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Adictos al softcore

Celebramos cuando la sangre derramada es de esos otros, con la misma pasión con la que ellos derramaron la sangre de los nuestros. Exigimos una paz a punta de más muertes, de represión y de negaciones.
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No se asuste. Estos párrafos están libres de recomendaciones de cine para adultos, y de cualquier información sobre alguna nueva droga sintética. Sí abordan una dependencia que fragmenta a la sociedad salvadoreña. Una dependencia que, aunque la neguemos, disfrutamos.

Nos sobreabundan las ínfulas de superioridad moral. Las escondemos detrás de una religión, o de la total ausencia de alguna; de estilos de vida en boga, como esa adoración amelcochada hacia perros y gatos, el repudio a las carnes y la apetencia por esculpir el cuerpo según los cánones. También las podemos nutrir con el fetichismo por los libros, algún tipo de música que nos cree una fachada intelectualoide y varios recursos más.

Esas ínfulas nos hacen ver con el rabillo del ojo y sobre nuestro hombro, y nos dan ese derecho imaginario de despotricar ante lo que consideramos incorrecto, equivocado. A partir de ellas nos autoproclamamos portadores de la razón absoluta. Y ahí, desde nuestro trono inflexible, aprovechamos cualquier oportunidad para legitimarnos mejores que los demás, mejores que “los otros”.

Nuestra ira inquisidora se eleva cuando esos otros atentan contra el estilo de vida cristiano-heterosexual-sumiso-machista que ubicamos en la cúspide de nuestra pirámide de valores. Ellos casi siempre representan a la diversidad sexual, el feminismo, creencias religiosas alternativas e ideologías políticas opuestas. Otras veces esos otros sí ponen en riesgo nuestra seguridad y la vida misma, como las pandillas. A todos vemos inferiores, iletrados, tontos, feos, bestializados, mínimos.

Desde nuestra cima de “buenos ciudadanos” nos urge que esos escarmienten por ser inmorales, sucios, indignos, subversivos, aberrantes. Por eso llenamos redes sociales y sitios noticiosos de comentarios perniciosos y mordaces. Por eso defendemos que quemen penales y desvirtuamos abusos cuando la víctima es inmoral ante nuestros ojos. Eso es violencia, aunque no desparrame sangre como las balas. Es una violencia “softcore” que no por suave es menos dañina, porque, si tuviéramos el valor de llevar esos pensamientos a la práctica, pondríamos a arder (más) al país entero.

Juzgar se nos da natural y nos place condenar, así nuestro veredicto exponga tremendas contradicciones. Aunque nos repulsa todo eso que atenta contra nuestros dogmas, justificamos los pecados de nuestros líderes religiosos bajo el comodín de catalogarlos como prueba. Con la consigna de que los buenos somos más, exigimos la aplicación de la ley del talión. Celebramos cuando la sangre derramada es de esos otros, con la misma pasión con la que ellos derramaron la sangre de los nuestros. Exigimos una paz a punta de más muertes, de represión y de negaciones.

Somos violentos y nos gusta serlo. Aún así, concebimos tan superior nuestra moral que se nos duplica, y cuando está doble no deja espacio en nuestro ideario para la tolerancia, el respeto de las libertades individuales y la búsqueda de una justicia retributiva –que no cobre sangre con sangre. Estamos convencidos de que nuestras agresiones suavecitas son justas y necesarias.

¿Algún día entenderemos que agredir por indignación no nos hace paladines? Defender nuestras convicciones no tiene por qué implicar menoscabar a nadie. No hay credo, ni ideología que nos faculte para contribuir a que nuestros espacios físicos y virtuales sean campos minados de odio.

Es hora de que contribuyamos a que la sociedad salvadoreña dé un salto, antes de que acabe aplastada por esta vorágine de violencia. La solución no puede ser una embestida. Reconozcamos nuestra adicción. Demos ese primer paso. Paremos. Recordemos por qué somos parte de una civilización.

Tags:

  • ronald portillo
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