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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (149 )

Historias sin Cuento
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1215. EL ALMA FLUYE

Desde siempre quise ser navegante, de ser posible en uno de esos cruceros que andan por muchos mares. Me entrené para el servicio a los viajeros, y logré trabajo de mayordomo de cabina en una compañía de postín. Mis travesías comenzaron de inmediato, y en la primera había que tocar destinos del Mediterráneo, incluyendo puertos de Sicilia. Así fue como aquella mañana el barco llegó a Taormina. En algún momento del día pude ascender hasta la ciudad y, caminando por el Corso Humberto Primo, arteria principal del cuerpo urbano, llegué ante una fuente en una pequeña plaza. Ahí, al otro lado de la fuente, un edificio antiguo, evidentemente habitado. Y en esa ventana, el rostro. Ella, la madona de mi sueño personal. Estoy aquí, detenido ante esta fuente desde entonces. El barco zarpó, conmigo a bordo, pero mi verdadero yo sigue aquí, fluyendo como el agua viva…

1216. OFICIO DE LA CONFIANZA

Los días pasan cada vez de manera más acelerada, y tal velocidad representa una de las evidencias más misteriosas de nuestro tiempo. Este día, por ejemplo, amanecí con el ánimo dispuesto a ir a la búsqueda de árboles florecidos, de esos que antes eran tan comunes en los terrenos aledaños a las casas habitadas. Es tiempo de floración, porque el verano está en su etapa intermedia, pero en lo que salgo y camino hacia las zonas arboladas más próximas se produce un fenómeno que no parece tener ninguna explicación natural: todos los árboles se hallan de pronto desprovistos de follajes, como si fueran menesterosos en fila hacia algún albergue de los alrededores. Me detengo a observar, y en ese instante una avecilla repentina salta de una rama a otra. Intuyo un mensaje: “Mañana habrá hojas por todas partes, no te desanimes”. Hojas y sueños. El tiempo vuela.

1217. ¿ME ESCUCHAS, SANTA RITA?

Mi primo Feliciano, que nació el mismo año y el mismo día en que yo nací, dispuso ser músico desde que tuvo uso de razón, o mejor dicho, desde que tuvo uso de emoción. La familia mostró reservas sobre tal inclinación de Feliciano, particularmente en referencia a sus posibilidades de progreso económico en el futuro. Pero él no cejó. Yo, que siempre fui el más reservado de nuestra generación, observaba todo aquello desde mi ventanuco anímico, diciendo a cada paso: “Pan para mi matate”. Porque mi caso personal era aún más espinoso que el de Feliciano, ya que yo ni siquiera me animaba a poner en palabras mi verdadera aspiración, que era la de ser adivino profesional. Entonces, un día de tantos, se me iluminó el foco. Ahí estaba el apoyo deseado: Santa Rita de Casia, abogada de los imposibles. Que hasta me animó a abrir mi propio blog.

1218. CALENDARIO AL REVÉS

Sabía que una presencia sobrenatural estaba siempre a su alrededor, no a su servicio pero sí en permanente disposición de recibir sus mensajes. Y tal sensación lejos de provocarle inquietud le producía sosiego. Estaba estudiando en una universidad privada en las afueras de la ciudad, y desde luego de aquella sensación no le hablaba a nadie, ni en su casa ni fuera de ella. Sus compañeros de seguro se reirían, tomándolo como un despiste de cipota que estaba descubriendo sus emociones. Hasta que aquel profesor maduro se fijó en ella como queriendo saber algo especial. Un día de tantos, sábado por cierto, se encontraron en un café de Multiplaza. Fueron a sentarse en la misma mesa. Él de inmediato cayó en cuenta de la madurez de la joven, y ella al instante constató que él era aún un bicho en busca de descubrirse. Quizás podían ser la pareja perfecta.

1219. GRILLOS MADRUGADORES

Ni siquiera tenían lámpara de mano: lo que tenían era un candil que además parecía resistirse a ser encendido. Aquella tarde hubo tormenta de las buenas, y aunque por la noche escampó, la amenaza de vendaval continuaba encima, haciendo temblar los ramajes vecinos. La casita de adobe mostraba sin embargo una fortaleza atávica que estaba fuera de duda. ¿Cuántas tempestades no habrían caído sobre ella desde que los abuelos la levantaron allá cuando la carretera inmediata era solo una vereda polvosa o pantanosa, según la estación? Ellos dos, recién acompañados, permanecían juntos en la cama de pita. Se durmieron así, listos para cualquier emergencia. Horas después, lo que los despertó fue el estridor de los grillos, que anunciaban mañana radiante. Ellos se levantaron, cada uno a sus faenas. Y dieron las gracias: “Al Señor y a sus mejores mensajeros…”

1220. LA VISITA DE GOULDING

Volvía a casa luego de la jornada de trabajo. Cuando llegó, la empleada doméstica, que era de entera confianza, le tenía un recado. Habían llamado de un teléfono extranjero para avisar que en los días por venir llegaría al país un señor que luego de mucho tiempo tenía gran interés en reunirse con él. Preguntó por el nombre de la persona que se anunciaba y la muchacha, apenada, reconoció que no lo había preguntado. Bueno, quizás volverían a llamar o se podía tratar de un error de contacto. Pasaron los días. Él se olvidó del incidente. Pero aquella tarde, al regresar a la casa, la empleada salió a recibirlo al garaje para avisarle que tenía visita. Estaba agitada y él, movido por un impulso de pálpito repentino, prácticamente corrió hacia adentro. Ahí, sentado en su sillón favorito de siempre, se hallaba el visitante, que lo recibió con un ladrido feliz.

1221. ATENCIÓN AL CLIENTE

Saldría de viaje dentro de unos cuantos días y tenía que dar aviso de ello en el banco, para que su tarjeta de crédito pudiera funcionar fuera. Fue a la sucursal a la que siempre acudía para hacer sus trámites bancarios corrientes, y tuvo que esperar un buen rato en cola porque era fin de mes y había mucha gente recogiendo fondos. Cuando le tocó turno se dio cuenta de que la persona que iba a atenderlo era evidentemente nueva, porque no recordaba haberla visto antes. Era una joven que evidentemente se hallaba en plan de prueba. Él le explicó lo que necesitaba. Ella entonces le hizo la pregunta de cajón: “¿Hacia cuál destino se dirige?” Él se quedó en suspenso por un instante. “Voy a una playa de México en luna de miel”. Ella sonrió. En verdad era su primer cliente, y aquello bien podía interpretarse como un provocador augurio.

1222. PARÁBOLA DEL TRÁNSITO

El caminito entre los mogotes de zacate casi rubio le hizo recordar tiempos remotos, tan remotos que parecían estar ahí mismo a la vuelta del sendero. Aquel espacio, que fue su hogar campesino de infancia, se mantenía intacto, como si no existiera el paso de los días y de los años. Él iba caminando con la naturalidad de lo que ya es rutina, pero de pronto pareció ocurrir un fenómeno atmosférico insólito: una caravana de nubes se hizo presente, y al estar sobre él se derramó como una lluvia de niebla. Luego todo se esfumó de súbito, incluyendo al caminante.

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