Álbum de libélulas (114)

932. Parábola en círculo
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Se hicieron amigos en el kindergarten. Se besaron por primera vez en la primaria. Hicieron el amor en el Plan Básico. Se fueron a vivir juntos durante el Bachillerato. Y al ingresar en la Universidad descubrieron que no eran el uno para el otro. ¿Qué había pasado durante el trayecto? Hora de sentarse a hacer recuento de emociones. Lo hicieron, sin sacar nada en claro. “Dejémoslo estar”, se dijeron al unísono. Fueron pasando los días, los meses, los años. Cuando estaban por egresar de sus respectivas carreras se reencontraron en un cafetín de la Universidad. Luego, cada quien en su trabajo, volvieron a juntarse, y de aquel encuentro quedó un beso. Se fue cada quien con su beca al extranjero, por casualidad a la misma ciudad. Allí, en un cuarto de hotel, reflorecieron las pieles. Al regreso, decidieron vivir juntos. ¿Qué hacer para que no se repitiera la ruptura? ¿Dejarlo estar?

933. AL AMPARO DE AMPARO

Calle Flor Baja, 7. Muy cerca de La Gran Vía madrileña. Tenía apuntada esa dirección en ese pequeño cuaderno ahora guardado en alguna gaveta de su abigarrada trastienda de recuerdos. Y encima de la dirección un nombre manuscrito: Amparo Rivelles. Mientras caminaba entre la gente hacia la pequeña calle lateral observó en la pantallita de la mente la sonrisa de la actriz, sentada a su lado en el vuelo Madrid-Miami de aquel día de octubre de 1994. Ahora, en un susurro, le preguntó lo que no se hubiera atrevido a preguntarle entonces: “¿Aceptas que nos tomemos un fino en alguna de las cantinas aledañas?” Ella le respondió: “Sí, pero en mi casa, porque ya no salgo a la calle: estoy haciendo penitencia de recuerdos felices; y si no te importa, llegas ahora mismo: me acompaña Arturo de Córdova, que después de tantos años ha venido a visitarme…”

934. LA MISIÓN DEL RELOJ

El reloj de pie fue la única herencia de la tía abuela Fernanda, su hada madrina en los difíciles años infantiles. Daba la hora con latidos, desde siempre. Ahora él vivía en un condominio de lujo, y tenía todas las comodidades habidas y por haber. Pero cuando oía esa voz latiente, a la vez metálica y ensoñadora, tenía que suspender cualquier cosa que estuviera haciendo para ponerse en actitud de recibir el mensaje. Siempre lo sintió así, hasta aquella mañana en que se quedó en casa aquejado por un virus de esos que se han desatado en todas partes. Amodorrado por la fiebre, los latidos del reloj parecían un sonido misteriosamente distante, como si viniera de otra galaxia. Entró en un sopor anímico desconocido. El reloj seguía sonando mientras una figura tenue se acercaba hacia su cama. Sí, era la tía Fernanda, que le decía al oído: “Mi niño lindo, anímate, porque ya va siendo la hora…”

935. EL CUENTISTA IGNORADO

Todos lo conocían como un hombre pensativo y un poco distante, aunque dispuesto a ayudar cuando era necesario. Y en la vecindad había opiniones encontradas sobre él, que no parecía ocuparse de ninguna de aquellas imágenes, y la razón era muy íntima: tenía su propia colección de historias animadas. Cuando concluyó su vida productiva en el trabajo proveedor del sustento, desapareció de la circulación visible. Seguía viviendo en el mismo lugar, pero no aparecía por ninguna parte. Su mujercita silenciosa era la que se había hecho cargo de llevar a la casa lo indispensable. Un día, ella le dijo a una amiga del vecindario: “Noé ya zarpó de esta playa. Se ha ido a una isla que no está en el mapa. Y lo único que me dejó fue su cuaderno: un manuscrito de narraciones fantásticas bajo techo. Se llama “Memorias de un gueco”. Cuando se conozca, Noé va a volver a ser real…”

936. IRIDISCENCIAS

El camino al éxito nunca está trazado de antemano, aunque quieran hacernos creer que somos topógrafos intuitivos por naturaleza. Él era lo que se llama comúnmente un joven con futuro, porque venía de un hogar suficientemente funcional, su dedicación al estudio le proveía resultados educativos en el nivel de lo brillante, y su temperamento y su carácter lo hacían entrador sin dificultades. Con ello a su favor, aquella melancolía que lo invadía con frecuencia cada vez más imperiosa parecía un contrasentido atípico. En su casa se alarmaron, y un psicólogo amigo parecía la puerta por abrir. Se abrió y nada. La melancolía seguía tan campante. Entonces se hicieron presentes las luciérnagas. Sólo él las miraba, y no le dijo nada a nadie. Hoy es un monje, en plenitud de destino. Las luciérnagas son destellos de algún vitral interior.

937. HURACÁN EXTRAVIADO

Temporada de huracanes. Miró hacia arriba, hacia el cielo abierto, y pensó con una sonrisa: “Menos mal que a nuestras costas no ha llegado nunca ninguno, ni siquiera Adrián, que estaba a la vista”. Pero esta vez la nublazón era tan amenazante que cualquiera hubiera podido pensar que esa salvaguarda desconocida estaba por ser borrada del mapa. El pescador, que apenas sabía leer y escribir, tenía la inteligencia suficiente para hacer labor exploratoria. Como era natural en su caso, no fue a leer libros al respecto, sino que se internó en una boscosa espesura cercana, para entrar en coloquio silencioso con las presencias animales y vegetales. Entre dichas presencias se colaban siempre algunos seres del aire. Y esa vez, como por arte de magia espontánea, estaba ahí el ser que buscaba: “Soy un huracán extraviado… ¿Puedes orientarme?” Y él de inmediato le señaló el lejano horizonte.

938. APRENDIZAJE ATÁVICO

Los jóvenes de entonces creíamos en la virginidad de las diosas disponibles. Pero, como siempre, la duda rondaba por ahí como una abejita traviesa. Aquella muchacha que a él le tenía sorbido el seso no mostraba características sobrehumanas, pero con la humanidad que despedía era suficiente para sentirla una deidad accesible en estuche de lujo. Desde que la vio, todas las noches la soñaba desnuda en el lecho espumoso. Y si parecía diosa había más probabilidades de que fuera virgen. Y como los sueños que no se cansan de repetirse acaban por arribar a alguna playa de la realidad, llegó ese día sobre la arena. Solos en su paraíso por estrenar. Se acercó a su piel, bruñida y delicada. La besó en cadena. Y sólo pudo decir: “Estoy embrujado por tu aroma”. Ella le respondió sonriendo: “No eres el único”.

939. AYER, EN EL CINE PRINCIPAL

Hubo goteras. Y no sólo que fuera una lluvia fuerte, sino que las estructuras ya no daban más de sí, como dijo el albañil de turno. Pero la función de aquel domingo por la tarde, a las 2:45 p.m., seguía en pie. Exhibirían película mexicana, como casi siempre. “Lluvia roja”. El espectador infantil se quedó pensando: “A ver si el techo aguanta”. Adentro, todo normal. Drama de aventuras, con Jorge Negrete y Elsa Aguirre. Cayó mucha lluvia, pero de pasiones. En algún momento, crujieron las estructuras. Moraleja: el aire y el sentimiento siempre acaban poniéndose de acuerdo.

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