Álbum de libélulas (116)

Historias sin cuento.
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949. VOLVER A LAS RAÍCES

Había sido vagabundo mental, y eso le impidió establecerse como hacen los seres comunes. Su relación de pareja fue pasajera, como todo en su vida: apenas duró para engendrar gemelos. Luego se fue a vivir solo, en una covacha entre los árboles, y ahí sus hijos lo visitaban con frecuencia, quizás en busca del padre fantasmal. Pasó el tiempo. Los hijos se hicieron adultos y él avanzó en la madurez, ya con la ancianidad en el horizonte. En una vuelta del camino, el vehículo orgánico hizo crisis. Diagnóstico terminal. Los hijos estaban a su alrededor, aguardando. Él, con los ojos entrecerrados, pareció leerles el pensamiento. El susurro no se hizo esperar: “¿Cremación?... Ni lo piensen… La ceniza no es parte de mi destino… ¿Oyeron bien?... Yo voy a volver a la tierra, a convivir con las raíces… Me entierran ahí, entre mis árboles, sin ataúd y sin que nadie se entere… ¿Oyeron?...”

950. LA BELLA INSOMNE

Parecían la pareja perfecta. Él era más bien tímido; ella, más bien desinhibida. Ambas actitudes empalmaban de manera impecable, y por eso cuando estaban juntos su armonía espontánea resultaba inspiradora. Todos sus allegados estaban seguros de que hacer vida en común era el porvenir natural de aquellos dos jóvenes evidentemente nacidos el uno para el otro. Todo conducía hacia aquel final de fantasía romántica. Las decisiones y los arreglos para unir su futuro empezaron a activarse. Casi lo tenían todo listo, con fecha de enlace incluida. Entonces ocurrió lo inesperado: el accidente de tránsito en el que el vehículo en que ambos se conducían chocó de frente con una rastra imponente. Resultado: él fallecido y ella herida. Por primera vez el destino les separaba las rutas. Había que interpretar al destino: él dormía para siempre; ella tenía que velar para siempre…

951. LA CALLE DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

Castilla la Vieja. Ávila la Eterna. Su muralla es la presencia de los guardianes invulnerables. De una de las puertas del exterior hacia las piedras radiantes de la Iglesia Mayor, esta calle por la que camino tiene el nombre perfecto: la Calle de la Vida y de la Muerte. Ya en los umbrales de la Catedral me topo con una pareja de jóvenes en trajes de pasados siglos. Van de seguro a una representación teatral. Se detienen frente a mí. “¿Tú eres cronista, verdad?”, me pregunta él. “Sí, ¿y tú?” “Yo soy pintor y me llamo Cristóbal Álvarez; ella es mi prometida, Beatriz Dávila”. ¿Cómo es esto?, me pregunto a mí mismo. Son los personajes de la leyenda. Él huyó en 1520, luego de darle muerte al pretendiente de Beatriz. Ella sonríe: “¿De qué te extrañas? El tiempo no existe en esta calle. Nosotros deambulamos a diario por ella. Si quieres, lo cuentas, aunque difícilmente van a creerte…”

952. Bromas del tiempo

Estaba en el aeropuerto, esperando que el avioncito de TACA alzara vuelo. Era, por supuesto, el viejo aeropuerto de Ilopango, con todas sus condiciones artesanales. Eso lo sabía ahora, pero era como si lo hubiera sabido entonces. El vuelo se inició. La aeromoza le parecía conocida. La observó varias veces y al final se dijo: “Es ella”. Y de inmediato reflexionó: “Lástima que no pueda recordarle nada, porque ella está en aquel tiempo y yo estoy en este”. Aquel tiempo. ¿Cuál? Este tiempo. ¿Cuál? Sonrió. “El calendario está loco, como siempre, y nosotros sólo somos sus inocentes observadores infantiles”. Pero al fin se animó, y cuando la aeromoza pasó de nuevo le preguntó en un susurro: “¿Me recuerdas?” Ella lo observó con detenimiento. También sonrió. “¿Fuiste amigo de mi madre, verdad?” Él volvió a pensar en el calendario, y prefirió quedarse dormido de repente...

953. NOCTURNO EN COMMACK

La comarca está en Long Island y es un vecindario de tranquilidad impecable, cuya respiración ambiental apenas se siente. Ellos se han trasladado a ese lugar para que el ejercicio trepidante de sus trabajos no les invada la privacidad doméstica. Él es ingeniero de caminos y ella es gestora de proyectos urbanos en una comunidad no muy distante. Este día se han puesto de acuerdo: volverán a la misma hora a su casa, se encerrarán en ella, dispondrán la cena con todas las provisiones de la exquisitez y luego se retirarán a su aposento para practicar el sexo mágico. Todos los pasos se van haciendo en orden y con los efectos esperados. En el instante del orgasmo simultáneo, se produce en el aire circundante una conmoción estelar que suelta luces por doquier. Ellos no se dan cuenta: han conectado sus energías más íntimas con las del infinito, y el efecto es sublime.

954. ARRESTO DOMICILIARIO

El Juicio Final estaba en fase definitoria. Afortunadamente, el manejo de los datos en línea había alcanzado proporciones siderales, porque de lo contrario no hubiera habido manera de procesar en papel la infinidad de expedientes necesarios. Y, según las reglas del procedimiento establecido por las fuerzas superiores, a cada quien en persona había que leerle su sentencia. Así le llegó el turno a aquel ilusionista circense que había derivado en gestor de estafas virtuales. Las pruebas no eran contundentes, y además el susodicho tenía buen récord en su vida familiar. El tribunal especializado había visto el caso con cierta condescendencia. El fallo: arresto domiciliario; de duración sin fin, por supuesto. Él sonrió, ilusionado; al fin de cuentas, era ilusionista, y podía recuperar la práctica de su arte. Estaría en su casa y a la vez fuera de ella. Nadie se daría cuenta.

955. INVITACIÓN SIN ALTERNATIVA

La bandada de palomas ondeaba sobre los ramajes, como si anduviera buscando el lugar propicio para aterrizar. El monje observaba el movimiento desde su ventana, que era una de las del primer piso del moderno monasterio. Como un curioso efecto de atracción, la bandada de pronto se acercó a la ventana, y las aves se fueron posando muy cerca, donde pudieron. El monje, que tenía los brazos cruzados contra el pecho, los fue abriendo poco a poco, y como no había vidrio separador, las palomas se aproximaron lentamente y al final quedaron detenidas en fila sobre sus brazos extendidos. Él sintió que aquello era mucho más que un acontecimiento casual: había de seguro mensaje divino en lo que estaba sucediendo. Preguntó en un murmullo: “¿Qué quieren de mí?” Las aves movieron las alas sin separarse. Él dijo entonces: “Vamos”. Y todos, él incluido, alzaron vuelo.

956. ANTICIPO FELIZ

Íbamos aún a medio camino, pero la lejanía asomaba ahí nomás, con una nitidez casi alucinante. Detuvimos el paso a fin de observar con detalle lo que nos rodeaba, y, sobre todo, lo que teníamos enfrente. Alguien dijo: “El horizonte viene a abrazarnos, ¿se dan cuenta?” Sí, era un encuentro de familia.

957. ALEGORÍA TECNOLÓGICA

“Aquí yace el último cruzado”. Lápida musgosa y casi ilegible. Alguien quiso explicar: “Bueno, es que los cruzados de hoy son todos virtuales”

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