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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (154)

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1256. JUEGO DE RUTAS

Fue un eterno enamorado de las iluminaciones del otoño, sobre todo de aquellas que se referían a los follajes de las arboledas. Pero la vida no se mueve por esos impulsos de la emoción personal, y así fue como llegado un cierto momento de su realidad, tuvo que decidirse a emigrar, por la vía contraria a lo que generalmente ocurre. La empresa en la que trabajaba desde que coronó su formación universitaria en Boston dispuso abrir una sucursal en el trópico, y le ofrecieron la dirección ejecutiva de la misma. Gran oportunidad insoslayable. Le dijo a su novia: “Vámonos para allá”. Ella vaciló y él se fue solo. Era noviembre. Miró a su alrededor. Lloró sin lágrimas. Llegó a su nuevo destino. Ahí era verano. Los árboles de flor comenzaban a tupirse de corolas. Aspiró a fondo. Y se dijo la frase salvadora: “Flores a cambio de hojas… ¡Qué buen augurio!”

1257. JUGO DE FRUTAS

Empezó a sentirse débil después de una temporada de vacaciones en la que se fue de juerga todas las noches, como si quisiera –o más bien necesitara– hacerse sentir a sí mismo como el adolescente arrecho que fue en su momento, allá cuando vagar por la ciudad nocturna era un paseo inocente. Él había tenido siempre salud de hierro, como se dice comúnmente, y cualquier exceso parecía resbalarle sobre la piel. Entonces, ¿qué le estaba pasando? Dejó transcurrir unos días, pero el malestar, como una verdolaga, iba creciéndole por dentro. Fue entonces a pasar consulta con un médico internista que alguien le recomendó. Ese médico le hizo el examen de rutina y su veredicto fue implacable: “No tiene nada grave, pero hay algo en lo que no puede fallar si quiere seguir vivo: nunca más alcohol, siempre jugo de frutas”. ¡Sentencia de muerte anímica!

1258. TIEMPO DE GRUTAS

Cuando la zona de la ciudad en la que habían vivido siempre se fue volviendo cada vez más peligrosa por el asedio de las bandas criminales, buscaron la opción que estaba de moda: los apartamentos verticales. Ella insistió en un último piso, para tener visión panorámica sobre las colinas y los cerros cercanos y los volcanes y las cordilleras distantes, y aunque él padecía de vértigo de altura, aceptó que se fueran a vivir ahí. Pero con el paso de los días lo que empezó a sentir en aquel lugar fue lo contrario de lo que hubiera esperado. Volar, volar, lo inimaginable. Y un día de tantos, sin decir nada al respecto, desapareció. Si se hubiera podido preguntarle de seguro la respuesta habría sido algo así: “Acabo de descubrir que las grutas más seguras están en el aire, y hacia ellas me dirijo. ¡Haberlo sabido antes!”

1259. TEMPLO DE P…

La ciudad había ido creciendo de manera expansiva y acelerada, cubriendo todos los terrenos que antes fueron pastizales y todas las colinas que antes fueron arboledas, aunque quedaban unos cuantos espacios memorables. Era como si lo antiguo y lo nuevo anduvieran buscando expresiones propias. En una de las zonas más intensivamente pobladas nadie conocía a nadie, aunque la vecindad estrecha iba provocando encuentros. Un sábado de tantos, aquel grupo de jóvenes estaban reunidos al descampado. Hablaban todos a la vez, pero una voz resaltó de pronto: “Muchachos, necesitamos un lugar donde sentirnos a gusto, con el espíritu dispuesto”. “¿Algún templo, querés decir?” “Algo así”. “Pues ahí nomás está uno, mirá… ¿Vamos?” Y se dirigieron en grupo hacia aquello que tenía un viejo rótulo inspirador: “La Vida Alegre”.

1260. CRUZ DE REFLEJOS

Cuando se lo comunicó a la gente de su entorno más cercano, lo que recibió fue un despliegue de gestos de incredulidad, sonrisas de conmiseración y palabras de reproche. Y es que lo que les había dicho de seguro nadie se lo esperaba: quería ser merodeador profesional. Después de esa primera confusión, lo que todos creyeron fue que vendría alguna especie de retorno a los esquemas comunes, y en los días siguientes no se volvió a hablar del asunto. Hasta que él desapareció sin dejar ningún indicio de su nuevo destino. Como lo consideraban un excéntrico, no acudieron a las autoridades. Y entonces él se sintió libre para reaparecer en los sueños de cada uno de sus familiares, que despertaban sobresaltados por aquellas apariciones en forma de espejismos. Quizás al fin entenderían que lo que él necesitaba era ser reconocido por los suyos.

1261. MOUSSE DE CANGREJOS

Ansiaba correr mundo, y afortunadamente en esta época están en boga los turistas de mochila. Por temperamento y por posibilidades financieras encajaba perfectamente en tal caracterización. Preparó su primera salida para aprovechar las vacaciones de interciclo. ¿Hacia dónde dirigirse? Hizo una especie de sorteo mental y lo que salió, impensadamente, fue New Mexico. Santa Fe, para ser más precisos. Tomó el pasaje más económico hacia Albuquerque y de ahí se dirigió en autobús al punto indicado, entre montañas de desierto benévolo. Se hospedó en una posada sencilla y salió de inmediato a recorrer calles. Entró a comer un bocado en el primer lugar que le salió al paso. Sensación de haber estado ahí desde siempre. “¿Qué va a ordenar, señor?” “Mousse de cangrejos, que son los crustáceos que caminan hacia atrás”.

1262. LUZ DE CONSEJOS

Era una joven proclive a la ilusión, y por eso vivía más expuesta a los desencantos y a las frustraciones, aunque en muchas ocasiones la ilusión salía avante. Pero lo que no se cumple o resulta mal es lo que se instala más fácilmente en el ánimo. Por eso tenía un buen archivo anímico de heridas a medio cerrar. Necesitaba orientación, que desde luego no iría a perdirle a un psicólogo ni a un psíquico. ¿A quién, entonces? Estuvo pensándolo recurrentemente hasta que le vino el flash. O más bien, la imagen. Ahí estaba ella frente al espejo. Y de pronto sintió que se hallaba fuera y dentro del espejo. Se apartó, como si necesitara asimilar aquella sensación. Y no volvió a ponerse ante la superficie reflejante hasta que supo qué decirle: “Te quiero de consejero sobre todo lo que me pase. Dime lo que quieras con un destello vivo o con un fulgor opaco…”

1263. BUS DE P…

“¿Están listos?” Levantaron la mano todos los presentes en señal afirmativa. La pregunta la había hecho el coordinador del grupo, un hombre de espesa barba blanca que conduciría el bus estacionado a la par. Era una máquina evidentemente de otro tiempo, por el diseño y por la carrocería; sin embargo, parecía nítida en todo sentido. Arrancó y empezó a caminar hacia la cordillera vecina. Dentro del bus los pasajeros iban cada vez más eufóricos. Y de pronto empezaron a entonar una especie de himno que tenía un estribillo que les hacía delirar: “¡Por fin, por fin, por fin volvemos al Olimpo!”

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