Así es la vida en Azacualpa

Las montañas al sur de Panchimalco cobijan un pequeño asentamiento de 459 casas de bahareque. Un cantón desperdigado que pocos conocían hasta que sus hombres, mujeres, niños y familias enteras comenzaron a morir por una tempestuosa ola de violencia. Azacualpa está escondido entre nubes, pero sus habitantes luchan por ser encontrados.
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Las montañas del cantón Azacualpa y sus vastos alrededores sirven de guarida para algunos miembros de dos pandillas de El Salvador.

Las montañas del cantón Azacualpa y sus vastos alrededores sirven de guarida para algunos miembros de dos pandillas de El Salvador.

Así es la vida en Azacualpa

Así es la vida en Azacualpa

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<p><br /></p><p>Azacualpa parece un cantón ideado por fugitivos. Hombres y mujeres que deseaban ocultarse y jamás ser encontrados. Personas que buscaban escondites entre estas laderas fragosas al sur de Panchimalco, en estos caminos que no parecen conducir a ningún lado, en un cantón con una entrada como la tiene este: el espinazo de una montaña flanqueado por acantilados. Un lugar que no atrae a muchas familias y en donde lo único envidiable es su vista al mar. Así que este martes en la mañana en que las nubes deciden cubrir casi todo, Azacualpa se queda con poco que exhibir. En su calle principal no hay más que una parvada de 13 chumpes que caminan torpes entre los picotazos que dan al suelo.</p><p>—Los chumpipes son para venderlos en Navidad –sentencia Esmeralda con voz de verdugo.</p><p>Esmeralda, una mujer enjuta y achinada, está de pie en la entrada de una guardería infantil en el centro de Azacualpa. Con ella hablo del lastre que este rincón olvidado parece llevar a cuestas: un cantón violento en uno de los municipios más peligrosos de todo el país de acuerdo con estadísticas de 2011. Azacualpa se menciona como uno de esos cerros sitiados por pandilleros y como escenario de múltiples asesinatos. La última vez que el cantón apareció en noticieros y periódicos fue hace exactamente un mes, cuando una familia fue masacrada a mitad de la noche. Una pareja de esposos junto a su hijo Adilton de seis años, quien asistía a la guardería –léase Centro de Bienestar Infantil (CBI)– donde Esmeralda está a punto de entrar.</p><p> —Fue duro saber de la muerte de un niño de seis años, eso nunca había pasado en los 14 años que lleva el centro infantil –dice Esmeralda, taciturna.</p><p> —¿Y cómo se ha mantenido el centro en todos estos años que llevan?</p><p> —Pues se mantiene con dinero del Gobierno: nos dan $0.74 al día para la comida de cada uno de los niños que tenemos... bueno, pero sería mejor que usted entre a ver. <br /></p><p>*** <br /></p><p>Los niños de Azacualpa tienen consulta médica hoy en la mañana. Un promotor de salud de piel cetrina está sentado en una sillita del centro infantil. El hombre ordena las fichas de los niños que pasarán consulta con el doctor que viene de Panchimalco. Pero el médico todavía no aparece. El promotor ve el reloj que lleva en una muñeca. Sí, el doctor ya lleva más de una hora de retraso.</p><p>Los niños corren adentro del centro infantil. Un galerón de paredes húmedas pintadas de azul y blanco. En un inicio, este centro fue construido como la casa comunal del cantón, pero al poco tiempo se convirtió en la base del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y Adolescencia (ISNA) en Azacualpa. La desnutrición infantil tenía niveles escandalosos en estos abruptos cerros de Panchimalco, así que se ideó esta especie de guardería donde se les da de comer a los niños menores de siete años. Pequeños como Adilton Ortiz, quien estuvo asistiendo hasta unos meses antes de que lo asesinaran junto a sus padres. En Panchimalco, tres de cada 10 niños están desnutridos, según el Programa Mundial de Alimentos (PMA). Adilton fue por un tiempo parte de esta estadística.</p><p>Esmeralda se sienta en una sillita al lado de las mamás que esperan la consulta de sus hijos. Las mujeres están calladas en el corredor del centro infantil, se ven fastidiadas ante la que hasta ahora solo se ve como impuntualidad del doctor. Una de las madres intenta comenzar una plática con las demás.</p><p> —¡Anoche sí que retumbaba bien feo el mar! –dice la mujer que está de pie al lado de su hija.