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Aquellos ojos verdes

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La nave aérea descendió suavemente hasta tocar la pista como si fuera una balletista consumada. Pero aquella sensación de seguro era más psíquica que física, porque él estaba cumpliendo en aquel instante su máxima ilusión: volver a la tierra firme de su nostalgia más entrañable. El vuelo había sido turbulento en el aire como lo fue su vida en el país de destino, y no porque las condiciones personales o laborales lo fueran, pese a ser por bastante tiempo inmigrante indocumentado, sino porque él nunca terminó de estar a gusto con las nuevas realidades y con las costumbres diferentes. Ni siquiera había logrado consumar una relación estable.

Ahora se hallaba de vuelta, en su primer retorno posible, pues luego de prolongados esfuerzos de legalización ya tenía residencia reconocida. Buscó alguna cara conocida entre la multitud que llegaba a recibir familiares o allegados. Nadie. Y en realidad no podía esperar que hubiera nadie, porque no avisó que regresaba. Los vínculos con su gente se habían ido diluyendo con el paso de los años, y la única que se comunicaba con él por Facebook era ella: Lucía, que tenía dos o tres años cuando él emigró y que era la hija menor de un primo hermano con quien él tuvo siempre un gran compañerismo.

Empujando el carrito con sus maletas, iba ya a tomar taxi cuando una voz a su espalda le hizo detenerse de repente:

— ¡Tío, soy yo, vengo por ti!

Como él no volvía el rostro, ella lo alcanzó y se le puso enfrente.

— ¡Soy yo! ¿No me reconocés?

— ¿Lucía?

Ella se le acercó más y le dio un beso en la mejilla.

— Sí, Lucía, pero me podés decir Lucy. Te he mandado un montón de fotos por Facebook…

— ¿Y cómo supiste que iba a venir hoy, en este vuelo?

— Lo soñé –dijo ella, riéndose como si fuera una travesura–. Ya vengo, voy a traer el carro.

Ya en ruta hacia San Salvador, él no desataba palabra, mientras ella era un torrente de explicaciones sobre su propia vida, que apenas comenzaba. La familia seguía viviendo en Chalchuapa, donde estaba la tienda que se había convertido en súper, y ella acababa de entrar a estudiar diseño en una universidad capitalina.

Él iba observando embelesado la ondulante vegetación revivida por el invierno.

—¿Tenés dónde quedarte? Porque si no, te podés quedar conmigo. Es un lugar chiquito, pero cabemos.

Su respuesta no parecía tener nada que ver con la pregunta y la invitación que iba envuelta en ella:

— Quiero reencontrarme con todo lo que pueda. ¿Me podés ayudar?

Ella aceleró, carretera arriba, ya casi frente al cerro de San Jacinto. Ahí nomás estaba San Marcos y al otro lado Los Planes de Renderos.

— Allá vivo yo, mirá. En Los Planes, en una vieja casa que los dueños, ya ancianitos, convirtieron en piezas para alquilar. ¿Te animás? Y otra cosa: si no querés que la familia sepa que estás aquí yo no digo nada. Va a ser nuestro primer secreto.

Esa última frase le ronroneó a él en el interior como un borbollón desconocido.

Unos días después, él, solo en el sitio, porque Lucy andaba estudiando, se quedó pensativo ante el paisaje. Creía reconocer cada detalle, pero de seguro eso era pura imaginación. Lo único que reconocía de veras era el reflejo verdinoso de los ojos de Lucy, tan parecidos a los de su madre chalateca, que se había ido de este mundo cuando él era niño.

Estaba por concluir su tiempo de estancia en el país. Había que volver al lugar de destino. Aquella noche le preguntó a Lucy:

— ¿Te querés ir conmigo a los Estados? Acabás tu ciclo, tramitamos tu visa de estudiante y ya.

Ella lo miró a los ojos. Suficiente respuesta. Y él cerró el pacto:

— Ese va a ser nuestro segundo secreto.

