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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (156)

1272. SIEMPRE PASA LO MISMO
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Hacía muchos años que no se veían, desde que ambas estudiaban en Woldingham, el exclusivo colegio de monjas en la campiña inglesa. Los años habían pasado, pero las imágenes seguían perfectamente vivas. Ahora esas imágenes tenían que convivir con las figuraciones de la vida vivida, que se seguía viviendo. Como siempre pasa, los destinos personales eran como dos novelas sin ningún parecido argumental. Estaban sentadas en un café veraniego, frente a Hyde Park, y los destellos del atardecer se les reflejaban en los rostros sonrientes. “¿Qué esperas hoy de tu futuro?” “Que exista. ¿Y tú?” “Que me deje existir”. “¡Jajajá, eres la misma de entonces…” “Es que lo esencial nunca cambia”. “Ah, pues seguimos en Woldingham, estudiando lecciones y haciendo travesuras…” “¡Salud, tú con tu vodka y yo con mi whisky! Le ganamos al tiempo, ¿verdad?”

1273. TRIDUO FELIZ

Caminaba por Curzon Street en busca de Queen Street, donde está ubicado el restaurante Tamarid, de comida hindú. Ahí había quedado en verse con Radha, aquella muchacha a la que había conocido en un viaje de curiosidad cultural que acabó por ser una aventura casi mística. El restaurante era una especie de sótano nítidamente arreglado para recibir comensales de todo jaez. Se acomodó en una mesa esquinera a esperar a su invitada. Era pasada la hora cuando Radha apareció. Él la vio descender por la escalera y tuvo en ese mismo instante la sensación de que el tiempo y el espacio estaban por primera vez en armonía accesible a los sentidos y a la imaginación. Londres era una pequeña calle, el destino era una mirada que venía a su encuentro y la luciérnaga milenaria del amor posible se posaba por fin en su hombro…

1274. REINGENIERÍA DE LOS ECOS

La memoria no siempre es la aliada oficiosa que imaginamos. Él lo hizo consciente cuando sus recuerdos empezaron a rebelársele como si fueran adolescentes voluntariosos. Uno de esos recuerdos había buscado refugio en un diminuto desván de la conciencia y parecía no querer ningún contacto con las imágenes presentes. Aquella tarde, de vuelta de su trabajo en la tienda de productos de fantasía, tuvo el repentino impulso de subir a ese desván ahora habitado, y lo hizo por la conocida escalera de caracol. Al llegar arriba se halló con el recuerdo rebelde y quiso acercársele amigablemente. “¡Sal de aquí!”, le ordenó el recuerdo. “¿Qué te pasa?”, le preguntó él con suavidad. “Que quiero ser libre, vivir mi propia vida, sin depender de ti. Si buscas mi confianza, gánatela respetándome…”

1275. IDENTIDAD EN CÍRCULO

El mar se hallaba enfrente, tranquilo como una piscina natural en medio de un bosque sin fronteras conocidas. Él, en cubierta, oteaba los horizontes posibles, queriendo descubrir alguna señal que lo ubicara en el mapa. En aquel instante ni siquiera recordaba en qué puerto había embarcado, ni qué día, ni con cuál propósito. Se sintió entonces como un ave marina que dudara de su propia condición. Fueron pasando los minutos, hasta que una voz lo sacó de su abstracción: “Te toca arriar velas, ¡hazlo de inmediato!” La orden era a todas luces inapelable, pero estaba dicha con un acento que no era el natural para él. De pronto, la costa montañosa se hizo presente, ahí a un paso. Y él, ante la evidencia de la tierra, pudo reconocerse a sí mismo. Rodrigo de Triana, su remoto antepasado, le daba la orden superior. Nuevo mundo a la vista.

1276. PROEZA EN COMPAÑÍA

Teddy Murphy quiso ser músico desde que tuvo uso de razón, que en su caso más bien significaba uso de audición. Y como había que decidirse por un instrumento, se decidió instintivamente por el violonchelo. Comenzó su práctica de inmediato, con la ilusión de ser un virtuoso del máximo nivel. Parecía un deseo imposible, porque él seguía viviendo en una comunidad periférica; pero el anhelo, cuando se posesiona de sí mismo, no reconoce fronteras. Ahora, esta noche, él estaba tocando en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center neoyorquino. Terminó el concierto luego de una ovación de pie, y él, Teddy Murphy, volvió a su camerino con todas las plumas del ensueño palpitándole alrededor. Mañana mismo volvería a su aldea en Maryland, a compartir la hazaña con las criaturas milenarias del bosque inmemorial.

1277. JUEGO DE IMÁGENES

Allá, a lo lejos, otra embarcación, evidentemente mucho más modesta, hacía la misma ruta del navío que era a todas luces un crucero de lujo. Esa otra embarcación no era identificable para los ojos comunes desde el crucero: lo único cierto era la línea de avance paralelo. Pasaban las horas y a medida que entraba la noche todo se reducía a dos rastros de luz: uno, irradiación de un candelabro de focos múltiples; el otro, estela de un candil parpadeante. Al paso de las horas la oscuridad empezó a ceder. Llegó el alba con la aurora en las manos. El puerto de destino se hallaba a un paso. Las dos embarcaciones estaban tan cerca que casi podían tocarse. ¿Pero qué mutación se había producido? El crucero de lujo era un barco lleno de inmigrantes indocumentados y el barquito anónimo era una preciosa navecilla de turistas excéntricos...

1278. ATANDO CABOS

Al llegar a San Salvador de una ciudad del interior, la familia se ubicó en una casita al fondo del pasaje Rovira, que daba a la embocadura de la calle 5 de Noviembre. Aunque extrañaban su terreno para siembras caseras y la quebrada aledaña, muy pronto la ciudad les ganó la voluntad; pero con los años la ciudad ya no era lo que fue y la familia tampoco. El pasaje Rovira dejó de existir y los hijos se habían ido al Norte, en busca de mejor vida. Ellos vivían hoy en un condominio con vista al volcán, pero rodeado de una espesa alfombra de comercios. Cuando él comenzó a padecer ahogos respiratorios, ella recordó las virtudes espontáneas del aire libre. “Vámonos, viejo”. Él, que no podía hablar porque estaba prácticamente atrapado por la red de cordones habilitantes, aceptó con la mirada intensa. ¡Ojalá que la quebrada todavía existiera!

1279. REVELACIÓN PARA ELEGIDOS

Le preguntaron por su identidad profunda. “Soy un iluminado que reprime su luz”. Confesión espontánea que ni él esperaba. Cuando el pequeño grupo de aspirantes a propagadores de la Buena Nueva se dispersó, él se mantuvo por ahí, como si buscara un rincón para reflexionar. Al día siguiente, unos agentes del orden encontraron a aquel individuo exánime, y llamaron a la ambulancia para que lo trasladara al hospital público más cercano. El parte médico fue: “No tiene nada orgánico: es como si toda su energía interior se le hubiera liberado de pronto. Esa aureola que se le mira es su nueva identidad”.

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  • literatura salvadoreña
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