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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (164)

1337. ALONDRA
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Casi sin proponérselo estaba estudiando ingeniería forestal, que era lo que menos hubieran imaginado los que la conocían desde siempre. Ella había insinuado siempre que su destino serían las artes musicales, y de pronto estaba ahí, sobre aquel otro escenario, entre la comunidad de los árboles y la hermandad de los pájaros. Acudía a las clases en las aulas universitarias y en cuanto tenía algunas horas disponibles se iba a los alrededores a deambular entre las ramas y las hojas. Fue en una de esas caminatas que conoció a aquel vagabundo que tenía toda la traza de ser un soñador venido a menos. “¿Nos conocemos?”, le preguntó él cuando se cruzaron. “No lo creo”, respondió ella, cohibida. “Pues yo sí he oído tu voz algunas veces… Este es tu mundo natural… Tu nombre es Alondra, ¿verdad?”

1338. ALMA

Cuando sus padres la llamaron así fue porque les sonaba bien la palabra, nada más. Ella creció sin darle importancia al vocablo que la identificaba. En la escuela, con el espíritu travieso de la edad, había compañeras que la apodaban Almohada y otras que le decían Almendra. Tampoco se dio por aludida. Era como si tuviera un abrigo protector. Eso duró hasta que la adolescencia comenzó a hacer de las suyas. Y es que entonces le empezó a hormiguear la inquietud de encontrar a alguien con quien pudiera hacer clic permanente. Algunos se le acercaron, pero por pura inquietud de entrar de inmediato en acción. Ella desde el principio buscó lo definitivo. Y así descubrió el sentido de su nombre. Cuando llegó aquel joven apuesto y gentil ella se dijo de inmediato: “Somos la pareja perfecta: alma y cuerpo”.

1339. ABIGAÍL

Un día de tantos, y como parte de una conversación trivial, ella le preguntó a su madre por qué le habían puesto aquel nombre, y la respuesta pareció trivial, aunque era inesperadamente técnica: “Porque tu papá saltó de gusto cuando naciste”. Ella se quedó sin entender, y ya no volvió a hacer aquella pregunta. Fue pasando el tiempo y la vida hizo lo de siempre: armar y desarmar rompecabezas existenciales, como al azar aunque siempre hubiera hilos de enlace. Su madre se fue un día de este plano y su padre, que parecía ajeno al paso del tiempo, la cuidaba sin invadirla. En una de esas, él la miró profundamente a los ojos y le hizo un gesto como de bendición: “Gracias, Abigaíl, me has dado vida desde que naciste. Tu nombre es la clave: Abigaíl, fuente de alegría...”

1340. ÁNGELES

Era natural que llevara ese nombre porque había nacido un 2 de agosto, día de Nuestra Señora de los Ángeles. Uno de los allegados les dijo a los padres que el nombre ideal sería María de los Ángeles; pero ellos, en acuerdo solitario, dispusieron llamarla Ángeles de María. Así quedó asentada en el Registro Civil y también en el acta de bautismo, pero todos desde el principio la llamaron María. Ella se habituó a ser María, sin prestarle atención a su nombre original. Pero un extraño vacío iba ganándole la voluntad, hasta aquel 2 de agosto en que tuvo un sueño aclaratorio: mientras ella dormía, alrededor de su cama estaban los ángeles aguardando que despertara. Despertó y ellos le sonrieron. Era el reencuentro con su estirpe.

1341. AZUCENA

Se quedó huérfana de padre y de madre muy poco después de dejar la infancia, y eso la ubicó en una especie de terreno desconocido sin límites reconocibles. Se fue a vivir con la abuela, que también se fue muy pronto de este mundo, y después con una tía materna que no tenía tiempo para cuidar de ella. En la adolescencia estaba prácticamente sola, y eso le abrió la puerta de la libertad, que ella cruzó con sigilosa cautela. ¿De dónde le nacía aquel espontáneo mecanismo de contención? Alguien que la conocía desde su nacimiento tenía su propia opinión: “La blancura interior es la mejor defensa que puede haber en la vida”. Y cuando ella lo oyó por primera vez sintió que su nombre –Azucena– era una herencia providencial.

1342. AURORA

Sin que hubiera ningún signo durante la gestación, fue sietemesina y nació aquel día invernal antes de que amaneciera. Fue nacimiento casero, como se estilaba en aquellos tiempos, y sobre todo en un cantón campesino. Lucía, la partera que atendía en los entornos, dispuso bañarla de inmediato y eso hizo que la recién nacida entrara en shock silencioso. Sus padres, finqueros con algunas posibilidades económicas, la llevaron de inmediato a un hospital capitalino a la vuelta del parque Centenario: el Hospital de La Merced. Estuvo en incubadora un par de días, y entonces el doctor de turno decidió que el riesgo había pasado. Era un doctor que no había sido visto por nadie en el lugar. Solo los padres estaban presentes. El doctor les instruyó: “Si quieren que esta niña cumpla con su destino tienen que llamarla Aurora”.

1343. ARIADNE

Ella venía en camino, y su padre, que era un cinéfilo empedernido con afición especial por las películas de la Época de Oro del Cine Mexicano, lo que hizo cuando les informaron que lo que venía era una niña fue hacer sin decírselo a nadie, ni siquiera a su esposa, un sorteo de nombres de sus artistas favoritas de aquella época. Y el nombre que salió fue el de Ariadne Welter. La recordaba sobre todo por sus roles en “Sombra verde” y en “Ensayo de un crimen”, dos dramas de muy distinta filiación pero ambos con trasfondo trágico. Se quedó en suspenso por unos instantes, pensando que aquello podía ser de mal agüero, pero más miedo le daba incumplir su propia apuesta al destino. Y entonces optó por un remedio ingenuamente preventivo. La niña se llamaría Ariadne Talismán.

1344. AMALIA

El nombre no lo decidieron sus padres sino su madrina, aquella bailarina de danza contemporánea que fue desde siempre la mejor amiga de sus progenitores: un productor de televisión y una diseñadora de vestuario artístico, Felipe Aguilar y Amalia Fernández. Desde que tuvo uso de razón, ella también quiso ser bailarina, pero de cabaré, no de teatro. ¿Por qué? Era simplemente un impulso espontáneo. Los padres se resistían, pero la madrina les dio la clave: “Se llama Amalia Aguilar, como la rumbera cubana del cine mexicano. Y hasta físicamente se parecen. Entren en la internet y ya van a ver… Sigan el ritmo, y así no van a perder la pista”.

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