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Calma, armonía y dignidad

Demolió su Teatro Apolo de estilo neoclásico, su kiosco, su antiguo hospital y casi todas sus viejas casas. Deslucieron a su iglesia al añadirle esos campanarios estilo Star Wars.
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OPINIÓN (Desde acá)

Cruzdel Rayo

Las ciudades son como los niños, si crecen siendo despreciados o vejados, corren el riesgo de malograr sus capacidades. Y en El Salvador existen muchísimas poblaciones malogradas urbanísticamente.

A Quezaltepeque, por ejemplo, le ha pasado las de Frankenstein. Es una retahíla de amputaciones y remiendos. No tiene parque central. Hace unos 35 años un alcalde decidió pasarle tractor –incluyendo a la ceiba que lo sombreaba– y lo transformó en un mercado techado. Y ni así logró sofocar las ventas callejeras.

Poco después, un cura hizo lo suyo: tumbó la vieja iglesia de madera y lámina. Y la sustituyó por una que parece búnker nazi. El Gobierno se sumó y dio su tiro de gracia en 1982: empotró una penitenciaría. En pocos años, cambió no solo la dimensión urbana de Quezaltepeque, sino su tejido social. Construyeron un semillero de violencia, pobreza y caos.

99 años antes, muchos quezaltecos culpaban al volcán de San Salvador de la destrucción de sus casas. Tembló fuerte. Y encima, una lengua de lava amenazaba con lamerlo. El magma nunca llegó y lo que quedó de su centro histórico –incluido un primoroso Palacio Municipal de dos pisos de buena madera– fue demolido en las siguientes décadas, por su gente.

Ahora, los quezaltecos tienen una alcaldía de cemento, cuya arquitectura no genera los tres principios psicológicos que imprimía el italiano Andrea Palladio a sus edificios: calma, armonía y dignidad. De hecho, Palladio creía que la arquitectura tenía un propósito claro: ayudarnos a ser mejores personas. Algo urgente en El Salvador.

Tenemos muchas poblaciones desangeladas, dolores de cabeza como Ciudad Delgado, Santa Rosa de Lima, Ateos, Soyapango, San Marcos, Cojutepeque, La Unión o Gotera. Allí también reina el comercio agresivo o el frenesí por construir casas “a lo loco”, con pobres o nulos diseños estéticos. Y donde la equidad social y el medio ambiente rara vez es tomada en cuenta.

Cuando uno ve fotografías antiguas de ciudades como Usulután, provoca preguntar: “¿Qué le pasó?”. Exceptuando su Palacio Municipal, Usulután borró su pasado y cualquier cosa que luzca estética. Demolió su Teatro Apolo de estilo neoclásico, su kiosco, su antiguo hospital y casi todas sus viejas casas. Deslucieron a su iglesia al añadirle esos campanarios estilo Star Wars. Chalatenango se encamina a lo mismo, pierde lo que la distingue, sus viejos portales.

Otras poblaciones salvadoreñas se afean, ahora sí, por culpa de la inestabilidad de este suelo. San Salvador ha resucitado de cualquier cantidad de terremotos, el de 1575, 1594, 1625, 1671, 1707, 1719, 1730, 1776, 1806, 1815, 1831, 1839, 1854… Esta es la capital centroamericana más antigua y de su pasado colonial no queda nada. Para colmo ha sufrido una mala racha de incendios y de alcaldes que destruyen joyas arquitectónicas y erigen mercados por doquier. Malogrado.

Peor suerte ha llevado San Vicente. El terremoto de 2001 terminó de desfigurarlo. Su centro histórico se resquebrajó como el cascarón de un huevo y se derrumbó. Lo único que reconstruyeron fue su basílica del Pilar de 1769 y su espigado kiosco de 1930. Esto gracias a que muchos vicentinos entendieron que esos dos edificios eran insustituibles en la unidad orgánica de su ciudad. Son el recuerdo de que alguna vez tuvieron una catedral-convento neoclásica, una enorme fuente central, casonas solariegas, varias iglesias coloniales, un puente de arcos y un palacio consistorial.

En 1951, otro terremoto también malogró a Chinameca. Hasta entonces era una importante ciudad cafetera. Tenía una iglesia neoclásica con un montón de ángeles de mármol sobre el techo. Y varias casonas señoriales. La Chinameca contemporánea aún no supera su versión anterior.

No todo está perdido. Hay otras ciudades que buscan o mantienen su armonía. Ahuachapán luce muy bien, ordenada, limpia y relativamente respetuosa del centro histórico. También Ataco, Alegría, Suchitoto, Metapán, Zacatecoluca… Santa Ana acaba de restaurar magníficamente un edificio art déco, la Casa del Niño. Y ojalá rescaten más de lo mucho que tienen.

Inclusive, hay pueblos, quizá anodinos, que han buscado orden y estética. El Congo, Apaneca y San Emigdio han construido llamativos templos de aire colonial, rectificaron sus calles y repintaron sus casas.

Hace unos días, los migueleños hablaban de restaurar la casa que ocupó la antigua Guardia Nacional y de impedir que el predio anexo a su capilla de la Medalla Milagrosa fuera convertido en parqueo. En buena hora. San Miguel, Izalco y Chalchuapa tienen buenos edificios y trazado, pero están a un pelo de malograrse, como tantas cosas más en este país

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