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Antes de la universidad hay un camino minado

La Fundación Forever ofrece becas universitarias a jóvenes que estén cursando o hayan finalizado el bachillerato en comunidades empobrecidas o estigmatizadas por su alta presencia de pandillas. El requisito que se les pide es que completen un curso de formación de 11 actividades. Al realizarlo, pueden aspirar a estudiar la carrera que elijan a través de una beca. Parece un camino simple, sin embargo, los bachilleres primero deben enfrentarse a su propio contexto marcado por violencia y recursos económicos limitados para ser profesionales.
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Formación.  El proceso que Forever ha diseñado está constituido por 11 actividades, entre ellas capacitaciones de computación e inglés.

Formación. El proceso que Forever ha diseñado está constituido por 11 actividades, entre ellas capacitaciones de computación e inglés.

Retribución.  Los beneficiarios de Forever deben aportar a su comunidad dando refuerzo escolar a los niños más pequeños.

Retribución. Los beneficiarios de Forever deben aportar a su comunidad dando refuerzo escolar a los niños más pequeños.

Historia.  La fundación surgió hace 12 años con el nombre de Fútbol Forever. Ahora brinda clases integrales e incluso transporte escolar para algunos beneficiarios.

Historia. La fundación surgió hace 12 años con el nombre de Fútbol Forever. Ahora brinda clases integrales e incluso transporte escolar para algunos beneficiarios.

Antes de la universidad hay un camino minado

Antes de la universidad hay un camino minado

Antes de la universidad hay un camino minado

Antes de la universidad hay un camino minado

Antes de la universidad hay un camino minado

Antes de la universidad hay un camino minado

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U n niño regordete con pantalones cortos y camiseta amarilla repite que sí, que seis veces siete es igual a 40. Le cuesta aceptar un no como respuesta, especialmente en esta, la tabla de multiplicación más difícil de todas. Su contraparte, un joven en edad universitaria, calla y lo mira como quien dice “dejá de inventar”. Después de un silencio, el niño se aventura a preguntar como si se tratase de una adivinanza: ¿41? Silencio de nuevo. El joven –que cumple el rol de maestro– no logra seguir conteniendo la cara seria ante la negativa del niño y busca miradas cómplices en la sala para sonreír. Cuando está a punto de decirle al pequeño que mejor siga repasando la tabla del siete, el niño pregunta de nuevo: ¿42?

Retribución.  Los beneficiarios de Forever deben aportar a su comunidad dando refuerzo escolar a los niños más pequeños.

El que escucha las tablas de multiplicar por la tarde no es un maestro o un estudiante de educación, es un estudiante de Forever que busca ser profesional. Como parte de los requisitos para conseguir una beca universitaria, debe completar 50 horas de voluntariado como estas, más otras 10 actividades como pasantías profesionales, clases de deporte y lecciones de computación e inglés.

Forever trabaja dentro de comunidades empobrecidas y estigmatizadas por la violencia de pandillas. El año pasado lograron que alrededor de 300 de sus estudiantes a escala nacional ingresaran a la universidad. Al trabajar en comunidades con alta presencia de pandilleros, ninguno de sus beneficiarios ha tenido problemas, explican, excepto por Carolina Escobar, estudiante de la fundación que aspiraba a una beca y fue asesinada el 17 de agosto.

Durante los primeros siete meses del año, el Instituto de Medicina Legal ha reportado 151 homicidios en Soyapango. De esa cifra, 19 víctimas fueron mujeres. El cadáver de Carolina fue encontrado sobre la autopista Este-Oeste, camino donde se ha localizado más de una docena de cadáveres en lo que va de 2016.
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Un sábado por la mañana Carolina Escobar y otra estudiante de 22 años, Mariela Gallegos, empezaron a platicar en la Fundación Forever. “Era bien chistosa”, dice Mariela cuando recuerda aquel momento. Ese día hablaron de lo que querían estudiar cuando terminaran las 11 actividades del curso formativo y obtuvieran una beca en la universidad. Carolina dijo que quería ser administradora de empresas y jugaron a pasarse una pelota de fútbol entre las mesas.

El creador del programa es un argentino que desde hace 12 años inició su trabajo con la fundación en El Salvador, Alejandro Gutman. Cuando habla no puede evitar mencionar la palabra “integración” por cada par de frases.

