CIUDADANÍA FANTASMAL ( 7)

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LAS ANSIAS DE ADÁN

Cuando le empezaron a aparecer aquellos sueños conoció la primera forma de la angustia. Y lo peor era que no podía compartirla con nadie. ¿Cómo decirle a su mujer que estaba soñando con otras mujeres sin rostro identificable? Su único recurso disponible fue ir a deambular por los alrededores. Quizás algún signo revelador podía aparecérsele.

Pero de aquellas caminatas lo que le brotó fue el ansia creciente de escapar. Un día de tantos estuvo dispuesto a desaparecer sin rumbo. Y aquella noche el sueño pareció una señal de alerta. En el camino por el que él avanzaba iba encontrando por fin mujeres con rostro, aunque todas tenían el mismo rostro, el de la suya. Despertó temblando.

Extendió la mano en la oscuridad y se topó con la piel desnuda de ella. Había que concluir el ciclo para entrar en otro. La cópula fue inmediata. Ella sonreía en la oscuridad. Ambos sabían que tal impulso les traería la expulsión. Se susurraron mutuamente: “¡Vamos a ser libres para descubrir nuestros propios destinos!” Y entonces les llegaron ruidos prometedores del otro lado del muro…

CAMISA DE FUERZA

Lo había sentido siempre: estar atrapado en una camisa de fuerza que limitaba todos sus movimientos, tanto físicos como anímicos. Al final de la infancia y al principio de la adolescencia sus padres, diligentes, lo llevaron a diversas consultas profesionales. Menudearon los diagnósticos, pero la situación no varió. La camisa de fuerza seguía ahí, intacta y despreocupada.

Pese a ello, fue haciendo una vida propia, que en apariencia era normal. Los intentos de remover sus valladares interiores fueron quedando atrás. La ciudadela amurallada estaba en pie, y de seguro lo estaría para siempre. No se animó a hacer vida de pareja: se limitó a encuentros casuales. El orgasmo parecía ser el límite. De inmediato escapaba, como un animal asustado.

Hasta que se le apareció la muchacha que acababa de llegar al vecindario. Cuando la conoció, ella le dijo sin más: “Soy ciega de nacimiento… ¿Y tú?” La pregunta, de apariencia perfectamente ingenua, le borbolló a él por dentro, volviéndose manantial providencial. “¡Yo también!” Fue como si quedaran desnudos de repente. Y la noche multiorgásmica se los llevaba al rincón más propicio.

CUANDO EL TIEMPO HABLA

Vivía hoy en una ínfima habitación de esas que están a punto de abandono. Todo ahí se hallaba en deterioro terminal, y para colmo a unos pasos se venía abriendo una cárcava por efecto de las torrenciales lluvias. Adentro se acumulaban cajones y bolsas, en las que se apiñaban muchas cosas de la remota prosperidad. Ahora todo eso era recuerdo escondido.

Pese a todo, ella, la señora que habitaba el lugar, parecía ajena a la agobiante estrechez y al aire en descomposición. Apenas salía a la calle, que era una vereda de pavimento ya casi inexistente. En el vecindario, lo que se decía era que tenía padecimientos postradores, pero nadie lo sabía a ciencia cierta. Por eso nadie se extrañó por la ausencia más prolongada de lo común.

Hasta que el silencio llamó la atención de un policía del entorno. Fue a abrir la puerta, sin ninguna autorización. Y entonces el misterio se convirtió abruptamente en sorpresa. Lo que había era un espacio vacío con una vitrola antigua en movimiento. De ella salía un susurro íntimo. Y la señora estaba en un retrato colgado en la pared bruñida.

DIÁLOGO PARA EL DESVELO

—Si no estoy mal informado, usted es originario de Marsella.

—Sí, y por venir de ahí tengo alma de marinero.

—¿Y eso ha marcado su vida?

—Sólo en forma subliminal, porque nunca he navegado.

—¿Cómo así?

