Ana Dilia

Su muerte no habrá sido superada, pero habrá sido camuflada a fin de seguir viviendo con el alma más o menos tranquila en un país en el que se mata.
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La víctima tenía nueve años. Era integrante de una familia con ocho hijos. No era ni la mayor ni la más pequeña. Era la séptima. Vivía en la pobreza que casi uniforma las zonas rurales. Sus asesinos movieron su cadáver y lo dejaron cerca de la casa de uno de sus familiares. Hace falta mucha insensibilidad como para que un crimen así pase por un país sin que provoque alguna reacción significativa. Hace rato que a este país no lo une ni la indignación ante los crueles agravios a la niñez.

La vida de esta niña valió lo que puede valer una venganza. Al menos a eso apuntan las primeras líneas de investigación de las autoridades, que tampoco tienen muchos recursos para poner a disposición de la familia. Sesori es un municipio que se mantuvo por algún tiempo ausente en las estadísticas de homicidios. Al puesto de Policía que le corresponde no le han asignado más de 10 agentes. Esto pese a que se encuentra a poca distancia del centro penitenciario de Ciudad Barrios. Lo que puede hacer en este lugar el Estado para dar con los asesinos es muy poco. Puede detener a algunos de los ya fichados problemáticos y colocarles el cartel de sospechosos. Y puede buscar testigos para sostener las acusaciones, porque las pruebas científicas son una lejana utopía. Y ya, más nada.

Cuando todo esto venga a suceder, a la niña ya nadie la estará llorando. Su muerte no habrá sido superada, pero habrá sido camuflada a fin de seguir viviendo con el alma más o menos tranquila en un país en el que se mata y se mata y se mata sin que haya medidas serias para evitar tanta muerte o, en todo caso, para llevar y vencer en juicio a tanto culpable de tanta muerte.

El periodista César Castro Fagoaga, autor del texto principal de esta edición, no sabía cómo describir el estado de la familia de la niña de nueve años asesinada con arma blanca. Podría ser una mezcla, un llanto a medio camino entre el dolor y una pesada e ineludible resignación. “Como un lamento hacia adentro”. Así duele un asesinato entre quienes saben que tienen demasiado reducidas las posibilidades de hallar justicia. A este país no le interesa ni siquiera conmoverse ante la muerte de esta niña de nueve años. Si no siente que la vida de esta niña importaba, tampoco va a buscar justicia por su asesinato. Y así con muchas más.

Exponencialmente contundente y sonora ha sido la respuesta que provocó el atentado terrorista a la sede del semanario Charlie Hebdo. Una reacción mundial en la que destaca la convicción de que, por muy subido de tono que sea el mensaje, a las ideas nunca se les debe combatir con balas.

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