Desde el hotel donde se hospeda cuando viaja al país, explica que uno de los principales problemas de El Salvador es que los que tienen recursos económicos nunca han visto a los ojos a quienes viven con lo mínimo. Y la problemática, según Gutman, se refuerza cuando las personas que están en condiciones de pobreza no saben dónde buscar oportunidades. “Aquel que está inmovilizado obviamente no puede salir, no puede entretenerse y se reduce a sus cuatro cuadras”, sostiene.

El Ministerio de Educación no ignora que hay un sector de la población excluido al no poder acceder a la universidad. En julio del presente año, el ministro de Educación, Carlos Canjura, explicó que de los cerca de 88,000 bachilleres que se gradúan por año, solo 10,000 ingresan a la Universidad de El Salvador, mientras otros 30,000 estudiantes logran ingresar a universidades privadas.

Esos datos lo llevaron a reconocer que la gran mayoría de jóvenes no logra acceder a estudios superiores: “No logramos incorporar por lo menos al 50 % de la población que sale de bachillerato”, admitió Canjura hace un par de meses.

Por eso, Óscar Picardo Joao, director del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia, cree que la Fundación Forever sirve como un puente entre jóvenes de esa población desatendida y la universidad. La población estudiantil de las universidades es un espejo de la desigualdad en el país. El experto en temas educativos explica que “la tasa de educación terciaria que tenemos ronda el 27 % y la mayoría son jóvenes que provienen de clase media y media alta”.

Picardo Joao considera que los jóvenes que provienen de comunidades empobrecidas tienen limitadas oportunidades para acceder a estudios superiores. “Me atrevería a decir que es un porcentaje mínimo. No creo que sobrepasen el 2 % de la población universitaria”, sostiene.

Para tratar de revertir esa situación, Forever ha creado un curso formativo. Las clases que reciben sus beneficiarios están diseñadas para que los jóvenes entiendan las dinámicas del trabajo en empresas, aprendan nuevas herramientas y se convenzan a ellos mismos de que iniciar y terminar la universidad es necesario y beneficioso.

En la práctica, dicen los ejecutores, sirve para que los becados vean que existe otro mundo al que les está permitido entrar. “Si los chicos de Forever que hoy están terminando la universidad hubieran entrado sin todas estas cosas, hubieran entrado y salido como en una puerta giratoria porque no estaban preparados”, asegura Gutman.

Mariela aún no sabe qué quiere ser, pero se prepara para tomar una decisión pronto. Dice que entre sus carreras favoritas están psicología e ingeniería en sistemas. Ella ya ha superado el nivel de educación promedio de los salvadoreños. En el país, éste no alcanza los siete años cursados. Así lo indicó el Informe de Desarrollo Humano del 2013 del Programa de las Naciones Unidas (PNUD).

De todos los departamentos del país, los habitantes de San Salvador son quienes tienen más años de escuela en promedio, es decir, cerca de los nueve años de estudios. La precaria escolaridad “deja a la mayoría de la población en los niveles más bajos de salario por estudios finalizados”, señaló dicho informe.

La madre de Mariela hace oficios domésticos en casas ajenas para pagar la comida y gastos de la casa. La joven, hasta hace unos meses, trabajaba en una fábrica donde le pagaban menos de $1 por la hora de trabajo. Desde que terminó sus estudios en el instituto, pasó años levantándose a las 4 de la mañana para preparar el almuerzo que tenía que llevar a la fábrica. Ahí, parada durante todo el día, pegaba calcomanías de marca a algunos productos de belleza. En un buen día ganaba $8. A veces, y sin entender muy bien por qué, ganaba solo $7.

Cuando se graduó de bachillerato no sabía que pasaría más de tres años dependiendo de una fábrica que no ofrece salario base ni prestaciones. “Y a veces no íbamos, tal vez trabajaba dos semanas al mes”, cuenta Mariela con soltura desde la segunda planta de la casa de Forever.

La fundación tiene su base en Soyapango, en la colonia Santa Eduviges, cuyos alrededores están visiblemente marcados con grafitos alusivos a pandillas. En 2015, en Soyapango se registraron 226 homicidios. El municipio cerró ese año con una tasa superior a los 75 homicidios por cada 100,000 personas, una que, sin embargo, fue inferior al promedio nacional, colocado en 100. Alejandro Gutman entiende el poder que las pandillas ejercen en la población y en el control de territorios.

“Nosotros tenemos que pedir permiso. En todos lados. Esa es la realidad del país. Las reglas no las hice yo, pero siempre nos han permitido trabajar en paz”, cuenta Alejandro Gutman para explicar cómo se sostiene un proyecto en el que se juntan jóvenes de diferentes zonas.

