ÁLBUM DELIBÉLULAS (138 )

El invierno estaba siendo más lluvioso que de costumbre, con esa imprevisibilidad que hoy es lo común.
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1124. DOBLE IMAGEN

Los desagües de las calles colapsaban y los techos se volvían coladores. Y esto les afectaba más a ellos, que vivían en un reparto casi suburbano en el que no había nada nuevo desde hacía mucho tiempo. Una noche despertaron sobresaltados con ruidos de turbina alrededor y cernido caprichoso desprendiéndose de las láminas. “¡Es un diluvio!”, gruñó él, incorporándose; y ella lo hizo sin sonido. Fueron de inmediato a recoger al recién nacido de su cuna de mimbre, a tientas, porque no había energía eléctrica. No alcanzaron a salir, porque el turbión que venía de afuera era imparable. El techo se vino abajo, quebrándose en pedazos. Ellos, náufragos, flotaban sobre cualquier tabla desprendida. No era un diluvio local, sino El Diluvio Universal. La globalización es así.

1125. DE PRÓXIMO ESTRENO

El día siguiente por fin, el verdadero día siguiente. Acababan de anclar cerca de la playa y se preparaban para saltar a tierra, con todo lo que eso significaba. El capitán llamó a uno de sus hombres: “Rodrigo, serás el único que me va a acompañar en este primer momento, porque te lo has ganado anunciándolo…” El aludido recibió aquella decisión con sonrisa equívoca. No sabían qué podía esperarles tras aquella muralla de extraños árboles exuberantes. El capitán dio las órdenes del caso, y en una tambaleante lancha se dirigió con Rodrigo hacia el límite espumante. Desde el barco apenas se miraban las figuras caminando sobre la arena y luego internándose entre las malezas. Pasó ese día y el día posterior. El capitán y Rodrigo no aparecían. Cuando lo hicieron venían acompañados por una multitud que parecía la de un carnaval. El capitán, don Cristóbal, actuaba como director de escena.

1126. CADA QUIEN ES UNA ISLA

Se calificaba a sí mismo como profesor de ensueños imposibles, aunque nunca compartiera con nadie tal calificativo. Pero se propuso, sin decirlo en esa forma, compartir sus propias experiencias y las de otros recogidas en textos de ayer y de hoy ante pequeños públicos verdaderamente interesados. Comercializaba su esfuerzo con un mote: “Encuentro para descubrir poderes imaginativos”. Y hubo interesados en participar, aunque desde luego la formación sintética –tres días a lo sumo– tenía un costo económico. Con el apoyo de una organizadora local realizaba su encuentro esa vez en Reston, Virginia, a comienzos del otoño. En la primera sesión, frente a un ventanal que daba a las arboledas vecinas, les dijo a los 10 asistentes: “Vamos a empezar por olvidar nuestras respectivas identidades. ¿Se animan?” Todos asintieron. Y él entonces aclaró: “Yo soy Robinson Crusoe, y tengo experiencia en este juego”.

1127. TOLEDO, SIGLO ACTUAL

Caminaba por las callejuelas como un lugareño más, y lo era en verdad, puertas afuera. Se refugiaba en una especie de buhardilla, desde la que se podía ver la salida del Sol. En esa buhardilla estaba su verdadero taller, al que no tenía acceso nadie, y por eso en él gozaba de la más perfecta libertad. Se encerraba ahí en horas imprevisibles, y de ahí salía con frecuencia en busca de imágenes inspiradoras, que podían estar en cualquier parte. Por ejemplo, en esa pequeña capilla escondida entre muros con enredaderas. Entró en ella, y las imágenes impávidas lo advirtieron de inmediato, y se alzaron extendiendo hacia arriba sus figuras esbeltas. Él se sintió en confianza. Detenido en el centro, miró las imágenes a su alrededor. Allá, en un rincón, dos observadores estaban atentos: “Es él, ¿verdad?” “Sí, el Greco; pero quedémonos en silencio para que no empiecen los flashes”…

1128. NERUDA UNA NOCHE DE ESTAS

En la taberna parisina sólo había dos personas en aquel momento: el observador y el observado. El observador estaba sentado en el centro del salón y el observado se hallaba en una esquina del reducido espacio, junto a la ventana que daba al callejón embaldosado. El observador tenía apariencia de viajero reciente y el observado mostraba toda la planta de los residentes por voluntad. El observador tenía frente a sí una copa de vino tinto a medio beber y el observado parecía absorto en un pequeño cuaderno abierto frente a él. El observador sorbió con evidente placer un trago de la copa y el observado levantó sonriente la mirada del cuaderno. El observador se levantó de su silla dirigiéndose hacia el observado y el observado le pasó el cuaderno al observador. Sólo dos frases: “Esta listo el poema que querías”. “Gracias, Pablo, queda incorporado al acervo de tu poesía póstuma”.

1129. SECUENCIA NEOYORQUINA

Caminaba por Madison Avenue, con la naturalidad de quien lo hace por el lugar más conocido. A la altura de la calle 76 estaba su sitio de destino. Pero esta vez no se detuvo ahí, sino que dobló hacia la izquierda rumbo al parque. Era un día de otoño inicial y el aire fresco tenía aún reminiscencias veraniegas. Los árboles comenzaban a mostrar intentos de dejar el verde y pasar al amarillo o al rojo. Él seguía caminando como si se dirigiera hacia alguna parte definida, y de pronto estaba de nuevo en el punto por donde había entrado. Volvió a Madison Avenue, y ahora sí entraría en su sitio de destino. En la calle había una placa recordatoria de Bobby Short, uno de los ídolos musicales del Café Carlyle, ahí enfrente. Miró su nombre en la placa. Y entró en el Café, solitario en aquel momento. De todas maneras nadie hubiera podido identificarlo.

1130. ENTRE IGUALES

Cuando la Primavera duele es que algo grave está pasando en el clima interior. Miró hacia los árboles desnudos, en cuyos ramajes estaban apareciendo brotes prometedores, y suspiró con algo muy parecido a la angustia. ¿Por qué el anuncio de la Primavera le producía tal efecto? No quería pensar en eso, ni mucho menos hablarlo. Volvió a paso lento pero seguro hacia su apartamentito recién alquilado en un quinto piso. Cuando entró, luego de subir la escalera, porque el viejo ascensor estaba descompuesto, tuvo la inmediata sensación de que alguien había estado ahí. Se acercó a la ventana sin cortina y tuvo un golpe de intuición. Sí, era ella, que quería hacer las paces. Quizás era el momento, para que la opresión no continuara creciendo. Y ella, la Primavera, estaba frente a él sonriéndole: “Quiero ser tu amiga, Invierno, déjate…”

1131. ANTONIO BANDERAS A LA PUERTA

El hombre del pasamontañas llegó ante la puerta y tocó. Era de noche, y la zona estaba cada día más expuesta a los ataques delincuenciales. Adentro parecía no haber nadie. Era el silencio del miedo. Él volvió a tocar, ahora con más suavidad. La misma respuesta sin respuesta. Él entonces dio su clave: “Soy el Zorro. Lo contrario del peligro que imaginan…”

1132. JET LAG

El Centro Meteorológico había empezado a contratar psíquicos para que contribuyeran a interpretar los acelerados cambios de tiempo. Aquel día llegó alguien a preguntar sobre lo que vendría: “Soy el Tiempo, y padezco un jet lag progresivo. Oriéntenme”.

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