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Séptimo Sentido les invita a que nos hagan llegar sus opiniones, críticas o sugerencias sobre cualquiera de los temas de la revista. Una selección de los correos se publicará cada semana. Las cartas, en las que deberá constar quién es el autor, podrán ser editadas o abreviadas por razones de espacio o de claridad.
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Gracias
Respetado señor Cristian Salazar, como hermano de nuestro Monseñor Romero, le agradezco muy profundamente su comentario publicado en el buzón de Séptimo Sentido. A nosotros nos molesta, nos duele, nos ofende que gente sin escrúpulos ocupe el nombre  de este gran hombre para sus intereses sucios, políticos, comerciales o de cualquier índole. Juan Pablo II nos dijo: “Monseñor Romero es nuestro, no permitamos que lo utilicen para otros fines”. Un periodista dijo: “Monseñor Romero es el salvadoreño más conocido en el mundo entero”. Otro dijo: “Monseñor es el único salvadoreño que tiene monumentos fuera de El Salador”. Y otro dijo: “Monseñor Romero es el hombre enviado por Dios para salvar a su patria”. Y hay muchas cosas buenas que se han dicho, se dicen y se seguirán diciendo de él. A los que lo ofenden les sugiero que lean sus homilías para que conozcan qué clase de salvadoreño fue Monseñor Romero y que dejen de ocuparle para sus mezquinos intereses. Que lo respeten, que lo dejen en paz. Monseñor Casáldiga, de Brasil, dijo: Monseñor Romero es San Romero de América. Así que, don Cristian, le estoy muy agradecido. Que Dios le pague y nuestro Monseñor le bendiga abundantemente.
Santos Gaspar Romero [email protected]
 
 
Nunca más
Mi estimada Ana Escoto: tristemente comparto su inquietud, y quizá impotencia, al presenciar las hondas inequidades en el devenir de nuestros sistemas sociales, políticos y legales. La justicia se vuelve prostituta cuando se acomoda al lado de quien mejor puede pagarla.  A Guatemala, El Salvador y otros países de la región nos hermana ese dolor arrastrado por décadas, cuando nuestros países vieron morir a tantos de sus hijos. Aquí hemos tenido suficientes genocidas de la talla de Efraín Ríos Montt, algunos murieron con la tranquilidad que les negaron a sus víctimas y otros siguen viviendo en la impunidad. Creo que ninguna ley de amnistía debería favorecer a quien haya participado en estos crímenes de lesa humanidad porque no es posible un verdadero perdón y olvido para cerrar la página si todo ese dolor jamas fue resarcido; como si las vidas que se perdieron no fueran tan importantes. Cuánta razón tiene: La historia, aunque duela, hay que contarla para que las nuevas generaciones sean conscientes y críticas; hay que medirla para calcular la dimensión de lo que sucedió y el precio que muchos pagaron para que hoy podamos hablar sin escondernos. Y hay que encararla para no permitir que se repita jamas, nunca más.
Berta Luz Palacios 
 
 
 
 
 ¿Dónde los encuentro?
Como siempre Jacinta Escudos se roba el show, lo único que critico de su columna es que menciona obras o poemas que uno no sabe dónde conseguir. Por ejemplo, “Estrella brillante” de aquel poeta que dejó la medicina para dedicarse a ser poeta. Ahora habla de esa Anónima que escribió ese libro en el que relata que fue violada por “valientes soldados rusos”. ¿Dónde consigo ese libro, Jacinta? Me quiero referir también a la crónica de César Castro Fagoaga que ha tenido el valor de decir la verdad sobre los diputados narcos que tenemos en la Asamblea, y lo felicito por los epítetos que le da a Claudia Ramírez cuando la llama la “Madrina de Alianza”, yo le agrego la “Reina de la paja”.
Marcos Chacón
 
 
Sin compromiso por los niños
 La impotencia de padres y madres de familia para impedir que sus hijos delincan es solo una muestra de la crisis que padece nuestra enfermiza sociedad. El fotorreportaje del domingo pasado, “Menores entre     crímenes”, muestra superficialmente el caos donde la responsabilidad paterna debe ocupar un exclusivo protagonismo en el debate sobre delincuencia juvenil, la que siempre vemos con desidia e incrédulos ojos, y el  colmo es que hasta los mismos progenitores son, en no pocos casos, víctimas de sus propios descendientes. Abundan los hogares que le entregan la educación de sus hijos a la calle, sumado al aporte negativo que proveen los  avances tecnológicos desde la televisión, que también son impensados culpables del deterioro moral imperante cuando su uso raya con lo indebido. La debacle en el comportamiento  humano continúa imparable por la indolencia de asumir el compromiso que a cada uno nos corresponde dentro del escenario que ocupamos.
Julio R. Magaña Salinas  
 
 
 Soterrado
 Morir soterrado o vivir soterrado en el tormento. Esa es la realidad de Josué, ilustrada en la crónica de Patricia Portillo, la cual me ha dejado ese sentimiento de impotencia frente a los desastres naturales y frente a las autoridades que se desatienden de sus responsabilidades con la ciudadanía. Y es a este hecho al que quiero referirme pues mientras duró la cobertura mediática del desastre de Ida en 2009, los ofrecimientos del Gobierno para los damnificados fueron varios. Pero hasta la fecha las promesas de reubicación, planes de mitigación e indemnizaciones no han alcanzado a la mayoría que aún vive en zonas de alto riesgo. En el caso particular de Josué, la deuda es más grande ya que perdió el apoyo de sus padres, su vivienda y sumado al trauma psicológico, el niño ha perdido tres años de su vida bajo el velo oscuro de aquel 8 de noviembre. Esa normalidad es la que nadie ha podido garantizarle a Josué y evidencia las fallas del sistema de salud psicológica del país para quienes han pasado por experiencias críticas.  Lo material no es lo único que personas, como Josué, necesitan para crecer sanamente. Nuestra gente damnificada necesita rehabilitarse, recibir incentivos y apoyo directo que trascienda más allá de una bolsa de vivieres o de una cuota monetaria que cubra los gastos fúnebres de un familiar.
Gerardo Martínez
 

[email protected]

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