CIUDADANÍA FANTASMAL (8)

AL PIE DE LA COLINA
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CIUDADANÍA FANTASMAL (8)

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El agua estaba serena, y arriba unas cuantas nubes parecían asomadas tranquilamente al balcón. De pronto empezó a soplar una brisa ansiosa de hacerse sentir. Una pareja iba caminando muy cerca del borde de la espuma, y él dijo con intención de explicar los movimientos del aire: “Después de todo este es un mar y necesita hacerse sentir…”

 Cuando la multitud estuvo reunida al pie de la colina más próxima, la brisa comenzó a calmarse. Por una vereda sin follajes alrededor llegaba el personaje esperado. En contraste con otras ocasiones, su apariencia era la de un sedentario que acabara de despertar. Llegó a la cumbre y buscó una roca donde sentarse. Así, desde abajo no era visible, y por eso su voz parecía venir de lo desconocido.

Cuando llegaron las bienaventuranzas, se hizo una claridad que lo envolvía todo con destellos inefables. Después, comenzó a dispersarse la multitud. Uno de los presentes se dirigió entonces hacia la cumbre. No había nadie ahí. ¿Y la voz de dónde había surgido? Ese sería misterio para siempre.   



  ¿TE RECONOCES?

Estuvo largo tiempo ausente, porque las campañas de conquista y de defensa son siempre de duración imprevisible. Fue tiempo de sacrificio gozoso, pues él era un guerrero por naturaleza. Lo único que había que esperar era que no hubiera ninguna pérdida irreparable.

El día que regresó nadie estaba preparado ya que desde luego no hubo ninguna noticia previa. Y era tan grande su cambio de apariencia que ninguno de los parientes, ni siquiera entre los más próximos, pudo identificarlo. Entonces, él hizo como si anduviera buscando a alguien en la zona y se alejó sin más.

Ahí comenzó su verdadera campaña guerrera. Vivir en el anonimato perfecto, porque no había a quién acudir, ya que él era un soldado espontáneo, que se unió a una lucha que era de otros. Ahora estaba haciendo su auténtica lucha. Sobrevivir en las calles inhóspitas, como todos los desterrados de la fortuna. ¿En qué siglo? En cualquiera. El destino es lo menos imaginativo que hay.



 ESCRIBIENDO
 EN PAPIRO

Todas sus memorias cabían en una sola frase: “La felicidad nunca se acuerda de nada”. Frase que él, de niño, encontró en un cuaderno manuscrito anónimo, que descubrió en el fondo de una gaveta en aquel mueble arrinconado en el cuarto de los objetos inservibles. Hoy era un hombre que se ganaba la vida construyendo muebles de avanzada.

La empresa en la que laboraba se hallaba en ascenso, económicamente hablando. Y él era, aunque nadie se lo dijera así, la estrella del negocio en el plano de la creación de nuevos estilos. En aquel momento se hallaba poseído por un rapto de inspiración. Las nuevas figuras se le aparecían hasta en sueños, como si le apremiaran la voluntad.

Era un día soleado, con luz que parecía ilusionada por sus propios destellos. Él fue a dibujar su nuevo diseño en el taller de la empresa. ¿Nuevo? El mueble de entonces, con la gaveta al aire. Y ahí estaba, entreabierto, el manuscrito anónimo. ¿Anónimo? Por fin reconoció su letra. “La felicidad nunca se acuerda de nada”. ¿Cómo que no? ¡Si hoy el cuaderno era un racimo de hojas de papiro!



 EN LA ESPESURA
URBANA

La arremetida de los pandilleros había convertido el lugar en territorio controlado, después de ser tierra de nadie. Los habitantes tenían que sobrevivir en lo imprevisible, y él, que era un sobreviviente por experiencia, estaba en su ajo. No tenía relación con ninguno de los vecinos, al menos durante el día, pues al atardecer… salía sin protección ninguna y se relacionaba con cualquiera.

