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CIUDADANÍA FANTASMAL (13)

Era hora de volver a casa después del festejo. Había que desalojar el lugar, que era una gran terraza sobre los alrededores, con la cadena de colinas al fondo. Detrás de ella, el mar invisible pero presente, sobre todo cuando, como en ese momento, los nubarrones auguraban borrasca.
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CIUDADANÍA FANTASMAL (13)

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TORMENTA MANSA

Pero alguien parecía reacio de repente a concluir el encuentro con la despedida usual: el jefe del servicio de limpieza de la institución cuyo personal había estado reunido para celebrar el fin de año. A él lo conocían todos como un hombre reservado y cumplidor, que apenas desataba palabra; pero ahora era un surtidor desconocido. Los músicos iban a retirarse, pero él los detuvo:

—Quédense un rato más, amigos. Hay que cantarle a la vida. Quiero que me acompañen a cantar “Gracias a la vida”... ¿Preparados? ¡Uno, dos, tres, ya: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto...”

La voz se le quebró. Parecía a punto de desvanecerse. Se le acercaron para auxiliarlo, si era necesario. Él emprendió entonces ágilmente la marcha hacia el barandal de la terraza y, sin decir más, escaló los hierros y se lanzó al vacío. Y entonces sí la borrasca anunciada se desató pero en forma de profundo silencio.

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