutas canadienses se la posibilitaron. Luego del papeleo y la espera estaba en camino a Sydney, Nova Scotia, bien al norte. Era invierno, y el mar frente a la ciudad era un manto de hielo. No había oleaje que le trajera los ecos deseados. Solo quedaban las gaviotas en la intimidad del recuerdo. A convivir con ellas, pues.

1193. CRISIS DE IDENTIDAD

Se secó las lágrimas y todo pareció volver a la normalidad impávida de siempre. Acababa de sentir que las angustias del pasado estaban verdaderamente atrás, pero evidentemente no era así: aquellas lágrimas seguían fluyendo detrás de los párpados, hasta el fondo del alma. Fue a buscar a su otro yo, que andaba vagando tranquilamente por los alrededores de la interioridad común y le preguntó sin preámbulos: “¿Estás seguro de que somos reconocibles como personajes con identidad propia?” No hubo respuesta precisa, y él salió entonces de sí mismo, como un escapista aventurado. Nunca supo por cuánto tiempo anduvo así, pero todas sus energías se paralizaron de pronto cuando se detuvo ante aquel espejo. Y es que lo que tenía enfrente era su propia vida de doble personaje inventado por algún aprendiz de escritor de historias de misterio.

1194. LA OTRA CARA DEL RITO

Los primeros en llegar fueron los padres de la novia. Se instalaron en una de las mesas cercanas a la tarima. Fueron llegando otros invitados, que se ubicaron por doquier. Y ya casi a la hora señalada aparecieron casi sigilosamente los padres del novio, que se quedaron en una discreta retaguardia. A la hora exacta aparecieron los novios, como si se tratara de una función con horario fijo. Sonó la música, con un inesperado dejo nostálgico. Juntos y de pie en la tarima, frente a la concurrencia y bajo la claridad decreciente del cielo crepuscular, se abrazaron en silencio. Los padres de la novia sonreían; los padres del novio simplemente observaban. Él rompió el silencio: “Como saben, no vamos a casarnos formalmente: solo estamos anunciando nuestra unión de almas libres. Después, ahora mismo, nos iremos a correr mundo, como los viajeros de antes…”

1195. SORPRESA ANÍMICA

El mayordomo se acercó a la butaca en la que el señor descansaba de su jornada diaria y le ofreció la bebida de siempre en la bandeja de siempre. El señor hizo un leve gesto de negación, y el mayordomo supo por reiterada experiencia que el señor había tenido un mal día. Se retiró, y antes de hacerlo abrió las cortinas del ventanal que estaba frente a la butaca del señor, porque eso era lo que este necesitaba para reanimarse. El señor se quedó solo, y al sentirse así respiró con fuerza. En realidad, su día no había sido malo, sino diferente. Él, como dueño y presidente de la empresa, no podía renunciar, pero acababa de anunciar en el consejo que tomaría un año sabático. Y ahora se sentía como un niño ante una larga vacación en blanco. Fue a correr la cortina. Necesitaba refugio para entrar en contacto directo con sus propios anhelos.

1196. DOBLE JUEGO DEL AIRE

Como no contaba con recursos para más, estaba viviendo en un sótano que por mucho tiempo estuvo abandonado en la casa de unos vecinos. Estos le alquilaban el lugar por unos pocos billetes, que él trataba de entregar religiosamente, para no estar expuesto a problemas de permanencia. Tenía su entrada propia, por la puerta lateral que daba a una reducida bodega de cosas inútiles comunicada con el sótano. Lo que realmente escaseaba en aquel lugar era el aire. Él intentó encontrar algunos agujeros por donde pudiera haber ventilación, pero no halló ninguno. Solo quedaba el respiradero a flor de tierra. Un domingo despertó con angustia. Algo estaba pasando. Apenas podía respirar. Fue a ver: el respiradero estaba libre. ¿Y entonces? Tuvo un súbito golpe de intuición: eran sus respiraderos interiores los que estaban fallando. Tenía que escapar del sótano mental.

1197. HALIFAX, 4 p. m.

Caminaba por el malecón frente al mar que parecía cómodamente anidado entre las construcciones envolventes. Lo hacía cada vez que le quedaba tiempo, por las tardes, antes de volver a su apartamentito sin terraza que acababa de empezar a compartir con la muchacha que lo había aceptado hacía poco. La conoció en una cafetería del mismo malecón, y los vinculó de inmediato la ruta de acceso: ambos eran inmigrantes desde mundos distintos hacia un mundo común. Seraida y Alberto. En aquel momento él había llegado frente al grupo escultórico al aire libre. Era “El inmigrante”, de Armando Barbón. El personaje estaba dando un salto con una maleta en la mano. Detrás de él, la estampa de una mujer triste con dos niños y a la par la torre de una iglesia. Él suspiró, sonriendo: “Qué suerte que mi familia propia está surgiendo aquí…”

1198. GANANDO EXPERIENCIA

Miró el velocímetro y constató que iba bastante más lentamente que lo normal. Algo estaba pasando de seguro en la maquinaria del vehículo, pero como no podía detenerlo, hizo algunas maniobras para tratar de enderezar el funcionamiento interno. Al fin de cuentas no se trataba de un vehículo común, y era además el único de su serie. Estaba recién estrenado, y por sus características tenía que durar mucho. Llevaba al frente un rótulo identificatorio: “Tierra”. Y el conductor era un señor de generales conocidas que habitaba en un condominio denominado “Cielo”.

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