—En la familia hubo un pacto de vivir frente al mar pero nunca en el mar.

—Pero usted dice que tiene alma de marinero.

—El alma es una cosa y la vida es otra.

—Sabia definición. ¿Es original suya o la leyó en alguna parte?

—Se la oí a Edmundo Dantés, el Conde de Montecristo.

—¿Se la oyó? ¿Cómo es posible? El Conde es una ficción del siglo XIX…

—No se equivoque, amigo. ¿Y cuál es la diferencia entre el siglo XIX y el siglo XXI?

—Ehhh…

—Exacto. El mar es el mismo, el aire es el mismo, la verdad es la misma. ¿Entiende?

PARÁBOLA DEL TRASPLANTE

Lo primero que le cambió al llegar a lo que alguien en la ruta le había mencionado como su “lugar de destino” fue el argumento de sus sueños nocturnos. En el lugar de origen soñaba con espacios urbanizados al máximo, y ahora soñaba con espacios rurales, ajenos a cualquier forma de modernidad. Aunque en un principio no le prestó atención al cambio, este hizo lo suyo.

Consiguió trabajo como jardinero, que era una actividad que apenas conocía, pero que le posibilitaba indagar sobre un albergue propicio. Los dueños de casa eran gente generosa: lo supo desde que se presentó ante ellos. Y muy pronto les hizo la pregunta decisiva: “¿Ustedes me permitirían quedarme a dormir en ese cobertizo que está al fondo del jardín?”

La respuesta fue inmediata: “Quédese ahí: va a estar más en contacto con las plantas que cuida”. Él sonrió para sus adentros. Y así comenzó su verdadera labor: ponerse a la orden de sus vegetaciones distantes, para aplicarles todos los fertilizantes de la nostalgia. Sólo en esa forma podría sobrevivir en su “lugar de destino”. ¡Lección del destino!

EL TRAJE IDEAL

Estuvo pensando en el presente que le llevaría esta vez a su tía Luz, que sólo era tía política pero que siempre había sido para ella una especie de madre en funciones. Después de darle muchas vueltas mentales y de recorrer cuantos catálogos de objetos regalables tuvo a su alcance, se decidió por lo más simple: un vestido de uso diario, sin marca reconocible.

Se fue al taller de costura de la Niña Tey, que había estado en un pasaje vecino desde siempre. Cuando le explicó a la Niña Tey el propósito de su búsqueda, la señora, que andaba rondando los noventa años, se quedó pensando por unos instantes hasta que el rostro surcado de arrugas se le distendió en sonrisa: “Ya sé: tengo lo que andás buscando…”

Era un vestido que parecía un convivio de encajes, algunos de los cuales a punto de ser alas.

—Este le va a encantar, te lo aseguro.

CANDILEJAS

Cuando vio, allá en la infancia, la película “Candilejas”, de Charles Chaplin, lo que se le quedó prendida de inmediato en la memoria fue la melodía de la canción. Mientras caminaba aquella tarde, calle de Mejicanos abajo, hacia su casa en la 23.ª calle Oriente, iba reviviendo las imágenes de Calvero y Thereza en la pantalla del Cine Apolo.

Una historia triste sobre los contrastes del tiempo personal. A medida que la vida pasa son cada vez más frecuentes tales contrastes. Calvero, un cómico casi anciano; Thereza, una bailarina incipiente. Dicen que el amor todo lo puede, pero a veces la razón se interpone. ¿Podrá Thereza superar sus angustias existenciales y Calvero sus miedos ancestrales?

El espectador infantil tiene todas sus antenas psíquicas en alerta, para no perder detalle, ni de las imágenes ni de las palabras. No tiene reloj y por eso no puede calcular la cercanía del final. Calvero y Thereza están ahí, sobre la tela blanca, hablando casi en secreto. La música es lo único que continuará después de la palabra FIN, que acaba de dar la señal para que se enciendan las luces…

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