Álbum de libélulas (113)

924. MARTHA ROTH, “Romance de fieras”
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“¿Nombre?” “Gabriela de Alba”. La pregunta se la ha hecho un investigador criminal, que anda en averiguaciones sobre un extraño acontecimiento que se ha producido en los alrededores. Ha aparecido un hombre devorado por los perros, y nadie da pistas sobre lo ocurrido. Gabriela de Alba está sentada al piano mientras el investigador hace su pesquisa. Como siempre, lo que sale de aquellas manos en el teclado es la sonata Claro de Luna de Beethoven. “¿Conocía usted al hombre sacrificado?” “¿Sacrificado? ¡Pero si el sacrificador era él!” “Ah, entonces lo conocía bien…” Gabriela de Alba intensifica su interpretación del Claro de Luna. El investigador insiste: “¿Cuál sería el móvil del crimen?” “No ha habido un móvil. Él se lo buscó. Las fieras acaban enfrentándose a las fieras… Ese es su destino…” Y la música sigue su curso natural.

925. MARÍA FÉLIX,“Doña Bárbara”

Algún designio desconocido, por encima de las intrigas de ocasión, produce el cambio providencial. No será Isabela Corona, común y desafiante, la actriz que representará a la Doña, sino María de los Ángeles Félix, excepcional y rutilante. Y así la Doña podrá ser ya para siempre la Doña. Don Rómulo observa la primera toma desde un ángulo en penumbra. Aparece la actriz, con su talante de emperatriz llanera. El novelista entrecierra los ojos, y entra de inmediato en ensoñación lindante con el deseo. Deseo de ser él mismo Santos Luzardo y no ese pobre Julián Soler, que no le llega a la Doña ni a los tobillos. Ah, pero entonces tendría que cambiar el final de la historia. Se escabulle para hacerlo. Pero cuando regresa, la filmación ha concluido. ¿Juego del tiempo? La Doña, perdiéndose en la lejanía, ya es el imán imposible.

926. MIROSLAVA, “Ensayo de un crimen”

Estaba sola ante el horno encendido. Horno crematorio para consumar el sacrificio simbólico. Buñuel, sentado allá al fondo en su silla de lona plegadiza, propia del director, parecía meditar en el contenido de la escena. Eso es lo que cualquiera hubiera imaginado al percibir el juego de su mirada. Ella, al otro extremo, no cabía en el campo visual del director. El set se hallaba preparado para cuando el director diera la orden de empezar la filmación. De pronto, todas las luces se apagaron, como si se hubiera producido un corte de energía eléctrica. Sólo quedaban, intactas, las llamas del horno. El director se acercó al aparato, y ella hizo lo propio. Cuando estuvieron a la par, Buñuel le preguntó, en un susurro: “¿Lista?” Y ella, Miroslava, respondió: “Cuando quieras”. En ese justo instante las luces volvieron a encenderse. La verdadera escena había quedado grabada.

927. ELSA AGUIRRE, “Sólo de noche vienes”

En el lobby del hotel hay mucha gente expectante. No es nada común ver por estas latitudes algo como lo que ocurre esta mañana. Se abre el ascensor y aparecen los protagonistas. Elsa Aguirre y Julio Alemán. Brillan algunos flashes. Los más atrevidos se acercan a solicitar autógrafos. Ellos, con sus acompañantes, avanzan hacia afuera, donde un pequeño autobús les espera. En unos segundos, el vehículo deja el parqueo del Hotel El Salvador Intercontinental y enfila hacia abajo, en busca de la ruta hacia la playa. La Libertad al fondo, tras los cerros y bajo las nubes. Oleaje vivo. La escena será pasional. Playa del Obispo. ¿Qué diría un obispo de semejante escena? Los cuerpos giran sobre la arena, semidesnudos. Tras el último golpe de espuma, es hora de vestirse y regresar. Allá arriba, en el San Salvador aparentemente inocente de 1965, la noche quiere ser otra aventura sin consecuencias.

928. ANDREA PALMA, “Distinto amanecer”

El director, Julio Bracho, observa desde una silla en el rincón los preparativos para la próxima escena. Los protagonistas, Andrea Palma y Pedro Armendáriz, están cada quien en su camerino, aguardando el toque de llamada. Es una escena que no tiene nada de especial, pero lo diferente es que hay alguien merodeando por ahí, con un sobre en la mano. Se detiene ante un desconocido que tiene toda la pinta de un extra, y le pregunta: “¿Dónde están los protagonistas?” El aludido responde con toda naturalidad: “No existen. Aquí lo único que existe es el bolero de Agustín Lara”. Cada noche un amor. Allí al fondo, Julio Bracho se alista para llamar a los actores a escena. El lugar es una taberna penumbrosa, de las clásicas. El merodeador se adelanta cuando aparecen Andrea y Pedro. No les entrega el sobre. Se lo guarda. ¿Qué habrá en él? De seguro el juicio de la posteridad.

929. DIANA BRACHO, “El castillo de la pureza”

La muchacha asoma por la puerta entreabierta, y es como si por primera vez tuviera acceso al aire libre. Durante años y años ha permanecido encerrada en aquella casa, junto a su padre, su madre y sus dos hermanos. Prisión por sentencia paterna. El padre, don Gabriel, quiere preservar a su familia de las impurezas del entorno y para eso ha construido mentalmente un castillo sin accesos. ¿Cómo se ha entreabierto esa puerta por donde la muchacha asoma? “Quizás la abrió un golpe de viento”, susurra una voz de origen no identificable. La muchacha se asoma un poco más y respira a fondo el aire libre. La misma voz ofrece una explicación adicional: “No olviden que esta joven tiene un nombre revelador: se llama Utopía. En serio, como lo oyen”. La muchacha sale por completo del encierro. Corre hacia el horizonte arbolado. Es la utopía en acción.

930. AMPARO RIVELLES, En vuelo

La dama está en el asiento de ventanilla, en primera fila. El pasajero llega a sentarse a su lado. Él sabe que ella es una figura estelar del cine, y el estar ahí, junto a ella, le representa la oportunidad inimaginada de entrar en contacto directo con alguien que parece hallarse imaginativamente en otra dimensión. Serán muchas horas de vuelo entre Madrid y Miami, y lo indicado es hacerse presente de inmediato. “Amparo Rivelles, ¿verdad?” Ella sonríe, asintiendo. “La recuerdo como si hubiera sido ayer en aquella película que hizo usted con Arturo de Córdova: La herida luminosa”. “Bueno, quizás todas las heridas verdaderas lo son”. Buen comienzo de coloquio. Pasan las horas y el vuelo está por concluir. “Amparo, alguna vez me atreveré a visitarla en su casa de Flor Baja 7, en el centro madrileño”. “No lo digas, porque lo que se dice en vuelo se lo lleva el aire…”

931. SARA MONTIEL, “El último cuplé”

Durante algunos años, en México y en Hispanoamérica, fue Sarita. Ahora, de repente, al bajar del avión de hélices y pisar sueño madrileño, se ha vuelto Sara. Alguien ha venido a recibirla, enviado por el productor de la cinta en la que viene a participar. Nada parece distinto a lo que dejó. El culto al pasado sigue estando en primera fila. Y unos compases acompañan el instante. Sara los escucha y sonríe. Sí, son las notas de un cuplé. ¿El último? Suenan con una desconocida ilusión. ¿Será el primero? El estreno lo dirá, en su día

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