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Barbarella

No había nadie. Nada. Ni un vehículo estacionado. Ni un perro callejero. Ni gatos ni murciélagos ni insectos.

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Jacinta Escudos

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Era de noche. Estaba perdida. A medida que caminaba por las calles de la ciudad, sabía que me adentraba en territorios peligrosos. Eran calles oscuras, con casas malhechas y torcidas, construidas con láminas de zinc y tablas, sin ninguna armonía arquitectónica. Parecía una calle de la película El gabinete del doctor Caligari.

Caminaba por esa calle oscura, buscando el final de la misma, donde se veía algo de luz. Quería encontrar un punto de referencia que me permitiera orientarme para regresar a un lugar seguro. El silencio era absoluto. Escuchaba mis propios pasos y el crujir de la gravilla en el suelo. Tenía algo de temor, pero fingí compostura. Tenía que salir de ahí y no podía detenerme. No ahí.


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