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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (151)

1231. PRUEBA INFALIBLE
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Se conocieron por vía digital, como casi todo el mundo en estos tiempos. Y aunque por lo que se comunicaban mutuamente en imágenes y en palabras parecían tener mucho en común, ninguno de los dos tomaba la iniciativa de conocerse cara a cara. Así fueron pasando los días, con todas sus ventiscas y arrebatos actuales. Ellos, por el contrario, se mantenían en el remanso de lo indefinido. Hasta que se dio la ocasión, y no porque la buscaran. Eso sí, fue en un cibercafé. “Hola, ¿sos tú, verdá?” Era ella la que indagaba. “¡Vos al fin!” respondió él, con expresión de sorpresa risueña. La cercanía física era un doble imán inesperado. “Hemos estado viéndonos y hablándonos casi a diario…” “¡Ah, pero no es lo mismo!” La química repentina era perfecta. Estaban cerca, muy cerca, y así se les activaba la armonía de los aromas. Ahora sí de veras no volverían a separarse…

1232. LO QUE NO PASÓ A MÁS

Tenían los mismos nombres de aquella pareja famosa de los años cincuenta del pasado siglo: Marilyn y Arthur. Y, para acercar más la espontánea semejanza, ella había soñado siempre con ser actriz y él nunca había perdido la ilusión de escribir literatura de ficción. Pero la vida mueve las piezas a su antojo, y lo que les resultó inevitable fue dedicar sus respectivas energías a la consecución del sustento diario con las posibles comodidades aledañas. Un día él encontró en el canal de películas antiguas aquella de Marilyn: “River of No Return”; y poco después ella se halló en algún baúl olvidado el pequeño volumen de Arthur “Después de la caída”. Intercambiaron presentes, sin comentarios. Después se fueron a cenar por ahí para celebrar que no tenían nada que ver ni con Marilyn Monroe ni con Arthur Miller.

1233. FUERZA MAYOR

Se citaron en una íntima y penumbrosa taberna neoyorquina de la 2.ª Avenida, que era su lugar favorito para las tardes de encuentro que presagiaban noches de abrazo. Él pidió un whisky en las rocas y ella un jugo de naranja natural. Lo de todo el tiempo, aquí y allá. ¿Aquí y allá? Lo curioso era que el aquí se les iba volviendo cada vez más nebuloso en tanto que el allá se les hacía progresivamente nítido. Y no era efecto de la decepción y la nostalgia, porque ni él ni ella eran dados a ellas. ¿Entonces? Esta vez, sin decírselo, ambos lo que querían era atar cabos. Y así fue surgiendo, por su cuenta, el término clave: familia. Iban a formar familia, ya era tiempo. Y ambos dijeron al unísono: “Allá”. La batalla era entre dos deidades malévolas: el miedo y la soledad. El miedo a lo que pasaba allá y la soledad que se vivía aquí. Había que vencer al miedo para evitar la soledad.

1234. BALTIMORE, 19 DE ENERO

La fecha nunca le pasaba inadvertida: 19 de enero. Cada año hacía su ritual, sin falta, como si no hacerlo significara retar a las fuerzas irascibles de la fatalidad. Una botella de coñac a medio beber y un ramo de rosas sobre una tumba casi ignorada, aunque el que estaba ahí era un personaje de culto. Había iniciado el rito de celebrar la actualidad inmarchitable de aquella tumba desde que alboreaba la adolescencia, y ahora estaba ya en su tercera edad y mantenía intacta la fidelidad. Cada 19 de enero, entre las impiedades del invierno boreal, el visitante dejaba su tributo. Esta vez sería la última, porque sus días en este mundo estaban contados con los dedos de una mano. Se retiró, y al hacerlo, dos cuervos que estaban en algún árbol próximo alzaron vuelo. Sí, eran Edgar Allan y su nuevo otro yo que por fin iban a reencontrarse en persona.

1235. EFECTO EN CADENA

Estaban en la pequeña salita del preoperatorio, antes de que él pasara al lugar de la operación: catarata en el ojo derecho. Ella estaba con él, como adulto responsable. Alrededor, por los pasillos, pasaban los asistentes vestidos de azul y los técnicos vestidos de verde. Él se hallaba instalado en la silla reclinable, con la redecilla plástica protectora en la cabeza y el suero conectado. El suero caía gota a gota, como siempre, y en la bolsa transparente tenía líquido para rato. Luego de todas las preguntas e instrucciones la asistente los dejó solos. Él entonces le dijo: “Estoy preparado para que mi ojo renazca a plenitud después de tantos eclipses”. Ella asintió. Él, que era adicto a las sorpresas verbales, agregó de inmediato: “Estoy hablando de mi ojo verdadero, el Tercer Ojo. La buena suerte que corra el ojo que hoy van a limpiarme le servirá de guía, estoy seguro…”

1236. FIDELIDAD DEL DESTINO

Desde que estaba cursando la educación básica le surgió espontáneamente la ilusión de dedicarse a la historia, de la forma que fuera. Su familia inmediata quería algo muy distinto para él, y por eso mantuvo aquella inclinación en estricta reserva. Eso sí, desde que pudo hacerlo se dedicó a leer cuanto texto que tuviera algún sesgo histórico le era posible tener a la mano. Así fue formando una improvisada biblioteca secreta, que guardaba sigilosamente hasta en los lugares más insospechados de la casa y sus entornos. Muy pronto se fue volviendo ermitaño, y eso hizo que todos creyeran que padecía alguna condición mental inmanejable sin tratamiento especializado. Acabaron internándolo en un asilo. Para su beneficio, lo que nadie supo es que su biblioteca clandestina lo siguió como una caravana de camellos felices.

1237. SANANDO ESCOMBROS

Siempre les tuvo miedo a las sombras y más cuando se juntaban para ser tiniebla. Era lo que pasaba a diario en aquella casa campesina donde había llegado a vivir con su madre y con el segundo marido de ella, que era una especie de ermitaño silvestre, llegado ahí desde una lejanía desconocida. Entonces él era un niño que apenas acababa de cumplir tres años, y el padrastro se divertía haciéndole sentir que la noche era un espectro amenazante. Se cubría con una piel de oveja y se le aparecía de pronto en cualquier umbral de la casa. Él se recogía en sí mismo, buscando refugio. Creció y se fue a la ciudad a estudiar, pero la noche nunca dejó de ser un trauma vivo. Hasta que llegó ella, la primera novia. A ella la noche le fascinaba. “Te voy a enseñar a gozar el misterio nocturno”, le dijo, cubriéndolo con su imaginaria piel de oveja. Remedio mágico.

1238. JUEGOS DEL AIRE

El Servicio Meteorológico regional había anunciado tormentas dispersas para toda la jornada; pero como el anuncio nunca es absoluto, podía esperarse cualquier contingencia. Y así aquella tarde lo que imperaba era atmósfera soleada. Salieron entonces a pasear tranquilamente por la comarca inmediata. Cuando llegaron a la capilla que fue siempre su destino dominical comenzó a lloviznar. Ella dijo con entusiasmo: “¡Las nubes nos invitan a su festejo privado!” Y él sacó a relucir el anhelo poético: “¡Sentémonos, pues, sobre la hierba húmeda para compartir en confianza la animación del aire!”

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  • historias sin cuento
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