Benito

El ministro Lara, hay que ser justos, no es el culpable de lo que ahora vivimos. No de todo, al menos.
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Uno piensa en El Salvador, con todo lo que se ha escrito en las últimas semanas, con el estribillo de que es el país más violento del planeta (algo aún no confirmado), con el otro de que somos el país más violento del hemisferio (algo que sí es cierto), y sabe con certeza que nadie querrá estar en los zapatos de su responsable de seguridad.

Uno también piensa en los presidentes, como responsables máximos de lo que pasa en un país, pero estamos acostumbrados desde Flores, con excepción de Saca (que se aparecía hasta en los cumpleaños de barrio y luego se desentendía de lo importante), a que nadie se ha hecho cargo de los fracasos en seguridad que, consecuentemente, nos han llevado al trono donde ahora reinamos.

Entonces, de nuevo, piensa en los responsables de la seguridad. En los ministros de Seguridad, Gobernación, Interior, Justicia, o el nombre que hayan tenido según la empresa en el gobierno. Y después de 2015, uno, ineludiblemente, pensará en Benito Lara. El ministro de Seguridad del país más violento del hemisferio (y probablemente del mundo).

El ministro Lara, hay que ser justos, no es el culpable de lo que ahora vivimos. No de todo, al menos.

Hugo Barrera, en el gobierno Calderón Sol (el más beneficiado de nuestra corta memoria), no estuvo ni cerca de entender que aquellos jóvenes que se tiraban piedras, aparentemente inofensivos, que vivían en ese fragmentado, marginado y siempre desigual El Salvador de la posguerra, rodarían como bolas de nieve.

Bertrand Galindo, que apostó por el mano dura, el inicio del fin, una estrategia que consistía en encerrarlos a todos, con la esperanza de que el olor fétido del hacinamiento carcelario los hiciera ángeles e, ingenuamente (o quizás no), cambiara el caldo de cultivo del exterior.

René Figueroa, que además de esconder las cifras de homicidios que ya se desbordaban, profundizó el populismo del quinquenio anterior, y nuestras cárceles, que de rehabilitación no entienden ni la erre, se convirtieron en cuarteles para el crimen organizado. Con celulares incluidos, además.

Munguía Payés ideó la tregua, un pacto que permitió dos cosas: que los homicidios bajaran drásticamente, lo cual el gobierno no supo aprovechar; y que las pandillas negociaran con la muerte, algo que sí han sabido aprovechar.

Miles de tumbas a las espaldas.

Usted, ministro Lara, se fue a la guerra. Como varios de sus antecesores, con un plan lindísimo en el papel, pero con la urgencia frente a la grada, con las encuestas en contra (porque ahora hasta la UCA es de la oligarquía), con las morgues rebalsando y con la eterna promesa de que, esta vez sí, estamos trabajando en la prevención y en la fantasmagórica Policía Comunitaria.

Pero su problema, ministro Lara, es que actúa como si nada pasara. Peor aún, su consuelo es recordarnos cada vez que va a la tele que este día, este mes o este año, de tantos muertos, el X % eran pandilleros. Casi parafraseando a Peña Nieto y su “misión cumplida”.

Por supuesto que recibirá aplausos, de los borregos, de los ciudadanos honrados que atesoran la violencia como método para resolver la violencia, de los exministros que sienten aliviados al saberse superados, pero estoy convencido de que, en el fondo, usted sabe que ningún ministro de Seguridad puede andar por la vida diciendo semejantes sandeces ni ignorando que, quizás, el cargo le haya quedado grande.

En junio de 2014 usted juró como ministro y prometió, con su manita levantada, “el exacto cumplimiento de los deberes que el cargo le imponga”. Luego, siguiendo el protocolo, el presidente les dijo a usted y a sus colegas: “Si así lo hicierais, que la patria os premie; y si no, que ella os lo demande”. ¿No lo escucha, Benito?

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