Luego, admite otras precauciones cuando se realizan actividades especiales: “A los chicos nosotros los llevamos y los traemos a las universidades. También hay chicos que vienen juntos en buses. Eso es lo más recomendable. Eso es importante, que no viajen solos”, dice Gutman.

Cuando los estudiantes necesitan ir a una cancha cercana para realizar sus actividades deportivas, todos van juntos y el espacio de recreación queda para uso exclusivo de la fundación. En Soyapango, como en el resto del país, casi nadie quiere pronunciar la palabra “pandillero”. Si se habla de alguno de ellos se baja la voz y si se les quiere mencionar, “los muchachos” es el sustantivo usado. “Si hay algún muchacho en la cancha, cuando nosotros llegamos se va”, dice un estudiante.

Las autoridades de la fundación explican que cuando escucharon que Carolina había sido asesinada, nadie podía creerlo. “Era súper buena estudiante, era la líder de su grupo”, explica Sonia Miranda, la directora del proceso formativo. De la muerte de la estudiante se sabe poco. Era miércoles y ese día no recibía clases en Forever. Solo tenía actividades los martes, jueves y sábado.

Algunos medios de comunicación reportaron que la bajaron de un microbús mientras se transportaba sola. En la fundación nadie sabe explicar qué pasó. Su familia, contactada por este medio, se negó a dar declaraciones. Cuando a ella la mataron, en redes sociales ocurrió una práctica que ya es usual: sin conocer el caso, algunos usuarios dijeron que tenía relaciones con pandillas.

Gutman contradice esa versión. “Esta chica no andaba en nada raro. Sabemos puntualmente que no. Todo mundo coincide que era una chica maravillosa”, asegura. Otras personas de la fundación también coinciden.

“La madre me contaba entre lágrimas que la hija le decía ‘mamá, voy a estudiar y voy a montar una empresa para que usted se venga a trabajar conmigo’. Enormes sueños que se rompieron por nada”, cuenta el presidente de la fundación. Según los entrevistados, el error que le costó la vida a Carolina fue salir de casa y cruzar una frontera entre pandillas.

La versión que se manejó mediáticamente fue que la sacaron de un bus mientras transitaba por la colonia Las Margaritas, donde la Mara Salvatrucha opera. “La agarraron de un lado y se la llevaron solo por haber pasado un territorio. Es inexplicable esto. Tiene tan poco sustento esta realidad que está empobreciendo a un país, lo está dejando inmóvil”, dice con indignación Alejandro Gutman.

Recursos.  En Forever los estudiantes pueden realizar sus tareas.

Es un lunes por la tarde. En la primera planta de la casa de la fundación, niños pequeños reciben refuerzos escolares y en la segunda un par de jóvenes de alrededor de 18 años se ríen juntos. Otros están haciendo tareas en las computadoras antes de que empiece la clase de informática. Entre los que hacen tareas está Johny Acuña, un estudiante de psicología de 44 años.

Johny habla suave y despacio, como quien explica las cosas con calma. Cuando era joven no pudo estudiar en la universidad. En el país hay 24 universidades legalmente inscritas y de esas, solo la Universidad de El Salvador es pública. Debido a que Johny no cuenta con un título profesional, se ha dedicado a la venta informal para mantener a sus tres hijos.

Dos de ellos ya estudian en la universidad porque completaron el proceso formativo de Forever y son becarios, igual que él. El padre de familia es la excepción de la fundación. Alguien que pidió y pidió que le dejaran ser parte de los beneficiarios aunque no fuera precisamente el perfil de estudiante que buscaban. Johny dice que ahora espera poder salir de “la pobreza intelectual”.

Jairo es el hijo mayor de Johny y estudia Administración de Empresas. Junto a su hermano menor, que recién empieza la universidad, dice con una amplia sonrisa que “esta es la oportunidad de nuestras vidas”. Al escucharlo sus familiares asienten.

Actualmente Sonia Miranda, la directora del proceso formativo, dice que conoce a tres graduados universitarios por la fundación: una maestra, un técnico en sistemas y una técnico en mercadeo. Aunque este proyecto consiga las becas para pagar las colegiaturas de los estudiantes comprometidos académicamente, eso no significa que el camino hacia la profesionalización esté resuelto.

Algunos cuando ya han conseguido la beca en la universidad se ven obligados a dejarla. La fundación sostiene que el índice de deserción de sus beneficiarios es del 8 %. “Nosotros no tenemos los fondos necesarios como para decirle ‘tome, aquí está el dinero de su pasaje’. Esa parte no la logramos cubrir, sino que solamente gestionamos con universidades con mensualidades y matrícula”, dice Sonia.

