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Candelaria
Me parece emblemática, aleccionadora y significativa la experiencia del padre y Matilde frente a los representantes de la indolencia y la desidia, enemigos del valor “historia”. La indiferencia ante este valor, en términos de monumento, cede frente al valor “vida”. Esta edificación tan descuidada, deteriorada y endeble, irónicamente declarada patrimonio nacional en 1978, puede matar “en tiempo real” frente al irresponsable “tiempo burocrático” que obstaculiza a perpetuidad toda iniciativa ciudadana orientada a la estimación y promoción de la vida. Lo más grave es que no solo se trata de falta de voluntad política para proveerse de fondos y cumplir con lo que se declaró en 1978, sino que, además, se trata de carencia de valores cívicos. No solo se miente mediante retórica demagógica; también, se estimula, fortalece y perpetúa un mensaje demasiado conocido en nuestra cotidianidad: continuemos pregonando y prometiendo lo que nunca cumpliremos. Curiosamente, esos valores arquitectónicos, estéticos propios de la estructura misma de la iglesia, que en teoría parecen justificar la preservación patrimonial de este bien cultural, aparecen en la realidad como algo incómodo, suntuario, carente del debido cuidado que por definición amerita, valioso en cuanto tal, que debería dispensarse cualquier formalismo burocrático de parte de la institución que lo ha declarado un bien cultural. Por lo tanto, el mensaje que llega al observador, al lector, es que en términos actitudinales lo que se está justificando y avalando en la práctica es el desenlace más probable, fruto de este cinismo y de la irresponsabilidad: ver este bien cultural derrumbarse, con el mensaje inevitable al sentido común y sensibilidad de cualquier ser humano. Al Estado no solo le es indiferente el buen cuidado y la preservación de un bien patrimonial, tampoco permite que los habitantes y usuarios de este patrimonio contribuyan a su recuperación, amenazándolos con aplicar la ley con todo rigor, cuando en quienes debería de aplicarse son en los que roban el patrimonio de iglesias y sitios arqueológicos, generalmente en complicidad con empleados del Estado. Me parece que la cobertura de estos problemas nacionales debería propiciar no solo la indignación ciudadana a niveles suficientes para no contribuir más al silencio, sino también sacudir el letargo en el cual se encuentran muchos académicos e investigadores a quienes atañe profesionalmente el tema y que guardan silencio muchas veces por una conveniente complicidad con los burócratas interesados meramente en dejar que los abusos continúen, pero eso sí, irse ellos repletos de jugosos ingresos al término de su gestión, habiendo hecho casi nada por la promoción, el respeto de los valores cívicos y la construcción de ciudadanía.

Oswaldo Caminos
 [email protected]






Indiferencia supina
Las aventuras del tiempo con sus obras monumentales siempre proyectan nuevas inquietudes y deben ser puntos focales. A veces creemos que por ser antiguallas no tienen ningún valor, pero eso está lejos de ser así. Nada es pasado muerto. Todo va sirviendo en la ruta del tiempo, estamos necesitados de un cambio de pensamiento en esos talentes, y la decepción no es una opción. En el reportaje de Valeria Guzmán “Candelaria, la testigo del Centro”, cruje la indiferencia supina al intentar resanar esa iglesia colonial, pues hay que someterse a la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural que obstaculiza más de lo que favorece la gestión, con razón una alocución del religioso de la iglesia en referencia esboza aquella frialdad con la frase: “Ustedes ni hacen ni dejan hacer”, refiriéndose a la engorrosa burocracia que hay que vadear para poder hacer una mejora en esos templos de tiempos lejanos. La historia que han atravesado esos santuarios es similar en muchos de los casos, algunas de esas construcciones han corrido mejor suerte que otras. En 1978, en tiempos de CONCULTURA, fueron declarados monumentos nacionales las iglesias coloniales de Panchimalco, Suchitoto y la de Tacuba, entre otras. Quiero referirme a esta última: luego de su destrucción con los estragos de los sismos de 1773, la iglesia fue rematada en su fachada con otra sacudida en 1982, el templo de 85 metros de largo es testigo silente de los trágicos sucesos de 1932, incluso algunos de sus árboles sirvieron de patíbulo para aquella barbarie sin nombre; después se convirtió en retrete y potrero de reses ambulantes. Con SECULTURA nada ha cambiado, sus entornos rodeados de velachos y champas, las arboledas internas desarrolladas a su gusto sin ninguna complacencia estética, un abandono total, el acabose es mantenerla cerrada por tiempo indefinido. Investigación, protección, conservación y difusión de bienes para la valorización y rescate de nuestra identidad nacional parecen ser postulados pasivos en el papel que nada más llenan páginas y buenas intenciones. De esa manera se vuelve inoficioso pedirle a SECULTURA lo imposible ya que ni siquiera los trámites para posibles reparaciones terminan afortunados. Es admirable cómo iglesias del mismo periodo etario como la de Chalchuapa o Metapán y otras similares se mantienen radiantes prestando orgullosamente sus servicios con signos de buena salud, mientras que la de Candelaria a pesar de ser referente ancestral se mantiene omisa de atención.
Julio Roberto Magaña
[email protected]






Pudor ante información
La columna “Pudores letales”, de la periodista Mariana Belloso, nos hace una radiografía de una cadena de ignorancia que arrastramos en este país, en especial los jóvenes, que no son preparados para la transición de la pubertad; debido a la perspectiva negativa con la que se aborda la sexualidad en la juventud, debido a que desde que nacemos pocas veces o nunca les hablamos de sexualidad en positivo a nuestra juventud y ya que nos han encasillado que si les hablamos en estos términos les incitamos a practicar sexo y convertimos el placer en un tema tabú. Es de vital importancia involucrarnos desde temprana edad ya que nuestra juventud está expuesta a diario a mensajes, imágenes y escenas de contenido sexual. No olvidemos que desde la infancia debemos de involucrarnos en la educación sexual y afectiva de nuestras hijas e hijos y debemos proporcionar una información de la perspectiva real de las relaciones entre adultos y lo que implica. Si nuestros padres no tuvieron la oportunidad que hoy en día existe sobre la sexualidad, debemos de educar a nuestros hijos para que se conozcan, entiendan, disfruten y sepan cuidarse, sin olvidar que somos los padres los primeros en resolverles sus dudas y explicarles como conocer y aceptar su cuerpo, emociones y sentimientos, ya que la educación sexual abarca el desarrollo sexual y la salud reproductiva sin dejar afuera las relaciones interpersonales, las habilidades sociales, la orientación sexual y el conocimiento de uno mismo, la imagen corporal, la intimidad, la toma de decisiones y –lo más importante– el respeto a uno mismo y a los demás. Buena columna que era necesaria debido a que existe una juventud que no ha sido preparada para procurarse información completa y ajustada a la realidad de acuerdo con sus inquietudes.

 Rutilio López Cortez
[email protected]

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