CIUDADANÍA FANTASMAL (9 )

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CIUDADANÍA FANTASMAL (9 )

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EN FAMILIA

Cuando pasó a vivir en el cruce entre la calle 78 y la Segunda Avenida sintió que Nueva York no era “la Gran Manzana” ni “la ciudad que nunca duerme” sino la isla donde todo tenía que concentrarse porque no había cómo expandirse. Lo natural era ir hacia arriba. Rascacielos.com.

Miró a través de la cortina abierta, y una nube iba moviéndose entre las moles erectas. En el entorno, las ventanas de los edificios eran un catálogo de vidas desconocidas. Aquella nube podía parecer una intrusa sospechosa, pero él se sintió en confianza. Esa nube era exactamente igual a las que recordaba de su infancia en el campo, allá en el trópico donde sólo había caminos de polvo y casitas de adobe.

Pero la semejanza no quedó solo en eso: era domingo y, por tradición de siempre, acudió a oír misa en la iglesia de Santa Mónica, en la Calle 79. Ahí estaba la otra nube, flotando entre las imágenes de los vitrales, y también era igual a la que él observaba en la infancia en la iglesia de San Francisco, casi esquina opuesta a la refresquería Bambi…

COMPAS

Había llegado de los montarrascales más hirsutos, como un emigrante de otra vida. En apariencia, no era distinto a todos los que buscan destino entre el cemento dejando atrás los follajes; pero aquel muchacho de mirada penetrante y de proceder sigiloso evidentemente tenía lo suyo bien marcado. Y el primero que se lo notó fue su profesor de geografía.

“¿Venís del monte, verdá?” “Sí, igual que usté”. “Bueno, eso no podés afirmarlo porque no conocés mis orígenes…” “Quizás los suyos no, pero sí los de su gente…” “¿Cómo así?” “Es que mire, profe, a uno la procedencia se le lee en las manos… Mírese las suyas… Parecen de piedra poma…” “Sí, eso lo heredé de mi abuelo, que siempre anduvo buscando tesoros enterrados…”

Tesoros enterrados: quizás ahí estaba la clave. El mundo está lleno de ellos, y por eso era hora de recorrer mundo. Dejó todo atrás y se fue como un turista de alforja, que era lo único que tenía a la mano. Su profesor de geografía sonrió. “Vas para bien lejos, ¿verdá?” “Ahí le cuento”. Unos días después, la primera comunicación: “Estoy en una montaña de pinos. ¿Norte, sur? ¡Qué importa!”

CASIMIR AGÓNICO

Todas sus vestimentas fueron siempre hechas de manta o de dril, lo cual mostraba su condición originaria. Sin embargo, desde el comienzo la voluntad lo llevó a imaginar vuelos de altura. Y fue así cómo se aplicó al estudio y se propuso una carrera de éxito. Quería conocer mundo y para ello había que salir al mundo. La diplomacia, pues, sería su horizonte.

Culminó la carrera con excelencia, y muy pronto se le presentó la oportunidad de tener un puesto en el exterior. Parecía el inicio de su aspiración cumplida. El lugar de destino no podía ser más inspirador: París, el de los viejos tiempos. Hacia allí acudió, con la intención perfectamente dispuesta a desenterrar y lanzar al aire todos sus anhelos.

Los primeros tiempos fueron un deleite continuo, pero en algún momento la luz comenzó a nublarse, y ni siquiera se anunciaba el otoño. A él le cogió de improviso una angustia existencial irreprimible. ¿Qué hacer? Fue hacia el ropero y descolgó todos sus trajes de casimir. En la pequeña terraza hizo una hoguera con ellos. No tardó en llegar la autoridad. Él ya no estaba. Había vuelto a su comarca original.

INGENIOS DEL AZAR

Cuando aquellos vecinos llegaron a instalarse a nuestro lado, pared con pared, nada pareció distinto a lo que casi siempre ocurre: vecindad sin consecuencias. Pero desde aquel momento una especie de conspiración silenciosa comenzó a hacerse sentir a nuestro alrededor, como si hubiera un plan en marcha para hacernos escapar sin alternativas.