</p><p>Las demás mujeres solo asienten. Esmeralda también lo hace. Ella ha sido colaboradora en este centro infantil por más de 10 años y parece haber visto la misma escena en cientos de ocasiones. Las madres de Azacualpa que esperan atención para sus niños. Mujeres que hacen los oficios en sus viviendas de bahareque, o son empleadas domésticas en alguna colonia de San Salvador, o trabajan en una maquila, o tienen un reducido puesto de venta en el mercado.</p><p>Mujeres como Francisca Ortiz, la difunta mamá de Adilton, que procuró que nada le faltara a su hijo desde que regresó a Azacualpa en 2009. Francisca se había ido del cantón siendo una adolescente de 14 años para trabajar como empleada doméstica en la capital. Criaba a dos niños ajenos mientras ella misma terminaba de crecer. Y siendo empleada doméstica conoció a Miguel Guzmán, el guardia de seguridad privada de la colonia que se convirtió en su pareja, en el padre de Adilton, y en el hombre que la acompañaría en su regreso a Panchimalco.</p><p>Esmeralda se pone de pie y me guía por el austero centro infantil. Cuando estamos solos me cuenta que Francisca aparecía casi todas las mañanas por aquí, para dejar a su hijo y que le dieran la comida que no podía costear con sus ingresos familiares. “Francisca nunca venía con las manos vacías, siempre traía atol para el refrigerio del niño, yo le decía que no se preocupara, pero ella igual lo traía”, dice Esmeralda mientras camina por el interior del galerón oscuro.</p><p>El lunes 14 de mayo de 2012, en la mañana, Adilton se quedó jugando en el solar de su casa de bahareque, y Francisca salió de Azacualpa a bordo del microbús de las 6 de la mañana. Iba al Juzgado de Paz de Panchimalco, donde quería que oyeran su denuncia contra una vecina con la que se había peleado el día anterior. Los vecinos del cantón que iban en aquel microbús blanco dicen que Francisca iba pensativa. Callada y pensativa. Esmeralda asegura que ese lunes fue un día tan nublado como hoy.</p><p>Salgo del centro infantil junto a Esmeralda. Afuera, el promotor de salud sigue sentado en la sillita. Está cabizbajo revolviendo las últimas fichas de la consulta. Ya les dijo a las madres que mejor se fueran a sus casas porque el doctor no llegaría. Lo esperaron casi dos horas sin éxito. En este momento, una lluvia torrencial comienza a caer sobre Azacualpa. Algunas de las madres desisten de su idea de retirarse, se quedan junto a sus hijos en el centro infantil. </p><p>***<br /></p><p>Un microbús amarillo –con las luces traseras quebradas y un balazo en la chapa– avanza lento por la calle de Azacualpa. La lluvia ha cesado y acabo de salir del austero centro infantil liderado por Esmeralda y otras dos madres colaboradoras. El microbús amarillo pasa frente a tres casas evangélicas de oración y una vivienda con paredes de bloque que tiene un pequeño letrero donde han garabateado la palabra “peluquería”. Busco la escuela de Azacualpa.</p><p>Es el mediodía, algunos estudiantes ya salieron de clases y caminan por las veredas de Azacualpa y sus desperdigados caseríos. Encuentro el portón principal del centro escolar después de seguir a unos escuálidos alumnos. La desconocida escuela del cantón adquirió notoriedad a mediados de 2011, cuando 10 de sus profesores aseguraron haber recibido amenazas de muerte por parte de los pandilleros, y dejaron varado este centro escolar. Por aquellos días, solo el director de la escuela se quedó para continuar con las clases, mientras que algunos alumnos que cursaban el noveno grado se convirtieron en los maestros temporales de los niños más pequeños.</p><p>Unos días después del éxodo de los profesores, el Ministerio de Educación delegó a un nuevo equipo de maestros a Azacualpa, y las autoridades de seguridad iniciaron un operativo policial que convirtió una de las estrechas aulas de la escuela en un puesto de policía. Agentes que –en este mediodía– siguen siendo los inquilinos del centro, y que me señalan con el brazo extendido la dirección del salón donde se encuentra el director.</p><p>El profesor está en la sala de cómputo de la escuela. Una gran aula llena de computadoras negras y grises donadas por una ONG. El director está absorto frente a la pantalla de una de las máquinas. Es un hombre larguirucho, de voz suave y piel morena. Dice que está terminando de redactar las hojas de un proyecto para que se den clases de karate en la escuela.</p><p> —¡Es para que los cipotes aprendan algo distinto al fútbol! –explica el profesor llevándose las manos a la cabeza y haciendo un gesto que denota cansancio.