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CIUDADANÍA FANTASMAL (10)

Historias sin Cuento
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CIUDADANÍA FANTASMAL (10)

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SENSACIÓN REVELADA

Era estudiante de misterios ocultos, que había entrado en esa onda luego de muchas pruebas personales vividas en la infancia y en la adolescencia. No acudía a ninguna universidad o academia, que no tenían especialidades ni siquiera vecinas a lo que él se proponía aprender. Iba a un pequeño lugar que era venta de alimentos orgánicos por la mañana y cenáculo de interesados en sabiduría esotérica por la tarde-noche.

Aquella tarde, revoloteaba en el ambiente de la trastienda una sensación de crepúsculo prematuro. El estudiante aspiró a fondo e hizo saber lo que sentía:

— ¿Alguien de los que están aquí ya no existe.

Todos se miraron sin sobresalto. Uno de los más antiguos contertulios le preguntó:

— ¿Podrías identificarlo?

La respuesta fue inmediata:

— No, yo no podría. Hay una ley universal que dice que la muerte es un acto de intimidad perfecta. No tiene nada que ver con ser cadáver o no serlo.

— ¿Entonces?

— Quedémonos tranquilos. El ausente lo va a saber por su cuenta, cuando esté dispuesto.

SÍNDROME DE ASPERGER

Siempre fue un “niño raro”, pero en la familia eso había sido común a lo largo del tiempo. Así, cuando le diagnosticaron el padecimiento, sintió que le estaban otorgando formalmente un reconocimiento a su pertenencia familiar. Ya podía justificar –con credencial en mano– su tendencia al aislamiento y su obsesivo interés en el tema que le había venido funcionando como motor anímico desde siempre: la construcción de maquetas sobre todo lo imaginable. Sus padres se quedaron pensativos ante el diagnóstico, pero con una especie de afinidad profunda, como si aquel trastorno –si se pudiera llamar tal– fuera una silenciosa herencia de familia.

El tratamiento se redujo a la terapia para promover sociabilidad y a un ansiolítico benigno. Él, que estaba tocando la adolescencia, tomó todo aquello como un juego. Transcurridas algunas semanas, lo que parecía evidente era que no había cambios visibles.

Pero por aquellos días apareció Ilse, la prima segunda que venía a pasar vacaciones desde la remota

Finlandia, donde vivía entonces con sus padres, ya que él era diplomático de carrera. El adolescente observó a Ilse como si fuera un personaje de cuento de hadas, aunque nunca había leído cuentos de hadas.

— ¿Te animas a que haga una maqueta sobre nuestras vidas? –le preguntó, sonriéndole sorpresivamente.

Ella también sonrió. De seguro aquella pregunta era una broma. Y por eso su respuesta fue provocadora:

— Si te animas…

Él se quedó inmóvil. Era la primera vez que alguien no le temía a su dolencia. Tembló por dentro. Quizás ahí estaba la cura.

LLEGARON LAS LUCIÉRNAGAS

Había sido vagabundo desde niño y muchas veces desapareció en los entornos, sin dejar pista. Siempre regresaba ileso y sonriente, como si el escapar fuera una experticia heredada. En la familia estaban acostumbrados a ello y nunca pensaron que se hallara expuesto a algún peligro depredador. Pero esta vez pasaron los días, las semanas, los meses…

Y como los tiempos no están para jugar con los enigmas, esta vez no se quedaron impávidos sino que dieron parte a las autoridades. Comenzó la búsqueda, en plan de hallar explicaciones vinculadas con la inseguridad reinante. Estaba desaparecido y bien podía estar muerto. Hay tantas fosas clandestinas por doquier. Pero no había pistas y lo único disponible era repartir carteles con la foto del buscado y algunas de sus señas de identidad.

Ninguna novedad, ni siquiera indicios. El caso pasó a la lista de los que se quedaban en suspenso quién sabe por cuánto tiempo. Un día, sin embargo, algo sucedió en el entorno. Era de noche, y la oscuridad parecía impenetrable. De pronto, las pocas ventanas de la sencilla casa de suburbio se vieron iluminadas por reflejos intensos. Alguien se fijó y alertó a los demás.

—Ahí están ellas, ¿las reconocen?

— ¿Quiénes?

— Las luciérnagas.

— ¿Tantas? Parece una procesión de ánimas en pena.

— ¡Sí, eso es! Una procesión de almas en pena. Alguna de esas almas es él.

Se acabó la espera. Quizás nunca identificarían a su familiar, pero solo saber que podría estar cerca les suavizaba toda inquietud.

LA RISA DEL CANÍBAL

Nos toca atravesar un tiempo histórico que se parece en muchos sentidos a las junglas de antaño. Y los lugares más peligrosos no están hoy al descampado, sino que son aquellos en los que la presencia de los humanos es mayor. El profesor nos decía esta tarde, desde su tarima:

— Yo preferiría vivir en una isla desierta, aunque tuviera que correr la suerte de los náufragos sin posibilidad de regreso a la llamada civilización.

Concluida la clase, nos dispersamos por todos los rumbos del vecindario inmediato.

Aunque en esta época uno tiene que estar atento a cualquier sombra que se le cruce en el camino, en mi recorrido hacia casa no hubo ninguna sombra sospechosa alrededor y eso que la zona es de las tenidas como más inseguras. Entonces pensé: “Me voy a sentir tranquilo para poder dormir después sin pesadillas”. Ahí, a muy corta distancia, estaba ya la fachada de mi casita familiar.

Retardé el paso, como si involuntariamente quisiera seguir gozando de aquella extraña quietud. Y estaba ya a unos cuantos pasos cuando de alguna parte no identificable saltó una presencia casi bestial.

— ¡A ver, a ver, todo lo que llevás y al chilazo porque si no aquí vas a quedarte!

La voz gruesa rebotó en todos mis interiores.

— ¡Pero movete, men!

Yo no llevaba nada, ni siquiera celular. Solo un billete de $10, que me saqué de la bolsa y se lo extendí.

— ¿Esto? ¿Qué cara me has visto?

Y entonces reparé en su cara, que era la de un caníbal de las historietas de antes, esas que estaban guardadas en un viejo baúl.

Él entonces soltó la risa chirriante como si lo que más le animara fuera mi miedo.

— Sí, soy un caníbal, pero te voy a dar permiso de seguir vivo, solo que vas a tener que ponerte a mi servicio. Necesito un ayudante que me lleve los restos sobrantes y que me lave la ropa manchada de sangre. ¿Estamos?

CONTRAATAQUE

Vivían en un entresuelo casi simbólico que era lo único que le permitían sus menguados ingresos luego de ser deportados del Norte. Trabajaban –y eso ya era ventaja casi providencial– en sus actividades de siempre: él como asistente administrativo en una empresa constructora y ella como masajista en un salón de belleza. Y aunque eso les daba respiros básicos en el sostén familiar, no auguraba suficiencia para cuando la familia comenzara a crecer. Entonces llegó la noticia.

— Estoy esperando.

— ¿Qué?

— Hijo.

Sonrisa forzada en doble vía. Y después de la sonrisa, el silencio caviloso.

— Bueno, pero tenemos que reaccionar. ¿Qué te parece si empezamos a pensar en el nombre?

— ¿De quién?

— De él o de ella. Si es niño le podemos poner Bienvenido. Si es niña, Esperanza.

— ¿Y eso?

— Es que al destino hay que hacerle muecas que le hagan ver que no nos asusta.

— Ah, vaya.

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