 Podría pensarse que aquello era un desafío absurdo a la inseguridad reinante, pero él ni siquiera se lo cuestionaba. Las horas limítrofes con la noche le producían, desde siempre, la sensación del mundo feliz, independientemente de lo que pudiera pasar. Y hasta entonces nada le había pasado. Hasta entonces, porque de pronto…

 Se encontró con ella en un cruce de calles penumbrosas. “¿Me reconoces”, le preguntó ella, arrastrando su maleta de mano con rodos. “¿Yo? ¿Por qué yo?” “Porque nos conocimos en un cuadro de Magritte, de esos que son suburbios crepusculares…” Él se asustó por primera vez, pero era un susto con sabor a esperanza.



 SIEMPRE
ESTRELLA

Cuando terminó su high school en aquel pueblito cercano a Los Ángeles donde sus padres se establecieron luego de emigrar con papeles, sintió que tenía frente a ella un horizonte  sin límites. Eso le daba a la vez ilusión y vértigo. Miró hacia arriba y pensó de inmediato: “Quiero ser estrella”.

En la escuela había formado parte de un grupo de música pop, y recordó que un agente de artistas, que alguna vez estuvo ahí, se le había acercado para entrar en contacto. Hoy era el momento. Se las ingenió para encontrarlo en las redes sociales. Acordaron verse en un café de los alrededores. Al encontrarse, al hombre se le encendieron los ojos: “¡Te voy a hacer estrella!” Coincidencia quizás providencial.

Iniciaron las pruebas, y él sólo sonreía, sin adelantar juicio. Lo único que le decía era: “Tenemos que seguir adelante”. Después de la primera grabación en estudio para ver qué pasaba fueron a celebrar. Una celebración privada, que acabó en el lecho de un motel. “¡Gracias, estrella, me has llevado al cielo!”



 DESDE EL PISO
ÚLTIMO

Había vivido todo el tiempo en un entresuelo, porque era lo que podía financiar con su sueldo de portero, pero sin aviso previo se le abrió una oportunidad distinta: ser pianista en un café de los alrededores. ¿Cómo surgió aquello? Uno de los residentes del edificio donde él era portero administraba una fonda, y un día le oyó decir al paso: “Soy pianista frustrado”.

Luego de la improvisada audición llegó el contrato. Su piano soltaba reminiscencias del tiempo de “Casablanca”. Y ahora podía darle vuelta a su espacio de vida. Del sótano a la azotea. Lo hizo en cuanto recibió su primer emolumento. Tener ventanal hacia el paisaje de rascacielos, aunque fuera de esquina, era la mejor invitación a buscar nuevas armonías.

Para empezar, la armonía del amor. Ella lo miró directamente a los ojos: “¿Estás seguro de que soy la mujer de tu vida?” Él le devolvió la mirada: “Me lo ha dicho el cielo abierto”. “¡Ah, no sólo eres pianista sino también poeta!” “Y tú te llamas Íngrid…”



 Entre Aldeas

De diplomático a finquero: lo previsible que parece travesura del destino. Y no era que tuviera edad de jubilarse de su profesión de siempre: todo resultaba por la invitación que le hacía la Naturaleza para realizar el encuentro largamente anhelado. Dejó su posición en Roma, la ciudad ideal, para trasladarse a los alrededores de Juayúa.

Nadie entendió qué pasaba y él tampoco se ocupó de explicarse, porque para él mismo lo que le estaba pasando se le imponía como una aventura íntimamente misteriosa. Era viudo y sus hijos se hallaban dispersos en el mundo. Regresó con un par de maletas a habitar la casa por reconstruir en la finca La Rosa de los Vientos.

La primera noche en su nuevo destino durmió como bendito. Al despertar sentía en su interior la frescura de un clavel de montaña. Se fue a caminar entre las hileras de cafetos, y fue como si se reencontrara con las mejores energías de su ser. Regresó al refugio improvisado y se sintió en el centro del universo visible. Entonces pensó: “Es cierto: todos los caminos llevan a Roma, a la Roma del alma…”




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