</p><p>Después, el director asegura que todo en Azacualpa ha estado tranquilo. Al menos durante las semanas posteriores a la masacre en casa de Adilton. El niño comenzó a asistir a la parvularia en este centro escolar a principios del año. Sus compañeros apenas lo conocieron. Su madre lo traía de la mano desde el caserío Los Miranda, un puñado de casas de bahareque que están empotradas en un cerro frente a la escuela. Este caserío está ubicado a unos 30 minutos de distancia de la escuela. En ese plazo, Adilton y Francisca debían de caminar por una inclinada vereda y cruzar una quebrada.</p><p>El profesor me pide que lo acompañe a recorrer la escuela. Salimos del aula de cómputo a un pasillo repleto de niños. Unos días después, una promotora de salud de Azacualpa me dirá que si algo distingue a esta comunidad es eso: los niños. Los métodos de planificación familiar no han sido bien recibidos entre la gente del cantón. Aquí cada pareja todavía tiene un promedio de cinco niños. La mayoría de estas familias apenas subsiste de labrar las laderas chuecas de estos cerros cuando llega la temporada lluviosa. El resto del año, los hombres se emplean afuera del cantón como albañiles, eventuales cobradores de buses del transporte colectivo, o –si es que tienen suerte– consiguen un trabajo como guardias de alguna compañía de seguridad privada.</p><p>El director se pone unas gafas oscuras mientras caminamos por los cortos pasillos del centro escolar. Intenta saludar con un apretón de manos a los estudiantes que encuentra. El profesor habla sobre las dificultades que tiene la mayoría de estudiantes de Azacualpa para viajar hasta el cantón San Isidro, que es en donde deberían seguir con el bachillerato. Ir más allá de eso es aún más difícil. Solo dos jóvenes cursan actualmente la universidad. Llegamos a la parte trasera de la escuela donde el director me muestra orgulloso un artesanal horno de pan y una gran jaula para criar gallinas. Dice que comenzará con el proyecto en los próximos meses. “Así los cipotes tan siquiera aprenden un oficio antes que dejen de venir a estudiar”, dice el director sobre el futuro de sus alumnos. </p><p>***<br /></p><p>Esmeralda camina sola por una de las adoquinadas calles de Panchimalco. Han pasado dos días lluviosos desde que la encontré en el centro infantil de Azacualpa, y ahora, Esmeralda ha salido del cantón para recoger la comida de los niños que cuida. Esta calurosa mañana, el pueblo de Panchimalco parece haber amanecido tomado por decenas de policías. Agentes con pasamontañas que viajan sentados en las camas de las patrullas doble cabina, en viejas motocicletas o que van a pie.</p><p>Esmeralda camina hasta el punto de los microbuses amarillos que recorren los 14 kilómetros hasta el cantón. En ese punto, los proveedores del ISNA le darán las bolsas llenas de comida para los niños. Mientras caminamos por la calle, la colaboradora del centro infantil me cuenta que aunque los comerciantes tengan vehículo, todavía no se atreven a llegar hasta Azacualpa. Ella dice que hubo una época en la que nadie podía entrar al cantón sin ser asaltado, así que va a pasar algún tiempo antes de que los proveedores vuelvan a llegar.</p><p>Cuando llegamos al punto de microbuses, ya están esperando a Esmeralda. El proveedor –un hombre gordo, moreno y de cabello ondulado– tiene la lista de los alimentos para los niños de Azacualpa, y la comida está en la parte trasera de un viejo pick up. El hombre entrega una bolsa con papas, pollo, un racimo de guineos, una sandía, un cartón de huevos y otros alimentos. Las provisiones para los próximos 15 días en el centro infantil de Azacualpa.</p><p>El punto de microbuses luce calmado mientras Esmeralda mete en un saco la comida. Hace un mes, aquí fue donde se encontraron Francisca Ortiz y su esposo, Miguel, unas horas antes de que los asesinaran a ambos. Francisca ya había salido del Juzgado de Paz de Panchimalco, mientras que Miguel venía desvelado después de su turno nocturno como seguridad privada. La pareja abordó uno de los microbuses amarillos que salen de este lugar y se fue a Azacualpa. Los vecinos dicen que los vieron llegar al cantón aquel lunes 14 de mayo en horas del mediodía.</p><p>Miguel y Francisca caminaron por la vereda que comienza en la escuela hasta llegar a su casa de bahareque, donde se reencontraron con su hijo Adilton. Comieron y descansaron. En la tarde, toda la familia se fue a bañar a la quebrada Sunsapote, un hilo de agua a 50 metros de su casa. Después regresaron a su casa.