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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (165 )

1345. REMINISCENCIA CÁNDIDA
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Hacía ya muchos días que la espesa bruma imposibilitaba distinguir la línea divisoria entre el agua y el aire; pero dentro de la nave nada había cambiado: todos los tripulantes se manejaban como si nada extraño ocurriera, porque en verdad estaban acostumbrados a tales contingencias. Bueno, todos los tripulantes salvo uno: aquel adolescente que andaba haciendo sus primeras prácticas de marinero. Como aquel fenómeno atmosférico no tenía visos de cambiar, un día el adolescente se subió el mástil más alto y desde ahí comenzó a lanzar gritos de auxilio. Los demás tripulantes no sabían qué pasaba y uno de ellos le preguntó en altas voces: “¿A quién estás llamando desde ahí?” Él respondió sin mirar hacia abajo: “A las islas que deben estar en alguna parte para que no nos dejen solos… Aquí son nuestras únicas madrinas…”

1346. PARÁBOLA VEGETAL

Los tiempos son en estos días un mosaico de flagelos incontrolables que, como en un rito salvaje, mueren a diario y resucitan al instante. Pero no todo está perdido. Él, que tenía vocación de predicador laico, andaba en busca de ejemplos utilizables para propagar la noción de que el heroísmo bondadoso y generoso también circula por los diversos espacios de la cotidianidad. Con ese fin recorrió cuantos espacios urbanos estaban a su alcance, y aunque encontró esos ejemplos que buscaba, aún no había ninguno que verdaderamente pudiera servirle de emblema. Así llegó aquella tarde al suburbio más inhóspito. Luego de recorrer todo lo habitado buscó un lugar para quedarse quieto unos minutos. Entonces percibió aquel árbol frondoso y enteramente verde en el centro del predio baldío donde todo era maleza seca y ríspida. Juntó las manos en señal de devoción ante la santidad espontánea.

1347. CALLEJÓN CON SALIDA

Los asistentes, que eran viejos amigos del anfitrión, se ubicaron en sus lugares, a la espera de que comenzara el convivio o la ceremonia o ambas cosas a la vez. Entre ellos había una presencia desconocida, que todos miraban cautelosamente de reojo, aunque tenía un cierto parecido con el anfitrión. El conjunto musical se hizo presente. Un conjunto que igual podía interpretar boleros, tangos o rancheras. Subió al podio el desconocido. Todos expectantes. Él solo dijo unas cuantas palabras: “Ahora el anfitrión soy yo, porque mi antecesor se escapó por la única salida que hay en el callejón. ¿Entienden?” Gestos de negativa, aunque con sonrisas veladas. “¿Y cómo no van a entender si estamos en un velorio imaginario? Que empiece la música que solicitó el anterior anfitrión”. El conjunto inició su número, comenzando por “Adiós, muchachos”. Entonces todos hicieron coro. La salida del callejón de seguro daba a una cantina mágica.

1348. AYER EN LA PALMA

Ayer fue domingo y como todos los domingos fuimos a almorzar al restorán que hay en El Refugio, ese acogedor pinar inmediato al pueblo de La Palma. Somos cinco los que vamos en el jeep: mi padrastro, don René; mi madre, la niña Stellita; mi hermana, Rose Marie; algún amigo de don René y yo. Ritual de domingo: de Apopa hacia el norte chalateco, llegando hasta Nueva Ocotepeque, pasando por El Poy. Pero el mediodía en El Refugio es la imagen central. Ayer, antes del almuerzo, me escapé por unos instantes hacia la quebrada que corre al fondo del pinar, y cuando estuve junto al agua transparente y fugaz me quedé unos instantes en éxtasis, sin que nadie me observara. Cuando volví al salón donde estaban todos alguien me preguntó: “¿Dónde andabas?” Me quedé callado, porque, como siempre, andaba aprendiendo a vagar por los alrededores de mí mismo.

1349. FUEGO SIN CENIZA

Desde que la palabra destino se le hizo presente en la pantallita virtual de la conciencia ya no pudo ser ajeno a la aspiración cotidiana de tener siempre en su poder una hoja de ruta con horizonte de brillo propio. Pero los años iban pasando y aunque la noción de destino se le hacía intelectualmente cada vez más clara, en el nivel anímico la atmósfera estaba invadida de grumos huidizos que no se dejaban ni siquiera rozar al vuelo. Y en esas seguía cuando Vivian pareció surgir de una ráfaga de polvo en la que se hubiera colado un rayo solar. Hasta aquel momento nunca había tomado en serio el destino sentimental, ni siquiera en la adolescencia que es cuando se activan las fogatas del deseo. Pero Vivian estaba ahí, fresca como un fuego con alma. Lo miró a los ojos y él se encendió por dentro. Aquella frescura dispuesta era el abrazo de la fe que nunca se apaga.

1350. PROSA RIMADA

Quería ser feliz y serlo en forma consciente, lo cual lo convertía en un innato activista de la imaginación ilusionada. Toda la gente que estaba a su alrededor, aun la que pertenecía al círculo familiar, lo consideraba un ingenuo que de seguro tendría muchos tropiezos en la vida; pero él seguía adelante en su andar, sin éxitos evidentes pero con el impulso de los eternos optimistas. ¿Eternos? No hay nada eterno le murmuraba la razón; y en el mismo instante una especie de corazonada le advertía que hay destellos que vienen a quedarse. ¿A qué atenerse, pues? Sin proponérselo, se quedó en blanco al respecto. Levitación mental. Y como salido de una gaveta ingrávida, aquel cuadernillo con huellas del tiempo le apareció entre las manos. Era el librito que su abuela había adquirido una tarde en el changarro del “Choco Albino”: “Misión Felicidad”. ¡Sí, misión: entendido!

1351. LICENCIA PARA SOÑAR

Su padre era palabrero de la pandilla que señoreaba en el lugar y un día de tantos se produjo un operativo policial en la zona y de la refriega resultaron muertos todos los que vivían en la casa, salvo él. Había que dejar el lugar que ya estaba catalogado como casa “destroyer”, sin tiempo para llevarse nada. Escapar, ¿pero hacia dónde, porque los tiempos están peludos? De pronto se encontraba de veras en la calle, sin otra opción que la calle. No tenía nada a su disposición. Lo había perdido todo. Se fue entonces, por primera vez, a buscar refugio en la capilla del barrio. Lo recibió un señor que tenía todos los visos de ser un asistente de desvalidos. Él le dijo su nombre y le relató su situación. El señor lo hizo pasar. Y cuando estaba adentro le dio la explicación necesaria: “No te preocupés, soy tu ángel de la guarda y sabía que estabas por venir a mi encuentro”.

1352. EL OTRO AMANECER

Después de aquel interminable y accidentado trayecto, todo parecía tranquilo de repente. Fatigados y soñolientos llegaban a una pequeña población que parecía desierta. ¿Dónde estaban en realidad? Recorrieron el caserío, y nadie parecía darse por enterado de que ellos estaban ahí. ¿Qué hacer? Fueron a ubicarse en un espacio que parecía un parquecito bien cuidado. Afortunadamente había ahí una especie de champa donde podían pernoctar. Se durmieron. Ya casi al amanecer, despertaron y ahí estaba alguien que les dijo sonriente: “Bienvenidos a esto que parece pueblo pero que en realidad es cementerio”.
 

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