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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (157)

1280. TIERRA DE NADIE
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Aquel día escribió en su diario: “Vivimos en un mundo cada vez más intercomunicado y al mismo tiempo cada vez más distante entre sí”. Acababa de ver el noticiero matutino en los diversos canales que tenía disponibles, pero la sensación que había plasmado en aquella frase provenía de un especial encuentro que acababa de vivir sin previo aviso. Ese encuentro lo había tenido con su vecina de piso en el viejo edificio multifamiliar que ahora estaba en proceso de abandono. El ascensor, como casi siempre, se hallaba descompuesto, y ambos descendían por la descabalada escalera. “Hola, ¿cómo te va esta día?” “A mí, como siempre, sin mayores novedades”. “¿Te gustó nuestra más reciente conversación en el chat?” “No sé de qué hablas. Yo no tengo computadora”. “Ah, pues entonces lo soñé, y eso es lo que vale”. “Gracias por la confianza…”

1281. LA PREGUNTA DEL MILLÓN

Como los seres humanos, los días surgen a veces nublados y a veces radiantes. Aquel hombre de media vida, que estaba en la encrucijada de su propio futuro, amaneció ese día con el ánimo encendido mientras la atmósfera externa parecía sumida en una displicencia melancólica. Como ya solo estaba trabajando media jornada por las tardes, salió a hacer vagabundeo para respirar a sus anchas; pero la pesadez atmosférica le hizo regresar al poco rato a su vivienda, en la que vivía solo, porque su matrimonio sin hijos había colapsado recientemente. Al llegar, sintió que sus energías internas se apagaban y que en instantáneo contraste su solitario espacio se poblaba de imágenes animosas. Se sentó en la mecedora heredada y comenzó a balancearse. ¿Cómo encontrar el punto de equilibrio? La pregunta del millón en el aire y en la vida.

1282. REMEDIO ORIGINAL

Como homenaje a las desoladas campiñas de su infancia, lo que ahora se le había vuelto un ritual inescapable era vivir en colindancia con algún espacio arbolado. En la medida que aumentaba su capacidad económica, que iba en vuelo hacia arriba, su disciplina principal era cambiar de residencia. Comenzó en vecindad de predios baldíos y ahora ya andaba a la par de bosques exquisitamente cuidados. Entonces empezó a producírsele un efecto anímico sin explicación racional: estaba añorando los predios baldíos; y en tanto más enmarañados, mejor. Ante la persistencia angustiante, fue a visitar a una psicóloga amiga, no a su consultorio sino a su casa. Hablaron, hablaron, hablaron, pero él estaba absorto, viendo por la ventana el entorno, que era un espacio perfectamente rústico. “¿Puedo quedarme a vivir aquí?”

1283. DESTINO PERSONAL

Casi siempre, cuando regresaba a pie, calle de Mejicanos abajo, hacia su casa en la colonia Santa Eugenia, se paraba ante la vitrina de la tienda de libros viejos del Choco Albino, cerca del viejo Cine Principal. Aquella vez comenzaba a lloviznar, y él llevaba ya abierto el paraguas familiar que fue de su abuelo, profesor de Literatura en los colegios de su tiempo; pero aunque la humedad iba aumentando, él se detuvo frente a la vitrina para ver si había novedades de antes. En efecto, ahí, en un rincón estaba el volumen empastado en cuero que él había visto 1,000 veces en el escritorio de su abuelo. No importaba el título ni el autor, ni cómo había llegado hasta ahí. Tuvo el impulso de entrar a adquirirlo, pero el eco de la voz de su abuelo se lo detuvo. Los libros también tienen que hacer su propia vida.

1284. THE GRILL, 9 P. M.

En La Promenade hay una serie de elegantes asientos bien forrados con impresionantes arreglos florales alrededor, y al fondo, junto al bar coronado de espigas luminosas de brillo rojizo, tocaba y cantaba el músico que parecía un pájaro broncíneo con el copete rubio. Aquella pareja, recién llegada de ultramar ahí al londinense Dorchester, el hotel de sus sueños, fue a tomar un aperitivo en las sillas de madera de patas largas. Luego irían a cenar a The Grill, restaurante emblemático del lugar, que está en la embocadura de La Promenade. El servidor del bar, Krzysztof, un joven polaco sonriente y elocuente, les dijo en inglés exótico, al llevarles el doble gin and tonic: “¿Van a cenar en The Grill, verdad? Tienen suerte, porque aquí están hospedados, como ustedes, dos figuras que de seguro han oído mencionar: Elizabeth Taylor y Richard Burton. Casi siempre bajan a la cena”. Se miraron entre sí. ¿Sería un juego del tiempo?

1285. BONA FIDE

Vida en común. Se dice fácil, pero en los hechos resulta cada vez más difícil de concretar, quizás porque los tiempos tienen cada día más recursos para desmontar ese “en común” que podría parecer un efecto mecánico. Frida y Fredo comenzaron por la curiosa sintonía nominal, hasta el punto que en aquellos entusiastas inicios de su relación jugaban con sus nombres: ella le decía a él Frido y él le decía a ella Freda. Pero hay juegos que no tienen suficiente oxígeno disponible, y al solo haber pasado algunos meses ya se hablaban lo mínimo necesario, sin decirse los nombres. Un día de tantos, ella le preguntó: “¿Estás a gusto con nuestra vida en común?” Él desvió ligeramente la mirada y respondió, sonriendo: “¿Quieres una respuesta de buena fe?” Ella asintió, expectante. “Entonces te digo que nuestra vida en común es perfecta, porque no existe”.

1286. PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

Se lo había encontrado varias veces en distintos puntos de la zona, que era una mezcla de edificaciones residenciales y espacios comerciales. Y siempre le llamó la atención el parecido con tu tío Ricardo, que siempre fue tan allegado y que pereció en un extraño accidente automovilístico en el que ninguno de los vehículos resultó con daños visibles. La última vez que lo había visto ocurrió algo aún más sospechoso: el desconocido se le quedó viendo, como si él también lo reconociera. Le estuvo dando vueltas durante varios días, y por fin tomó la decisión: saldría a buscarlo. Lo encontró en el banco de un parque de los alrededores. “¿Usted por casualidad no se llama Ricardo?” “¿Yo? Cuando desperté ya no tenía idea de nada. Tuve un accidente, y el culpable fue a verme cuando me dejaron solo en el cementerio. No sé qué hizo, pero hoy soy un zombi…”

1287. RITUAL EN LA ESTACIÓN

La distancia entre el aeropuerto de Heathrow y el centro de Londres es demasiado larga para hacerla en taxi común, pero para eso está el Heathrow Express, tren rápido que va de Heathrow a la estación de Paddington. Esa vía tomó, y al llegar a Paddington, divisó entre la multitud fluyente esa figura escultórica del personaje más humano de cuantos recordaba en los tiempos más recientes: el osito animado de la película, que tenía el mismo nombre de la estación. Se acercó y le hizo una reverencia, como si se tratara de una figura sagrada.

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