Fue así hasta que no pudimos resistir más y preparamos maletas con lo poco que poseíamos. ¿A dónde ir? Cualquier lugar sería más seguro. Así fue como llegaron, sin proponérselo, a la pequeña urbanización que les salió al paso. Consiguieron una vivienda de esquina, que lindaba con otra, pared con pared.

Unos días después, se percataron de que sus vecinos inmediatos habían desaparecido del lugar, como almas que se lleva el viento. No comentaron nada entre sí, pero la misma pregunta les rondaba las conciencias. Se miraron en la penumbra etérea: “¿Qué diferencia hay, pues, entre huir y quedarse?”

RUIDOS EXTRAÑOS EN LAS NUBES

En el lugar eran comunes desde siempre las turbulencias del subsuelo, como si las rocas subterráneas quisieran enviar constantemente mensajes premonitorios. Pero esta vez los ruidos difusos no parecían venir de abajo. ¿De dónde, entonces? Aquel habitante que no parecía tener ninguna característica especial puso más atención que sus convecinos.

Por las tardes salía a caminar por los entornos descuidados donde lo más común eran los predios baldíos y por las noches circulaba entre los bares y los cafés de la calle de las diversiones fáciles. Y en todas partes la sensación de aquellos ruidos sin marca de origen no dejaba de estar en guardia, para no perder contacto. Estaba acostumbrado a ello, que era parte ya de su vivir normal.

Pero un día cualquiera desaparecieron los ruidos, al menos en su cárcava auditiva, y eso le produjo la impresión del perfecto abandono. Salió a recorrer las calles como cualquier indigente. Cuando los transeúntes lo observaban no podían evitar el gesto de sorpresa: aquel extraño ser no tenía rostro identificable. Era un extraterrestre obsesionado por los ecos de su origen.

OFICIO DE ULTRATUMBA

En el centro de salud dieron el veredicto sin ningún énfasis lastimero: “Dejará de respirar dentro de algunos minutos. Esperen para llevárselo”. Los hermanos presentes, que eran su única familia inmediata, pusieron gesto comprensivo. En realidad, el suceso no les causaba trauma: “Por fin va a llegar a su mundo, en la forma que siempre anheló…”

Pero fueron pasando las horas y el presunto enfermo se hallaba cada vez más tranquilo y animado, como si alguna medicina misteriosa estuviera haciéndole efecto. Uno de los hermanos, el más cuidadoso y guardián, asomaba a cada rato al espacio de cuidados intensivos, donde él estaba recluido como en una capilla penumbrosa.

Un par de días después, se levantó de pronto de la cama, fue a buscar su ropa en el pequeño armario y salió sin darle aviso a nadie. Cuando la enfermera llegó a la revisión normal, se halló con aquello y dio la alarma. Los hermanos llegaron. Nadie entendía lo ocurrido. El recluso se había esfumado. Alguien aventuró: “¿No será otra resurrección?”

ESE MISTERIO PASIONAL

Nunca les puso atención a los vecinos inmediatos, que siempre fueron gente común y corriente, con sus más y sus menos. Él tampoco tenía nada de especial, y como todos pasaba inadvertido. Su mujer, igual. Pero eso tuvo un repentino cambio cuando aquel grupo familiar llegó a ocupar el apartamento que estaba al otro lado de la pared.

En primer lugar, los recién llegados permanecían en su vivienda todo el tiempo. Ninguno de ellos trabajaba o estudiaba. Y esa permanencia no era silenciosa: parecía que estaban moviéndose constantemente, como roedores poseídos de su condición. A veces, risotadas estridentes; en algún momento, deslizamientos ruidosos de muebles u otros objetos; y también griterías repentinas…

Entonces él le dijo a su mujer: “Vamos a ver a los vecinos para ponerlos en juicio. Quiero que volvamos a la normalidad”. Y así hicieron. Cuando tocaron, los hicieron pasar al instante con toda cortesía. Paz absoluta. No se animaron al reclamo, pero el señor vecino se explicó: “Si les parecemos raros, entiéndannos, por favor. Estamos poseídos por la desbordante pasión de no hacer nada…”

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