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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (158)

1288. CADENA ROSA
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El amor, el Amor, el AMOR… Así, in crescendo, como lo sentía en su interioridad más protegida, aunque también cada vez más desinhibida. Los amigos, algunos de ellos que lo eran desde la niñez, le conocían bien las reacciones, y por eso estaban seguros de que esta vez sería la definitiva. ¿Qué tenía Romina que no tuvieron las anteriores? Para los que le conocían a él su trayectoria, eso era un enigma, porque Romina, de entrada, parecía la antítesis del modelo femenino reiterado en el tiempo. Para él, el enigma tenía sabor y olor. Sabor a fruta mística y olor a flor erótica. Pero algo faltaba para cerrar el triángulo mágico: el color apetecible. No había urgencia en descubrirlo, porque sabía que en algún momento se haría visible. Y cuando se hizo quedó atado para siempre: era una cadena de pétalos róseos más fuerte que ninguna otra. El amor, el Amor, el AMOR…

1289. AZUL INCANDESCENTE

Tiempo de espectros desinhibidos, como podía constatarse sin ninguna duda con sólo revisar las noticias de cada día en las diversas fuentes disponibles. Él, que tenía mente indagadora y espíritu creador, pensaba con frecuencia en cómo serían las cosas en la época anterior a la suya. El cambio climático, cada vez más desafiante, le hacía sentir que las innovaciones se daban en todos los ámbitos, no sólo en los comportamientos personales. Ese día andaba ambulando por los lugares aledaños a la urbanización donde habitaba. Ahí, cara a cara, tenía la pantalla translúcida del crepúsculo. Era momento de hacer la prueba. “¿Cómo eras tú antes?” La luz se mantuvo impávida, como si entre ella y el azul todo estuviera dicho para siempre. Él se conmovió hasta las lágrimas. Había, pues, alguien en quien confiar.

1290. AMARILLO ENTRE LÁPIDAS

Su parque favorito, aunque nadie más lo calificara en esa forma. Ahí se iba los domingos por la mañana a caminar tranquilamente, en la casi perfecta soledad que le hacía sentirse libre sin fronteras. Era en verdad su único momento de libertad plena, a su gusto de siempre, porque en el trabajo, aunque tuviera cubículo propio, nunca faltaban las intrusiones comprensibles; y en su casa, aunque tuviera ático exclusivo, nunca faltaban las voces de la señora y los correteos de los niños. En cambio ahí, todo era paz. ¿La paz de los sepulcros? No, la paz de los encuentros imaginados con las imágenes de toda la vida. Y aquella mañana eso era aún más sensible. Un cristal amarillo iba aleteando entre las lápidas. ¿Amarillo? ¡Sí, el color del espíritu puro! Se arrodilló sin pensarlo, y el cristal, que era un rayo de Sol, vino a posarse sobre su hombro.

1291. VIOLETA EN VIVO

Alquilaron furgón para que trasladara todas sus pertenencias a la nueva vivienda en una zona residencial ubicada en la cumbre. Él y ella trabajaban jornada plena, y por eso le encargaron a la tía Gertrudis, que lo era de ambos porque eran primos hermanos, que cuidara que el traslado fuera ordenado y completo. La tía Gertrudis tenía una condición personal que ignoraban, pese a la cercanía de siempre: era psíquica espiritualista. El encargo le permitió conocer todo lo que guardaban en el hogar, y así descubrió que estaban expuestos a la rutina disolvente, y por eso necesitaban de inmediato un apoyo transmutador. Para eso servía el color violeta. No había nada de ese color entre lo que estaba siendo trasladado. Entonces fue a la nueva casa en la cumbre, y en el centro del jardín plantó un heliotropo. Resguardo insuperable.

1292. AUGURIOS BLANCOS

Un día de tantos, el fantasma de la inseguridad prevaleciente les impulsó a buscar un nuevo destino, en alguna zona donde pudieran vivir sin tantas angustias cotidianas. No querían seguir las rutas más comunes de la emigración, y por eso eligieron un lugar que parecía inimaginable: Akureyri, en el norte de Islandia, muy cerca del Círculo Polar Ártico. Él logró contacto con una empresa pesquera, fuerte en el lugar, y partieron ya con posibilidad de arraigo. Akureyri, a la orilla de la insospechadamente apacible agua marina. Encontraron acomodo en un pequeño hotel, y desde ahí comenzaron a instalarse. Era verano, pero alrededor las montañas en fila mostraban pequeños lamparones de nieve, como si alguien escribiera desde el aire. Nieve en verano. Imaginación climática al máximo. De seguro así sería su vida.

1293. DIOSAS AL ROJO

La música que ponía el DJ era de la que ahora se estila: más gimnasia que melodía; pero aun así el ambiente tenía magia envolvente, como si las voluntades de los ahí reunidos tuvieran bastante más energía que sus cuerpos en incansable movimiento. Las piezas de la era disco surgían con frecuencia, porque también circulaban los nostálgicos. Aquel visitante asiduo estaba hoy sentado a una mesa esquinera, desde la cual tenía una visión panorámica del ambiente cruzado por flashes destellantes, saboreando su martini favorito: Vesper. Un amigo se le acercó: “¿Qué te pasa, men? ¿No te entusiasman hoy las diosas al rojo?” “Ummm, he venido a soñar con mis propias diosas…” “¿Tus propias diosas? ¿Cómo así?” “Son estas mismas, pero de un solo color, destinado a mi regocijo: el color carne”. “¡Újule! ¡Me llega!”

1294. MAREA VERDINOSA

Tenían ya veinte años de estar juntos y la vida les había sido benevolente, en lo familiar y en lo profesional. Dos hijos dolescentes, que se llevaban apenas unos meses, estaban por concluir su educación media y ya tenían destino para estudiar carrera: uno en Bordeaux y el otro en Grenoble. Y de seguro esa circunstancia le produjo a él un movimiento interior de extender las alas y alzar vuelo. Se lo dijo a ella una tarde en que estaban solos en la azotea de la casa de playa a la que iban los fines de semana mientras los hijos fiesteaban a su estilo. “Nosotros ya no estamos para aventuras”, le respondió ella. Él miró entonces hacia la playa, donde la marea iba subiendo con reflejos verdosos. “Esa marea parecía en la mañana de algodones resignados a su suerte y hoy parece querer convertirse en celaje animosamente vegetal. ¿Por qué nosotros no?”

1295. EL GRIS DE LA RAZÓN

Al sentir que todos sus vínculos con la realidad circundante iban desapareciendo como si un líquido disolvente los atacara sin remedio, empezó a entender que vivir es una razón por sí misma. Y esa razón sobrevive porque, por más que se le quiera tentar, no cede ante los engañosos colores que la asedian.

1296. HILOS DE PLATA

“Cuando aparezcan los hilos de plata en tu juventud/ como la luna cuando se retrata en un lago azul…” Sí, el filosófico bolero armonioso que recordaba desde que tenía memoria. Ahora, cuando esos hilos se multiplicaban en su cabeza, entendía de veras el concepto de filosofía agónica y astral.

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