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Que no compren
Las calles no son de los vendedores ni de los compradores. Yo le diría a gente como esa empleada que compra en la calle, hasta cuando tiene a los del CAM enfrente, que en realidad la culpable es ella. Si ella se tomara el tiempo de meterse a un mercado para comprar lo que le haga falta en lugar de acomodarse a hacerlo en la calle, entonces los vendedores podrían conformarse con el mercado y a tener un puesto fijo. Ya si ni así quieren los vendedores, entonces que se haga lo mismo que se debería hacer con los buseros que delinquen: impedirles lucrarse con esa actividad. Las medidas punitivas no tienen que ser siempre los palos y el gas lacrimógeno. Es sorprendente lo que se logra cuando se afecta la bolsa de la gente.
Ángela Alarcón [email protected]
 
 
Derechos y obligaciones
Entre las excentricidades de las realezas y los problemas derivados del desorden provocado en Oriente Medio, prefiero quedarme con nuestra propia banalidad y desorden propagado en las calles del Centro Histórico de la capital. Banalidad en el sentido de que las autoridades a quienes corresponde atender la problemática de los vendedores siempre terminan ofreciendo la misma salida, por las mismas vías y con los mismos resultados. Eso confirma, por una parte, que la disposición para solventar el conflicto en nuestras calles no tiene la prioridad necesaria, pero, por otro, que el color político le es indiferente al fenómeno de las ventas informales. Por tanto, esa eterna lucha con los vendedores no solo es cuestión de un simple reordenamiento, tampoco de la construcción de centros comerciales, donde, seguramente, los vendedores no querrán ingresar pues se autocondenan a disminuir sus ingresos. El problema y la solución van más allá de la capacidad que pueda tener la comuna, el partido político detrás del alcalde y sus fuerzas represivas. El comercio informal es, como muchos otros fenómenos, una cuestión generacional, un problema que no se trató a su debido tiempo y que se sigue dejando llevar pues sabemos que la solución no está en el desalojo, sino en volver a este sector informal a uno que compita libremente bajo las misma reglas que los tradicionales. Claro, como ya hemos visto, las reglas del mercado se ejecutan según las necesidades y según el competidor; sin embargo, por tratarse de un lugar de negocios, los vendedores deberían exigir sus derechos al mismo tiempo que cumplen con sus obligaciones. La solución no es mantenerlos en la ilegalidad, sino darles los mismos beneficios que las leyes del “libre mercado” les otorgan a las grandes empresas de este país, a los mismos que hacen las reglas y generan el problema.
Gerardo Martínez
 
Sin fin
El amplio reportaje de Ronald Portillo “Los inamovibles” nos muestra la profundidad del problema por la ocupación de las ventas en  las calles céntricas de San Salvador, un verdadero nudo gordiano que se vaticina nunca tendrá una solución viable. Por un lado se quiere ver el Centro Histórico despejado de invasores comerciantes,  y por el otro está la falta de oportunidades para la subsistencia de la gente, lo  que es como la esencia del asunto, aunque ambas circunstancias son razonables. El hambre es inexorable, las miles de familias tienen que satisfacer sus necesidades y resulta como algo reprochable el desalojo con el uso de la fuerza, humanamente eso no debe ser. La manzana de la discordia sigue ahí con el ingenio de los mercaderes, sin que se asome una solución total y satisfactoria. Lejos se deja entrever que será una disyuntiva que se llevará hacia el infinito.
Julio R. Magaña Salinas  
 
 
Desordenados
A esa gente le gusta el desorden. Los conozco. Les gusta el desorden porque lo aprovechan para hacer todo tipo de ilegalidades. Son irascibles, nadie les puede decir nada. Son una bola de rabiosos que pelean por cada ladrillo. Gente sin educación, ¡qué sé yo por qué no la tuvieron!, pero no la tuvieron ni la buscaron ni la buscan y eso basta para que despierten en mí un gran desprecio. Ellos no se quieren superar ni ordenar. Ninguna alcaldía va a ganarles nunca porque ellos no lo van a permitir. Con las mesas lo que hacen es solo ganar tiempo, como si fueran niños berrinchudos. Por décadas se han estancado en hacerse ver como víctimas porque eso les funciona. Que no tengo dónde ir, que el desempleo, que la pobreza. Son  mediocres a los que les gusta vivir en ese trajín de que casi los atropellen los carros o los golpeen los de la UMO.
Cristian Salazar 
 
 
Bella época
Los cuentos de David Escobar Galindo de la edición 243 son recordatorios bellísimos de tiempos inmemoriales, cuando el cine tuvo su época de oro y cuando el goce de las películas era parte cultural del mundo entero, incluyendo nuestro país. Las historias surgidas gracias a la creatividad de nuestro creador de pensamiento no solo ofrecen toda una aventura y relato para el lector presente, sino también para los que pertenecemos a esa época fantástica del cinema. Nos ha dado memorias de inmenso gusto y belleza. Más que interesantes las historias, más que bellísimas.
Juan Ramón EG

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