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Bibliotecas humanas

Por ejemplo le digo a un niño de ocho años que hay más tiempo que vida. Él me responde: “Al contrario, hay más vida que tiempo, los árboles, las montañas, el mar, los ríos tienen vida y superan el tiempo”.
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Varias veces en Costa Rica me preguntaron algunos compatriotas visitantes si yo había leído todos los libros de mi biblioteca personal. Pregunta casi siempre con un dejo irónico, como diciendo, “si hubieras leído todos esos libros no estarías como estás o no serías lo que pensamos que eres”. Siempre respondí con serenidad: “Es posible que no los he leído todos, pero muchas de esas obras las he leído más de cinco veces”. El problema de muchos es suponer que quien tiene una biblioteca está obligado a leerlos todos y saberlo todo. También la vida nos enseña verdades ocultas no siempre evidenciadas desde un escritorio.

Mis libros personales (no me atrevo a llamarle biblioteca), dicen lo que debo saber de otros en el momento necesario. En mi primera infancia carecía de libros; a cambio aprendí de los que sabían de la vida. Un vendedor de la calle por ejemplo, puede darme a conocer tanto como un académico, cada quien conoce cosas que otros desconocemos. Alguien puede ser experto en conocimiento de la vida cotidiana, y otro en metodologías educativas. Esta verdad se liga al principio de tratar con dignidad a los demás, base para una sociedad pacífica proyectada al bien social. Aprender esto vale más que ganarse el premio mayor de la lotería. Aprender de todos es la biblioteca humana.

Por ejemplo le digo a un niño de ocho años que hay más tiempo que vida. Él me responde: “Al contrario, hay más vida que tiempo, los árboles, las montañas, el mar, los ríos tienen vida y superan el tiempo”. Un difícil problema de filosofía y no me atrevo a refutarlo, pero reflexiono sobre el uso de tales conceptos a temprana edad. Si se aprende hasta de las piedras, no digamos de quienes, nativos digitales, tienen esos relámpagos de conocimiento adulto adquiridos en los medios informáticos.

El escritor Pérez Reverté, respecto a lecturas de libros de su biblioteca, responde: “En ella no están los libros que he leído, pero son mi proyecto de vida”. Y Humberto Eco, con más de 50 mil obras en su biblioteca personal, dice: “No uso la biblioteca como una colección bibliográfica leída sino como una herramienta de obras, como títulos de referencia”. Ni en varias vidas podría Eco leer todos sus libros. El matemático y ensayista de origen árabe Nassin Taleb dice que las obras leídas de su biblioteca son menos valiosos que las no leídas, porque cuanto menos los lee más repara en saber menos. En cierta manera la biblioteca personal es una aspiración de conocer para interpretar el mundo.

Además, se debe admitir que ahora no solo leemos en las bibliotecas sino en los monitores o pantallas, para consultar, saber y opinar, robando tiempo al tiempo. Esto nos permite compartir ideas, dialogar, hacer amigos, cultivar tolerancia, neutralizar prejuicios y romper estereotipos. Es aceptar los avances tecnológicos cuyos medios de acceso cambian por lo menos cada dos años, o quedarnos atrás.

En fin, las bibliotecas ya no son las mismas de hace dos décadas, ni siquiera de hace cinco años. Otra cosa es que haya retrasos educativos por razones presupuestarias. No obstante, se puede hacer circular las obras nacionales en el mundo, caso de las bibliotecas y los repositorios digitales. Rompe murallas, censuras y desigualdades, nosotros ya lo hacemos desde la Biblioteca Nacional.

Lo conceptualizado sobre las “biblioteca humanas” es darle importancia al lector; pero no específicamente como usuario del libro sino frente a otra posibilidad de conocer que no significa acumular datos sino recrearlos para avanzar y cultivarse en aptitudes creativas e inventivas. Recrear ideas y llevarlas adelante, escuchar, compartir. Aprender a conocer desde cómo se fríe un huevo o si Plutón ya no existe como planeta.

Siempre me he preguntado, y no con espíritu pesimista sino con interés proactivo, cómo será cuando cada niño y niña tengan una computadora personal, de acuerdo con innovaciones y proyecciones educativas. ¿Quién podrá ayudarnos a humanizar ese instrumento? Se debe partir del hecho ventajoso que desde la primera infancia hay curiosidad y entusiasmo ante lo nuevo, desde entonces deben ejercitar su derecho a recrearse y conocer. La recreación debe orientarse de acuerdo con la edad. En esta ruta habrá que educar al docente y al padre de familia. No partir que el padre o madre realizarán la tarea, ni que esta sea una liberación de las responsabilidades docentes, donde el sacrificado es el escolar y la familia. Lo importante es que a una corta edad se inicie el cultivo de su derecho a la libre información, educar sobre las casi infinitas posibilidades de informarse, auspiciar una cultura del descubrimiento para ir humanizando el conocimiento y la información.

Hay que olvidar la tendencia del control desde arriba, y por lo contrario fortalecerse desde los cambios, en especial, los no predecibles, como dice Taleb. No sabemos qué será para los países de mayor retraso global, y si será posible incorporar las innovaciones educativas, incluyendo nuevos conceptos de las bibliotecas, que estimulen la diversidad cultural. Porque dignificar el conocimiento es dignificar a la persona, “para fomentar la solidaridad, neutralizar los prejuicios culturales, étnicos, religiosos o clasistas y estereotipos, que llevan a la violencia social” (Taleb).

De modo que este concepto lo estamos llevando adelante en la Biblioteca Nacional, aunque sea en sus expresiones elementales, cuando se invita cada semana a doscientos escolares a conocer la institución (Visitas Guiadas) donde se conversa y se departe sobre lecturas. O cuando se visita los centros educativos. O al atender las comunidades con una biblioteca móvil. Aunque parecieran formas tradicionales se agregan modalidades avanzadas.

A la importancia del libro se suman en igual prioridad la extensión cultural, las historias compartidas y las opiniones e intercambios sobre esas historias. Por ahora, en un país donde hace pocos años se censuró ciertas lecturas, incluso bajo penas severas, debemos romper, poco a poco, el síndrome, seguir adelante con el libro, sin dejar de lado el significado de la humanización del conocimiento y de la biblioteca humana.

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