Forever tiene convenios con una decena de centros educativos que ofrecen cursos técnicos o licenciaturas a sus estudiantes. Entre ellas, la Escuela de Comunicación Mónica Herrera, donde los estudios de una licenciatura pueden ascender a los $30,000.

La fundación paga la mayor parte de los gastos universitarios pero, para comunidades empobrecidas, la sola búsqueda del dinero del pasaje para el bus es un reto. Por eso, la directora del proceso formativo señala el apoyo familiar como un filtro que no pueden controlar: “Hay jóvenes que dicen: ‘yo quiero estudiar’ y su papá dice que no”.

Cuando a Gutman se le pregunta cómo se garantiza que la educación de un solo individuo impacte en la comunidad, es optimista al explicar que –con trabajo y suerte– los estudiantes de Forever tendrán un mayor nivel de conciencia con la comunidad. Solo así se garantiza que pondrán a disposición de su entorno lo aprendido.

Luego opina sobre lo que sería uno de los peores resultados del proyecto: que los estudiantes al final no logren posicionarse profesionalmente. Pero se apresura a dar un dato que lo deja tranquilo: “Si ninguno consiguiera trabajo ya con eso estaría mejor de lo que están hoy y con más posibilidades de arreglarse en la vida”.

Hasta ahora la única solución que Mariela –la joven de 22 años que solía trabajar en una fábrica– ha encontrado para prever los gastos que tendrá cuando vaya a la universidad es volver a la fábrica cuando la llamen.

Ahora tiene dinero para pagar su pasaje de los buses precisamente gracias a esos días anteriores trabajando de pie. “He estado trabajando y tengo la costumbre que siempre trato de ahorrar”, admite con orgullo. Sus ahorros consisten en una módica cantidad de dinero que le permite ir y venir en transporte público sin tener que pedirle dinero a su madre de la lavada y planchada del día. La historia de Mariela es similar a la de otros jóvenes: para poder transitar por la universidad, deberán buscar trabajos. Aunque tengan becas.

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Un niño pequeño y de ojos claros persigue a otro parecido a él sobre una bicicleta. Los dos se ríen y alcanzan gran velocidad hasta que quedan atascados en una esquina inundada de la cancha de cemento sobre la que juegan. Hace poco llovió y la basura de la calle tapó los tragantes formando un charco profundo. El primero logra salir y el niño de ojos claros pedalea entre el agua turbia tratando de contener el equilibrio. Los vecinos se ríen y el niño se avergüenza un poco. Vuelve a ver a su alrededor y sonríe. Los ojos le brillan y sus cachetes resaltan. A unos metros, detrás de un árbol, un pandillero vigila.

Pintadas.  La fundación ha cubierto las paredes de algunas colonias de Soyapango con mensajes de superación y sus objetivos.

Esto pasa a pocos metros de la oficina actual de la Fundación Forever, donde se encuentra un edificio que han denominado Casa de la Integración. Dentro planean dar atención psicológica y médica a la comunidad y realizar todas las actividades que se hacen en la pequeña casa en la que funcionan ahora.

Hasta hace unos meses, este espacio era una zona verde. Eva Jiménez, la directora general de la entidad, explica que el terreno les fue brindado en comodato, un préstamo de la alcaldía. En las paredes cercanas a la Casa de la Integración, solía haber grafitos de pandillas. Por ahora, esos dibujos están cubiertos con pintura blanca y reflexiones pintadas por integrantes de Forever. “La transformación es poco probable pero creo que ocurrirá porque confío en los salvadoreños”, dice una de estas.

Mientras la directora general de la fundación, Eva, da un recorrido por las nuevas oficinas, una de las aspirantes a beca universitaria la llama. Para eso le grita desde lejos “mami” y ella atiende con normalidad. “Más que todo los que vienen aquí son de familias que se han separado y que solos no pueden decir ‘voy a ir al bachillerato’”, explicaba antes Mariela.

Hoy Eva confirma esa versión. Mientras más tiempo se pasa en la fundación, la premisa de llamarla “mami” se repite. Eva trabajó ad honorem durante siete años. Llegó porque le gustaba el deporte y en sus primeros años Forever se enfocó en la utilización del fútbol como herramienta de transformación social. Alejandro Gutman explica que le tomó esos años descubrir que su enfoque no era el adecuado, que los jóvenes excluidos no podrían tener mejores oportunidades solo con los valores del deporte. Era necesario educarlos integralmente.

