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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (160)

1305. LUNA NUEVA
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La buscó en los extendidos espacios del cielo transparente pero no pudo identificarla ni siquiera como la describía su madre en la infancia: una uña finita cortada de alguno de los dedos de la noche. Sin embargo, la luna nueva estaba ahí, por obra y gracia del calendario; pero por encima de lo que quisiera el calendario flotaba la indicación esotérica de que la luna nueva era la señal de los nuevos comienzos en el destino personal. Después de una noche en vela se dispuso a ir al trabajo, que era de promotor ambulante de utensilios varios del hogar en un camión de reparto. Él era el que anunciaba los productos por medio de un parlante. Y aquella mañana el mensaje fue ininteligible para muchos: “Le damos reflejos de la luna nueva al costo, para iniciar el nuevo ciclo de su existencia. ¡Anímese ya!”

1306. DEIDADES AL ACECHO

Sus sensaciones más profundas parecían producto de una vecindad interior desconocida. Y, por impulso nacido a consecuencia natural de aquella sensación, él andaba siempre al acecho de los ecos que vivían refugiados en sus estancias más íntimas. Era como si se tratara de las vibraciones sonoras de una colmena alojada en alguna de las ramas de la arboleda mental. Hasta que aquel día se animó a ir al encuentro de esa presencia que lo mantenía en alerta constante. Entró en una especie de introspección animosa, con los ojos cerrados hacia afuera pero con todas las potencias perceptivas volcadas hacia adentro. La excursión resultó más larga de lo previsible, cuando de pronto se halló en un claro de la espesura. No, no era una colmena, era un convivio de nubecillas errantes que iban cambiando con el paso de los días…

1307. ALIENTO VESPERTINO

Caminaba como siempre al iniciar la noche por las calles aledañas al edificio en que vivía en el este de Manhattan. La tarde del incipiente otoño entrecerraba ventanas, como si estuviera entrenándolas para lo que vendría en los meses siguientes, aunque eso no ponía a dudar de sus incansables desplazamientos a los transeúntes que iban de un lado a otro del entorno urbano y así lo seguirían haciendo aun en los días de clima inclemente. Como toda isla, Manhattan es un armario de sensaciones, y en ese armario cada quien se encierra para ser libre. Cuando pasó frente a aquella pequeña puerta en que se anunciaban servicios psíquicos se detuvo ahí por primera vez. Pero de inmediato pensó: “¿Y para qué necesito que alguien me revele los misterios que están en el aire?” Y el aire entonces lo abrazó con ternura, inventando luciérnagas.

1308. VIVIR EN PENDIENTE

Se le tensaron todos los nervios al mirar desde abajo la vivienda que el compromiso recién formalizado le destinaba. Ella se enamoró de aquel excéntrico precisamente porque lo era, y ahora estaba empezando a vivirlo en carne propia. Con la mirada puesta en posición vertical se animó a preguntarle a su marido inminente: “¿Y cómo es que esa construcción se sostiene sin deslizarse?” La respuesta fue o pretendió ser técnica: “Porque todos sus enganches son firmes y seguros, aunque la sensación que tengan los novatos sea la de estar a merced del vacío?” “¿Novatos? ¿Para ti yo soy una novata?” “Es uno de tus mejores encantos… ¿Por qué crees que me enamoré de ti?” La última frase le provocó una tenue sonrisa que traía consigo el vocablo susurrado: “Gracias, poeta del espacio”. Él sonrió a su vez: “Y si necesitas paracaídas lo tengo listo”.

1309. ENCUENTRO ORIGINAL

Ella bajaba el graderío articulado de la escalinata de la Trinidad del Monte desde la plaza del mismo nombre, y él subía las mismas gradas desde la Plaza de España. Como andaban distraídos entre las mil efusiones de la tarde resplandeciente del otoño recién llegado, casi tropiezan el uno con el otro. Se disculparon a la vez, y al mirarse a los ojos el destello también fue común. ¿Se habían visto en alguna parte? Casi imposible, aunque lo inesperado es lo que a veces pasa. Pero salir de dudas era buen motivo para no pasar de largo. Sin más, se fueron a tomar una copa a Il Palazzeto, que es un saledizo en lo alto a un costado de la escalinata. La ciudad, alrededor, era el escenario perfecto. Mientras bebían sorbo a sorbo sus respectivas copas de vino, blanco y tinto, él dijo: “Roma es eterna”. Y ella respondió: “Como los sueños que hace germinar, ¿verdad?”

1310. VENTANAHACIA EL PONIENTE

¿Qué tenía el Sol declinante para mover su sensibilidad más honda hacia las superficies de la conciencia? Era algo que le sucedía desde las remotidades de su memoria, cuando regresaba a pie por la calle de Mejicanos al concluir la jornada escolar y cuando caminaba entre el zacate en la colina del cantón San Nicolás. Poniente veraniego y poniente invernal se daban la mano en su recuerdo, y seguían dándosela ahora, ya en las estancias variopintas de la adultez. La ventaja era que ahora sí tenía capacidad para ubicar su diario vivir de cara al poniente, y así lo hizo. Buscó la casa soñada y la encontró en un suburbio que estaba muy por debajo de sus capacidades económicas. La fuerza de su ilusión lo llevó hasta ese poniente mágico: una ventana ubicada a la altura de sí mismo, para que el Sol se sintiera en confianza.

1311. TORNA A SORRENTO

Cuando traspasó la puerta de entrada al Santuario de Nuestra Señora del Monte Carmelo se sintió movido por la fuerza dulce de los más antiguos anhelos. Estaba ahí de nuevo, en la altura de Sorrento, a la par de la Piazza Tasso, y era el momento justo para recordar sus andanzas por aquellas mismas calles y plazas, allá cuando alguna fuerza de lo que llamamos casualidad lo llevó hasta la pequeña y entrañable ciudad erguida sobre acantilados. Comenzaba a lloviznar y entonces fue a refugiarse en un café esquinero con espacios abiertos. No acababa de sentarse cuando uno de los meseros se le acercó sonriente: “Luiggi, ¿me recuerdas?” “¡Claro, eres Fabrizio, el que se quedó con mi novia!” “Que me dejó poco después, para seguir su ronda…” “Ah, pues entonces estamos a mano y podemos brindar con una copa de bon vino…”

1312. FAVORES RECIBIDOS

Era casi de noche y el templo cerraría sus puertas dentro de muy poco. Había que apresurarse, pues, para lograr permanecer ahí por el tiempo que requerían sus exposiciones de motivos sentimentales. Entró y fue a ubicarse en una banca casi escondida en un rincón. Cerró los ojos para concentrarse, aunque adentro apenas quedaba luz. Una por una fue enumerando las gracias que le concediera la Providencia. Eran tantas que la enumeración no parecía tener fin. Cuando abrió los ojos, la oscuridad era total. ¿Dónde estaba: en un templo o en una tumba? ¿Y cuál es la diferencia cuando se trata del favor final?

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