JUEGO DE IMÁGENES

El topacio amarillo lo había adquirido en la tienda Kohinoor, ubicada en la zona comercial del Hotel Leela Palace. Empezaba a caer la tarde y luego de la compra salió a recorrer calles para interiorizar el ambiente, que era tan distinto al de sus estancias y recorridos habituales. Pasado un buen rato de ambulación sin rumbo se hallaba ya en su habitación del pequeño hotel en el que tenía alojamiento y entonces sintió el impulso de recostarse un momento en la cama de colchón delgado, que le recordaba el catre de su infancia.

Lo hizo, sin desvestirse. Cerró los ojos y pasados unos pocos minutos volvió a abrirlos. El cuarto era el mismo, pero con una iluminación un tanto más intensa, como si la luz solar quisiera reencontrarse consigo misma.

Una puerta interior fue entreabriéndose y apareció la figura de una mujer joven, que a todas luces era la suya.

— Te has dormido un buen rato. Te va a costar dormir después.

— ¿Y aquí qué es: de día o de noche?

— Hombre, de día. ¿No ves el sol que entra por todos lados?

— Ah, bueno, pero te tengo una sorpresa…

— ¿Y eso? ¿De cuándo acá?

— Ya va a ser nuestro aniversario y en una tienda del Hotel Leela Palace encontré un topacio que puede servir para un collar muy original. Una piedra de la India… ¿La querés ver?

— ¿Pero a vos qué te pasa? ¿Estás delirando? Despertá de una vez.

Y lo sacudió por el hombro. Él entrecerró los ojos y volvió a abrirlos. Estaba en la misma habitación, pero solo. Ahí en la mano tenía el topacio. Una imitación, por supuesto. ¿Y el original?

De seguro lo tenía ella porque él se lo había dado. Entonces, ¿cuál era el sueño y cuál la realidad? ¿O ambos eran lo mismo? Y él, ¿había vuelto entonces a Bengaluru? ¿O San Salvador y Bengaluru eran uno solo? Quiso hacer una prueba. Salió de la habitación al entorno. Caminó por una calle transitada, que no logró identificar. Ahí, enfrente, se alzaba una capilla. Entró, en busca de imágenes explicativas. Adentro, la penumbra y en ella figuras no identificables. Una fuerza superior lo empujó de nuevo hacia su habitación. Ahí estaba ella, su mujer, que le sonreía agradecida:

— Gracias, mi amor. ¡Qué joya más hermosa! Me voy a hacer un collar. ¿Te parece?

— Sí, por supuesto, siempre que no te vayás a desvanecer en el aire en ningún momento. ¿Me lo prometés?

— ¡Claro! Pero ahora vamos a caminar por Bengaluru…

GPS

Desde niño sus familiares más cercanos le decían a cada rato: “Si seguís siendo tan despistado, vas a tener problemas en la vida”. Y es que él nunca parecía atinar con lo que le tocaba hacer en el momento preciso, como si desde antes del nacimiento anduviera a la deriva.

Así las cosas, tuvo el repentino impulso de penetrar sigilosamente en el terreno de las tecnologías avanzadas, donde cualquier despiste parecía de inmediato una solución imaginativa.

Se apasionó tanto que fue dejando a un lado todo lo demás; pero como la tecnología es la magia de moda, en su familia aquello lo vieron como un signo de grandes éxitos futuros.

Pasaba el tiempo, y él parecía haber agotado el interés por las máquinas y estaba ya ubicándose dentro de ese grupo creciente de los “ninis”, es decir, de los que ni estudian ni trabajan. Entonces los familiares más cercanos volvieron a sus viejas advertencias: “Si no te ubicás en algo, no vas a pasar nunca de zope a querque”.

Y entonces él bajaba la cabeza para fingir aceptación del mensaje. Hasta aquel día en que reunió a sus padres y hermanos para hacerles saber su destino inmediato: “Me voy a la India, a vivir en un monasterio. Voy a ser monje. Unos amigos con los que he estado en comunicación espiritual me van a costear el viaje. Siento que en la conciencia tengo instalado un dispositivo orientador que no me va a fallar nunca. Es el GPS de la luz interior. ¿Están de acuerdo?”

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