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ALUMBRAMIENTO EN CLAVE

Los primeros síntomas le surgieron de pronto, como si aquel fuera un acontecimiento sorpresivo. Pero en verdad ella había venido albergando una ilusión que ya era más necesidad que otra cosa, y así se manifestaba. Era como si quisiera introducirse sin escafandra en sus aguas más turbulentas, y solo salir a respirar en el último momento.
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Fueron pasando las semanas, y su cuerpo iba cambiando con los días. Ella no ocultaba la estilizada redondez que se hacía evidente. Por el contrario, la mostraba con una elegancia que no se le daba en los tiempos de esbeltez. Y el hecho de ser una bailarina profesional quizás incidía en su comportamiento sucesivo, porque el cuerpo seguía su propia evolución en el escenario, cualquiera que este fuere.

Pasaban los meses, y de seguro el día del acontecimiento revelador no estaría muy lejos. Nadie le había hecho ninguna pregunta sobre aquella condición a la vez tan normal y tan inesperada, porque el temperamento de ella no tenía rendijas por dónde colarse. Un lunes de tantos no apareció por ninguna parte. Se corrió un murmullo entre la gente conocida, pero nada más. De seguro en algún momento la ausente reaparecería, sin dar explicaciones, a su estilo.

Aquella mañana, que por cierto mostraba los nublados normales de la época invernal, alguien creyó verla en los alrededores de su casa, que estaba en el límite de una arboleda rústica que daba hacia los terrenos baldíos que llegaban hasta lo último que se podía divisar en lontananza. Pero la imagen solo estuvo presente por unos instantes, y de seguro ingresó de nuevo en la casa, a todas luces la más antigua del lugar.

Después, reapareció como si nada. Y con una novedad esperable: su cuerpo había recuperado su esbeltez característica. Era natural pensar que no hacía mucho del alumbramiento.

Una vecina entrometida, de esas que nunca faltan, al encontrársela en unas esquina no pudo resistir la tentación de preguntarle:

— ¿Cómo está tu hijo?

— ¿Hijo? ¿De qué me habla?

— Del que tuviste, muchacha. Tenías una pancita bien hermosa, que tampoco ocultabas.

— Ah, usted se refiere a eso. Pero lo que había adentro eran memorias de enamoramientos pasados que se juntaron en una sola fuente, que al romperse me dejó niña de nuevo. ¿Entiende, señora curiosa?

HORIZONTES A LA MANO

Cuando entró en la catedral St. Magnus tuvo la inmediata sensación de que lo hacía en un pasillo subterráneo que tenía al fondo una oferta de brillos multicolores. Estaba por primera vez en aquel lugar sagrado, que era lo primero que visitaba en Kirkwall, la capital de las islas Orkney, en el norte de Escocia. Y aunque no era un templo perteneciente a su fe, se sintió en perfecta confianza en aquella penumbra. Permaneció ahí por unos instantes, sin hacer ninguna oración, con la mente en blanco.

Luego caminó sin rumbo fijo por las calles aledañas, donde los comercios se apiñaban para atraer a los turistas veraniegos; pero él no era turista, aunque hubiera llegado con esa apariencia. Su propósito era mucho más personal, y además con esa raíz intemporal que a él venía palpitándole desde siempre en la conciencia. Una fotografía casi borrada por el tiempo estaba bien resguardada en su mochila de espalda. Era de seguro el momento más oportuno para verla una vez más, y esta vez en la atmósfera habilitante de lo que podría llamarse misión cumplida.

Buscó un lugar donde acomodarse por unos instantes, y aquel café que estaba enfrente se ofrecía para ello. Lo que pidió fue un café negro, que le disolviera cualquiera atasco emocional que anduviera moviéndose en su interior. Y, sentado ahí, abrió la mochila y buscó el sobre donde guardaba el retrato.