Si bien un joven logra salir de su comunidad atravesando territorios disputados por pandillas, recurre a Eva cuando su problema tiene que ver más con monedas que con amenazas. Terminado su horario laboral y más relajada, hace una confesión: “Ahí me va a ver a mi prestando dinero para darles uno o $2 para el pasaje y para que coman algo”. Así explica por qué se volvió una figura maternal para algunos jóvenes de Soyapango.

Alejandro Gutman ha explicado que este año la fundación necesita medio millón de dólares para que 800 jóvenes de todo el país logren realizar sus estudios en 2017. Cuando se le pregunta cómo se financia la fundación, él comienza a dar una larga lista de empresas privadas. Tan larga como para pensar que no tienen problemas financieros para pagar las matrículas y mensualidades universitarias de los actuales y futuros becarios. Pero luego explica que solo le quedan tres meses para conseguir todo el dinero para que el proyecto se mantenga en pie. “Estoy muy entusiasmado, (pero) hoy día si me preguntan concretamente cuánto dinero tenemos, es el 10 % de lo que necesitamos”, admite.

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Para pocas comunidades de El Salvador el peso del nombre de su colonia es tan grande como para los habitantes de La Campanera. Es un reparto que por años se ha considerado bastión del Barrio 18. Ahí ejerció su poder por años el líder de la pandilla conocido como “el Viejo Lin”. Ahí también viven cerca de 10,000 personas: comerciantes, obreros, empleados y estudiantes.

Cuando a finales del año pasado el presidente de Forever hizo un análisis sobre su trabajo, no dudó en señalar una problemática cada vez más evidente: “Hace 12 años el Centro Escolar La Campanera contaba con 686 alumnos y hoy tiene 160. ¿De quién será la culpa? De todos, no hay ninguno que se salve”, dijo en aquella ocasión.

Hoy, en una carrera contra la deserción escolar, la maestra Esperanza Aguirre espera a un grupo de estudiantes a las 6 de la tarde en la entrada de La Campanera. La escuela del reparto no tiene bachillerato y ella es el nexo de los estudiantes que provienen de La Campanera con la Fundación Forever. Para garantizar que al menos una veintena de los jóvenes de la colonia sigan estudiando al graduarse de noveno y salgan y regresen seguros han ideado un mecanismo.

Todos los días por la mañana, Esperanza se encarga de sacar de sus casas, uno por uno, a los estudiantes. En la entrada de la colonia se reúnen y esperan un microbús que los transporta hacia el centro escolar de la colonia Santa Eduviges, donde sí hay bachillerato. Por la tarde, el mismo transporte los recoge y los llega a dejar a la entrada de la colonia donde Esperanza los espera y acompaña de regreso a sus casas.

Punto de encuentro.  Estudiantes de La Campanera se reúnen para emprender el camino hacia casa. En esta comunidad no hay escuela con bachillerato.

El recorrido es corto y está lleno de pláticas adolescentes. Unos escuchan música en su celular y otros se ríen de lo que les pasó en el día. “Estos son jóvenes que van para diferente vida”, dice con ilusión Esperanza, quien no recibe salario por asegurarse día con día de que estos jóvenes vayan a estudiar.

Al final de 2014, según las estadísticas del Ministerio de Educación, de los 47 estudiantes de primer año de bachillerato del turno diurno del Complejo Educativo Santa Eduviges, solo cinco reprobaron el grado. En 2015, de todos los inscritos al mismo año académico (98), el 7.14 % se anotaba para repetir el curso (7).

El año pasado a los estudiantes de La Campanera no les fue tan bien en su primer año de educación secundaria en esa institución. De 20 jóvenes que iniciaron el proceso formativo de Forever, 14 se mantuvieron en él y solo dos aprobaron el grado en la escuela.

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De vuelta en la colonia Santa Eduviges, Jairo, el estudiante que hace un par de años logró terminar su bachillerato e inspirar a su familia, hace una petición a la gente que vive fuera de Soyapango: “Que entiendan que en estas colonias no solo vive gente mala”. Después, él y su hermano se aseguran de dejar algo claro: “Aquí hay gente con sueños”.

Ellos no lo mencionan explícitamente, pero sus sueños son similares a los que tenía Carolina Escobar antes de morir. O al menos eso parece por lo que cuentan quienes la conocieron. Después de su muerte, los seis compañeros que entraron junto a ella al proceso de formación de Forever, desistieron de buscar una beca universitaria. “Y es que es bien difícil aspirar a algo que no conocemos”, concluye Jairo

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