ÁLBUM DE LIBÉLULAS (147)

Al juntarse fueron a residir en un caserío suburbano, al norte de la ciudad capital. Como eran gente joven, resultaba normal que en cualquier tiempo libre salieran a vagabundear por los alrededores, en los que no había mucho que escoger.
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1199. AFINIDAD DESCONOCIDA

Al juntarse fueron a residir en un caserío suburbano, al norte de la ciudad capital. Como eran gente joven, resultaba normal que en cualquier tiempo libre salieran a vagabundear por los alrededores, en los que no había mucho que escoger. Pero el vagabundeo con frecuencia depara sorpresas, y un día de tantos se hallaron ante una casita de madera que parecía sacada de un cuento de Edgar Allan Poe. El misterio asusta, pero la vecindad conforta. Cuando pasaron junto a la puerta, esta se entreabrió y por ahí fue apareciendo aquella dama vestida de blanco de pies a cabeza, que parecía regresar de un relato de Stephen King. Ella pasó de largo, sin advertir su presencia. Entonces ellos penetraron en la vivienda, en la que habitarían desde aquel momento. Ahora les tocaba vivir en serio sus fantasías nunca antes descubiertas.

1200. IDENTIDAD DESCUBIERTA

La ubicación de los bosques puede ser anónima, pero las espesuras siempre tienen nombre y apellido. Él, desde que se retiró de sus ocupaciones habituales, vivía al borde de un bosque, sin más referencia de lugar que el hecho de saber que ahí, no muy lejos, estaba la pequeña población donde cada tanto se proveía de lo necesario para sobrevivir. Aunque conscientemente no tenía vocación de ermitaño, vivía como tal. Y ahí, en su soledad buscada, tuvo un día de tantos –día lluvioso por cierto— la sensación lumínica que le cambiaría la vida. El bosque estaba a la par, pero la espesura estaba con él, en su interior. Se animó a caminar entre ella, mientras el bosque lo observaba. Y eso le produjo un sentimiento tal de liberación íntima que no volvió a salir de sí mismo. Ahora sí era el ermitaño perfecto.

1 201. CHEF CINCO ESTRELLAS

Era chef y su especialidad eran los platos exóticos, del lugar que fuere. Anduvo por muchos lugares, probando suerte profesional, y por fin encontró el lugar que le ató los impulsos migratorios: una pequeña población en la falda del volcán más emblemático de la zona. Ahí montó un pequeño restorán de carretera, donde los viajeros podían encontrar bocadillos de especial factura. Un día, pasó por ahí un personaje que estaba en el país por motivos profesionales –era asesor de mercadeo–, y luego de probar las viandas le preguntó: “¿Y usted qué hace aquí, mi amigo? Tendría que estar en un lugar de primera en una gran capital…” Él sonrió, dando su respuesta favorita: “Ya estoy en un lugar de primera en una gran capital. El lugar es un fogón espontáneo y la gran capital es el cielo abierto… ¿Qué más puedo pedir?”

1202. BASURERO FELIZ

Habíamos ido de vecindario en vecindario, huyendo de la guerra entre pandillas, que dibujaban territorios a su antojo. Y estábamos desempleados. Fue entonces cuando, sin proponérnoslo ni buscarlo, se nos presentó una especie de oferta que no parecía real pero que sí era muy concreta: convertirnos en recolectores de basura cósmica. ¿De qué se trataba aquello y por qué nosotros? El ofertante desconocido, que nos contactó por vías virtuales, tuvo, cuando se lo preguntamos, una respuesta ingenua: “Salgan antes de que amanezca y vayan recogiendo todos los residuos de la noche, en especial los que tengan algún reflejo”. Así lo hicimos y pronto estábamos ante un promontorio de objetos sin forma pero radiantes. Valían oro, pero no nos animamos a desprendernos de ellos, ya que ahí se juntaban los que hallamos en el aire y los que hallamos en los sueños.

1203. LA OTRA CUMBRE

Desde la reducida ventana de su casa familiar en uno de los suburbios más apartados se podía ver un trozo de cielo. Se sintió privilegiado por ello, ya que todas sus viviendas previas habían tenido tentación de sótano, entre tablas y láminas a punto de hundirse en lo desconocido. La casa fue lo único que le quedó de lo que en otro tiempo fue una situación económica desahogada que parecía permanente. Pero ahora tenía prueba encarnada de ello: las riquezas materiales nunca echan raíces, por más que lo parezca. Hoy, desde aquella casita a la que nadie pareció echarle ni siquiera una mirada cuando la prosperidad florecía, él tenía aire íntimo a su disposición; y como no tenía más que eso, lo valoraba como una fortuna providencial. Entonces empezó a escribir un relato autobiográfico que tituló con una sonrisa: “El nuevo rico”.

1204. CIRIO MAYOR

Su ejercicio de fe no tenía nada que ver con las prédicas usuales. Era un silencioso por naturaleza y en esa condición desempeñaba todas las funciones de la vida. Un sobrenombre previsible lo siguió siempre: “El mudo”. Hasta el punto que ni siquiera sus más allegados podían identificar fácilmente el tono de su voz. En esas condiciones quiso volverse predicador, lo cual, de entrada, parecía un contrasentido casi burlesco. Pero hay gustos y necesidades para escoger; cuando se decidió a la prédica el grupo de seguidores se hizo presente de inmediato, como llamados por un pálpito desconocido. ¿Tartamudo? Sí, como las llamitas de las veladoras que menudeaban en los rincones de su recuerdo más entrañable: el de aquellas noches campesinas con el cielo siempre abierto. Y él ahora podía asumir la función de cirio mayor.

1205. SAN VALENTÍN EN VUELO

“¿Qué hacemos, amor mío: salir a dar una vuelta por los alrededores o quedarnos en casita, como si no existieran los entornos?” Ella juntó las manos y respondió con una frase que era totalmente inesperada: “Subamos al tendedero para observar desde ahí las piruetas de la luz”. Él asintió, con intención sonriente. Tomaron la escalera de caracol, tan antigua como la casa, y aunque en otros momentos les había parecido interminable esta vez les resultó como un sencillo salto ilusionado. Y de pronto estaban ahí, en un saledizo que no recordaban. En ese lugarcito prominente se concentraban todos los resplandores vagabundos del cielo abierto. Ahí se quedaron, absortos, por un buen rato, hasta que él le susurró: “Esperamos visita, ¿verdad?” Y ella le respondió en voz aún más suave y envolvente: “Sí, hoy es el Día de San Valentín, y él anda repartiéndoles parabienes a sus discípulos”…

1206. AMANECER VESPERTINO

Cualquiera hubiera dicho que aquella era una caracterización absurda. Sin embargo, lo que ambos experimentaban sin habérselo imaginado era una iluminación solar que al irse distendiendo en el horizonte inmediato presentaba todos los visos de ser un augurio en crecimiento. Así las cosas, todo estaba dispuesto para zarpar. ¿Hacia dónde se dirigían justamente en aquel instante? Hacia cualquiera de dos horizontes: el día o la noche. Prefirieron la noche, por la intimidad prometida. Y al hacerlo entendieron que el amanecer ya les estaba aleteando en la promesa del sueño.

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