Inefable sorpresa insospechada: lo que le había pasado a la imagen que por tanto tiempo había venido perdiendo nitidez era una especie de resurrección de líneas y de colores. La persona retratada era un hombre de talante antiguo, vestido con el traje propio de los retratos de la época, que eran todos de estudio, y que hoy parecía revivido en una figura casi deportiva, con todos los atributos de la vitalidad actual. Su bisabuelo Michael estaba ahí, mirándolo con expresión agradecida, como si aquel encuentro hubiera sido largamente esperado de veras. Y en verdad lo había sido. Ahora le tocaba a él ir a descubrir en algún archivo de la ciudad los datos de su antepasado más próximo en las afinidades imponderables.

Habría tiempo para ello, porque había programado una estancia de varios días. Hoy lo que le pedían las ansias heredadas era una buena copa de whisky, de esos que eran emblemáticos de la zona. Se fue a la Highland Park Distillery, de donde salía un producto que era conocido como “The best spirit in the world”.

Era verano, pero como ocurre normalmente en esa zona oceánica norteña, para un visitante del trópico el clima no tenía nada de veraniego: humedad penetrante y airecillo frío. Mientras caminaba iba pensando: “Cuando el reencuentro familiar es cálido, todos los horizontes tienen la misma temperatura”.

CONJURO DE MIRADAS

Faltaban pocos minutos para que en la neoyorquina Penn Station el tren iniciara su ruta, y en la fila de espera para bajar al andén donde se detenía la máquina se conocieron por estricta casualidad. Iban en el mismo ACELA: él hacia Baltimore y ella hacia Washington.

En el vagón en el que entraron solo había dos asientos disponibles, uno junto al otro. Ahí tenían que acomodarse, y así lo hicieron, luego de colocar sus respectivos equipajes de mano. Ya ubicados, se saludaron, por movimiento de educación elemental:

— Soy Fred.

— Soy Frida.

El tren inició su marcha y aparecieron alrededor los paisajes propios del verano en el límite. Unos minutos después, y por movimiento espontáneo mutuo, comenzaron a conversar sobre lo usual en situaciones semejantes. Unos minutos después ya parecían viejos conocidos. Él iba a Baltimore a hacerse una revisión rutinaria de ojos en el Wilmer Institute del Johns Hopkins Hospital y ella iba a Washington a visitar a una tía abuela que se estaba quedando ciega y que vivía sola.

Luego de un rato de palabras triviales, ella le dijo más en confianza:

— ¿Te has dado cuenta de que este encuentro es una especie de reunión de miradas en peligro?

— Así es, en efecto. Voy a tenerlo en cuenta para uno de mis próximos relatos. ¿Y tú a qué te dedicas?

— Eres narrador, entonces. Amo los relatos breves.

— Son mis favoritos. ¿Pero tú qué haces?

— Trabajo en una editorial muy grande. Busco y selecciono textos.

— ¡Caramba! El destino nos puso en el mismo vagón. Y al destino siempre hay que tomarle la palabra.

— ¡Perfecto! Título perfecto para tu próximo volumen editado por mi editorial. Vamos a buscar un vaso de vino para brindar… ¿Tinto o blanco?

— Del color de tus ojos.

— ¡Dios mío, es una declaración!

— No puede ser de amor todavía, pero ya puede ser de esperanza.

Se miraron a los ojos.

— Estas no son miradas en peligro, ¿verdad? –dijo él, anhelante.

— Son miradas en augurio, ¿no te parece?

En la pantallita sobre la puerta de ingreso al vagón estaban anunciando que la próxima estación sería Baltimore. Y él aprovechó para revelar su plan:

— Después de hacerme mi examen mañana tomo este mismo tren y me voy para Washington. Solo necesito tu dirección…

— Ya la tienes. En un descuido te introduje mi tarjeta en tu cartapacio.

Se rieron, como si en vez de viejos conocidos ahora parecieran enamorados con futuro.

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