Autovaloración literaria, uno

Tuve la suerte de que mi madre, Adelina, había tenido una adolescencia privilegiada por lo cual conservaba en su memoria unos 50 poemas, casi todos de poesía romántica mexicana o colombiana. Con esos poemas enriqueció el hogar en los primeros años de vida.
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Algunas veces me pregunté ¿cómo fue posible llegar a ser un escritor conocido sin haber contado con las facilidades que se piensa deben obtenerse en la escuela o en talleres literarios? Fue mi madre, Adelina, con su intuición, quien me dio los aprendizajes de la primera infancia o educación temprana. Las muchas privaciones hacían inconcebible que hubiera un libro de literatura; excepto dos libros que cargaba ella en su vida de lectora: un diccionario incompleto y destartalado; y otro titulado “El médico en el hogar”; este sí muy conservado, pero se me tenía prohibido leerlo, por los desnudos y las enfermedades expuestas.

Tuve la suerte de que mi madre, Adelina, había tenido una adolescencia privilegiada por lo cual conservaba en su memoria unos 50 poemas, casi todos de poesía romántica mexicana o colombiana. Con esos poemas enriqueció el hogar en los primeros años de vida. También algunas novelas de la época, entre otros algunos argumentos novelísticos de Jorge Isaac, Víctor Hugo, lo menos prohibido de Vargas Vila. San Miguel fue diferente con nosotros gracias a ella.

Su memoria llegó a los 90 años, y también transmitió esos poemas a sus nietos, aunque menos completos; recuerdo nuestro disfrute al escucharla, algunos largos y de conceptualización difícil para un niño. Por ejemplo: “Reír llorando”, o la “Chacha Micaela”; o “Delirio”; “Para siempre callada, para siempre dormida”. Hipnotizaba a sus hijos. Gracias a la intuición de Adelina tuve esos aprendizajes de educación temprana o primera infancia, cuando no se había descubierto la riqueza valiosa que se adquiere desde cero a cinco o seis años.

A mis seis años y medio, antes del primer grado, aprendí a leer y las operaciones elementales de aritmética con mis amiguitos de la escuela parvularia, doña Ana Peralta nos dio la clave de la continuidad de los números “naturales” y unos cinco niños de mi edad, decidimos escribirlos para ver hasta dónde podíamos llegar. Recuerdo el cuaderno hecho en casa, rayado con una regla de madera que compré en una carpintería: escribimos hasta 100,000. Solo nos detuvo el temor de llegar al millón, o más, y hundirnos en un abismo infinito que no sabíamos qué era, solo que se trataba de algo inconmensurable y enigmático. Nos dio miedo seguir adelante, pero eso fue suficiente para el aprendizaje temprano o inicial. Por aparte descubrí las estrellas, me tiraba en la grama para contarlas según iban fulgurando en el cielo. Un gran aporte a la educación de primera infancia.

Las estrellas y la prueba de los cien mil me inclinaron a mi primer amor por una disciplina: la matemática. Y las estrellas me acercaron a la poesía. Me certifiqué en Educación como profesor de Matemática no obstante que desde la escuela secundaria había fundado con cinco compañeros el periódico Inquietud, del cual solo conservo un ejemplar, y que fundamos para publicar nuestros primeros poemas. Conservo un solo ejemplar gracias al obsequio de una buena amiga y compañera de aula en el Instituto Nacional de San Miguel. Ese ejemplar no contiene ningún poema mío, solo el editorial en sus cuatro páginas. Era el editorialista con influencia de Rousseau y Giovanni Papini.

Ingreso a Jurisprudencia y Ciencias Sociales, porque no había carrera de Matemáticas ni de Letras (las dos me atraían), y ese año gané dos premios de alcance nacional. Nadie conocía mi nombre, por lo que se pensó que se trataba de un seudónimo, porque en el término de dos meses gané otro primer premio de poesía. Y algo más que me dio un plus fue que en el primer certamen el segundo premio lo había ganado el mejor poeta de la época, Oswaldo Escobar Velado, a quien sin conocerlo allá en San Miguel era mi poeta favorito. Había leído un único libro: “Árbol de lucha y esperanza”. Ganar un primer premio donde Escobar Velado recibió el segundo, hizo pensar que el ganador con ese nombre quizás era el seudónimo de algún poeta reconocido del país.

Cuando conocí personalmente al poeta Escobar Velado, ambos nos emocionamos; yo por conocerlo, y él por conocer al joven que le había ganado. A partir de ahí surgió una relación de amistad de hermano mayor (él ya era un abogado y poeta reconocido). El vínculo se mantuvo hasta su temprana muerte (1961). No pude asistir a su sepelio por estar exiliado en Guatemala. Pero recuerdo que nos leía sus poemas a los jóvenes y nos preguntaba nuestro parecer, aunque como maestro de la poesía nos alucinaba con algunos poemas.

Cierta vez, en la cafetería más importante de San Salvador, Doreña, (donde estuvo meses antes el Club Internacional, ahora hay una tienda de electrodomésticos, frente a la cripta de Monseñor Romero) Oswaldo me leyó el original de “Patria exacta”, él, abogado y gran maestre de la poesía, con su humildad le pedía consejo a un estudiante de segundo año de Derecho; le recomendé cambiarle el último verso, pues terminaba con una diatriba no estética. El poeta atendió mi observación y otro día me mostró el cambio. Ese final dice: “Yo no la cambio aunque me cueste el alma” (se refiere a la patria, El Salvador). “Tenías razón”, me dijo, “por aconsejarme te regalo el original”.

Debido a mis éxodos de esas épocas, lo que importaba era conservar la vida. Perdí el original donado en Doreña (¿cómo no amar el Centro Histórico? ¿El libro y la literatura?) Sí, causa molestia la inopia frente a la lectura y la palabra literaria, fuente de pensamiento crítico, de convivencia social, sensibilizan para proponer y no violentar con las ideas mal planteadas que originan violencia y disociación.

Notas. –En este mes del amor he tenido dos experiencias ídem: mi visita al cantón de la Loma del Muerto, para trabajar escritura y lectura con niños y niñas de cuarto grado, y visitar una gran empresa salvadoreña (casi 9,000 trabajadores). Me invitaron a sendos clubes de lectura. Felicitaciones. Para estas iniciativas no debe haber dudas. Necesitamos desabrocharnos el cerebro para aprovechar la riqueza del libro y la lectura.

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  • literatura salvadoreña
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  • manlio argueta

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