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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (162)

1321. CENA DE AÑO NUEVO
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El pavo horneado estaba sobre la mesa del comedor, y el anuncio de que ya podían pasar a sentarse y a servirse provino de ella, la voz más antigua de la casa. Por costumbre, no eran muchos los invitados, ya que el lugar era una vivienda de campo donde se alojaban los anfitriones que tenían muy pocos allegados. Fueron pasando a tomar sus platos y a colocar en ellos los trozos de pavo apetitoso y los bucles de puré sedoso. Al estar todos sentados se dieron cuenta de que había un puesto vacío. El señor que ocupaba la cabecera esbozó una explicación: “Quise tener un invitado sorpresa, que llegará en el momento oportuno. Entretanto, empecemos. Comieron y bebieron, mientras la noche se desplazaba entre los árboles vecinos. De pronto se oyeron campanadas distantes. Medianoche. En el sitio vacío aleteaba un inquieto resplandor.

1322. PASIÓN DEL CALENDARIO

Los asistentes se hallaban reunidos en el anfiteatro de siempre; y desde luego todos los convocados estaban ahí. En el momento justo subió a la tribuna el conductor de la ceremonia, que era una extraña figura casi etérea, envuelta en una túnica blanca que aleteaba al menor movimiento. Uno por uno fueron alzando la mano para identificarse. Luego comenzó la sesión. Hubo un expositor que llegó amparado en un sobrenombre muy de actualidad: Cambio Climático. Los asistentes lo escucharon como si se tratara de oír llover. Luego hubo una breve sesión de preguntas y respuestas, en la que no se pasó de las inquietudes y las consideraciones de siempre. Al final, el conductor de la ceremonia cerró con estas palabras: “Señores meses, pueden volver a sus estancias, salvo el que inicia. El año ha comenzado”.

1323. BIENVENIDO, MINUTO

Se encontraba ya bordeando lo que podría ser el límite entre las mitades de su vida, y eso tomando en cuenta los avances de la ciencia y los mejoramientos posibles de la cotidianidad. Era hora, pues, no sólo de hacer recuento aleccionador de lo vivido sino también de mover proyecto inspirador de lo que pudiera venir en adelante. Se tomó unos cuantos días de asueto existencial y se fue a una posada en la montaña más próxima. Iba a pensar sobre años vividos y sobre años por vivir, pero al estar en aquel ambiente de nubes viajeras y de hojas sedentarias tuvo un golpe de intuición: había que poner a los años en su puesto, para que no persistieran en la obsesión de gobernar la vida. Se asomó al barandal sobre la amplísima extensión de arboledas y prados y exclamó para que le oyeran en todos los entornos: “¡Bienvenido, minuto, compañero puntual!”

1324. PACIENCIA, PIOJO

Salió, como todas la mañanas muy temprano, a recorrer en bicicleta los entornos tanto boscosos como baldíos. Era presuntamente la faena para mantenerse en forma, sobre todo en el plano orgánico; pero en verdad se trataba de ir al encuentro de las presencias que habitan el vecindario natural, en cualquiera de la formas de este. Aquella mañana el Sol parecía reacio a mostrar su cara al aire, y eso hizo que él se estacionara en un pequeño mirador desde el cual se avizoraban todos los horizontes en círculo. Como no había nadie, se arrodilló junto a la baranda protectora y alzó los brazos en señal de bienvenida. El Sol entonces se animó a salir de su encierro nocturno con todas las energías a punto. Ahora entendía lo que le había dicho el aire cuando se instalaron las sombras: “Paciencia, piojo, que la noche es larga…”

1325. SANTORINI AL AIRE

La barrera de tierra pétrea de múltiples tonalidades y diversos ángulos caía sobre el mar sereno cuyo leve vaivén azulino era su eterna marca de fábrica. En la cumbre de la formación vertical asomaban los perfiles blancos de la ciudad que parecía animada a saltar algún día sobre las aguas. Pura ilusión, desde luego, pero tan inocentemente real que parecía que estaba por ocurrir. El turista de mochila entró en una de las góndolas del funicular ascendente. Mientras se balanceaba sintió que le iban brotando de la memoria más fiel impulsos de posarse en algún saledizo seguro. Llegó al tope superior, desembarcó y comenzó a caminar por las callejas superpobladas de negocios de suvenires. Así arribó al sitio donde se hospedaría por su propia naturaleza: la rama frondosa de un árbol permanentemente verde entre la viva luz del Mediterráneo griego.

1326. ESPECTROS EN EL MUELLE

Vivía hoy a la orilla de un mar cuyo oleaje era exactamente el mismo en todas las épocas del año, lo cual no tenía ninguna explicación ambiental y por eso había que obviar las explicaciones y sólo agradecer el regalo de aquella armonía que a lo mejor sólo para él estaba disponible. Aunque no tenía vista directa hacia las aguas desde su pequeño refugio habitacional, la presencia de las olas estaba viva siempre en todos los espacios de su percepción, y eso le hacía sentirse comunicado con su yo más entrañable, que era el de las memorias vagabundas, hermanas gemelas de las olas vecinas. Sí, porque cuando fue viajero por el mundo como izador de velas en aquel barco que ahora era un fantasma, él adquirió también tal condición, que ahora lo mantenía anclado sin escapatoria a la orilla de un muelle sólo poblado por espectros.

1327. VECINDAD AZUL

La presencia invasora de las maras les obligaba a escapar del sitio suburbano donde se instalaron desde que formaron pareja. Él era agente de seguridad privada y ella vendedora de productos enlatados casa por casa. La necesidad de evadir el azote delincuencial les llegó en el preciso instante en que se enteraron de que les venía el primer retoño. Había, pues, que buscar sin tardanza un nuevo lugar para vivir. Lo hallaron en una colonia antigua que estaba dentro de la ciudad. El precio era accesible porque el deterioro era notorio. Al día siguiente de haberse instalado con lo que podían ella fue a la consulta del Seguro y ahí le informaron que llevaba trillizos en el vientre. Entonces entendieron el mensaje: seguían viviendo en el mejor vecindario de todos, el de la atrevida esperanza.

1328. SILENCIO DEL ORÁCULO

La entrada era un hueco entre la piedra, y por ahí había que dirigirse hacia el interior, que cada vez parecía estar más al fondo. No era la primera vez que él llegaba a preguntar sobre el futuro, pero aquel día lo que le impulsaba no era querer saber sino querer entender. Cuando estuvo en el sitio del encuentro sintió que algo así como una nube de polvo lo envolvía. “¿Dónde estoy?”, se preguntó sin palabras. Y la respuesta le nació de adentro: “Estás en presencia de tu oráculo interior, que nunca te responde pero siempre te acompaña…” Entonces él entendió de súbito que no necesitaba respuestas, porque lo esencial son las preguntas.

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