</p><p>Esa noche llovió recio en Azacualpa. Los miembros de la familia Ortiz ya estaban dormidos cuando dos hombres entraron a la casa, bajaron a Francisca y a Miguel del colchón donde dormían, los acostaron boca abajo en el irregular piso de tierra y les dispararon. Después le dispararon en la cabeza a su pequeño hijo de seis años, quien estaba sentado al borde de la cama. Así se convirtió en el primer niño abatido a balazos en la historia del centro infantil que atiende Esmeralda.</p><p>La colaboradora del CBI termina de empacar la comida que llevará a los niños. El proveedor se despide de ella. Al punto de microbuses amarillos comienzan a llegar más mujeres como Esmeralda en busca de la comida que no hay en los lugares donde viven, son las encargadas de los distintos centros infantiles en los cantones más recónditos de Panchimalco. Las mujeres vienen de San Isidro, de Las Crucitas y de Los Troncones. El ISNA les paga $68 al mes a todas por cocinarles a los niños de sus comunidades. Muchos niños como Adilton. El dinero es tan poco que las mismas mujeres aseguran que aceptarían sin dudar cambiar este trabajo por una plaza en una maquila, aunque eso signifique alejarse de sus hijos y sus esposos. Esmeralda se despide de ellas. Es la hora de buscar el microbús que la lleve de regreso a Azacualpa. </p><p>***<br /></p><p>El camino se bifurca en la entrada de Azacualpa. A la izquierda continúa el trayecto conocido del cantón: el que conduce al centro infantil, a la escuela, a una amplia cancha de fútbol sin rastros de grama, y que –después de unos 14 kilómetros– termina en las playas de Cangrejera, La Libertad. Dejo a Esmeralda en el corazón de Azacualpa y tomo el camino de la derecha. El trayecto menos conocido y que lleva al lejano caserío Los Miranda, donde todavía está la casa del pequeño Adilton y su familia.</p><p>En esta mañana soleada no encuentro a nadie por el camino. A lo lejos se ven dos hombres con camisas de fútbol que labran la tierra. El vehículo avanza lento entre las tortuosas subidas y bajadas. Unos minutos después, el camino parece suspendido en el aire. A la derecha hay un profundo barranco en cuyo fondo se ven las turbias aguas del río El Muerto, el límite natural entre las montañas de Panchimalco y las montañas de Rosario de Mora.</p><p>El abrupto camino llega a su final. Bajo del vehículo y busco la dirección que unos vecinos me dieron de la casa donde vivían los Ortiz. A los pocos metros me encuentro con cuatro policías que caminan cansados por la vereda pedregosa. Los cuatro avanzan en silencio. Los vecinos de Azacualpa cuentan que los agentes patrullan con constancia el caserío Los Miranda, pero también aseguran que cuando ocurrió la masacre se veían menos policías. “Siempre dijimos que la tregua entre las pandillas no era una tregua perfecta” dijo David Munguía Payés, ministro de Justicia y Seguridad Pública, sobre la masacre de los Ortiz en Panchimalco, y en el contexto del anunciado cese el fuego entre pandilleros.</p><p>Los cuatro agentes siguen de largo por la vereda. Cruzo un cerco hasta llegar al terreno que era de Francisca Ortiz. Esta tierra era la herencia que le había dejado su abuela materna, quien se encargó de criarla ante el abandono de su padre y la muerte de su madre cuando era una niña. Así que cuando Francisca volvió a Azacualpa hace tres años resolvió partir este terreno en dos partes iguales y compartirlo con Vilma Ortiz, su única hermana.</p><p>La casa de Vilma es de bahareque y está antes de llegar a la antigua vivienda de Francisca. Paso de largo por su solar y camino por un sendero que se adentra en el campo. Un árbol cargado de anonas hace sombra al sendero. Antes de morir, Francisca cortaba anonas y nances, y se iba a venderlos al mercado Central de San Salvador. Pero ahora, algunas anonas han caído al suelo y se están pudriendo. La maleza ha crecido en el solar que Miguel chapodó para sembrar la milpa en estos meses de la temporada lluviosa.</p><p>La casa de bahareque resquebrajado donde vivía la familia Ortiz está a pocos pasos de distancia. Esta vivienda apareció en periódicos y noticieros el día de la masacre, pero ahora la veo más pequeña. Ínfima. Un carrito amarillo y un peluche sucio están tirados cerca de la entrada. La casa no tiene puerta ni instalaciones eléctricas. Adentro hay unas cajas llenas de ropa, recortes de corazones rojos que parecen manualidades de niño, unas colchonetas, y la bandera de El Salvador pegada en la pared. Todo es gris en este rincón abandonado de la intrincada Azacualpa. El lugar donde vivieron los Ortiz y su hijo de seis años, el lugar donde antes que la esperanza o cualquier otra oportunidad vino la muerte.

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