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Camaleón azuliblanco

A diferencia de banderas como la guatemalteca y la italiana, la salvadoreña no tiene definidas, por decreto, sus tonalidades. Esta “indefinición” es parte de la biografía variopinta de nuestros símbolos patrios. ¿La bandera salvadoreña es color añil como nuestro antiguo monocultivo? ¿Es azul “turquí”, “navy blue” o “azul cobalto”? Ayer, la bandera y el escudo cumplieron 100 años, y tampoco tuvieron un festejo particular.
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Camaleón  azuliblanco

Camaleón azuliblanco

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<p></p><p></p><p></p><p></p><p>Fotografías de Giovanni Lemus, Víctor Peña, Juan Carlos Barahona y cortesía de Sara Hernández y Carlos Cañas Dinarte. </p><p></p><p></p><p> A</p><p>yer (15 de septiembre), la bandera y el escudo de El Salvador cumplieron 100 años de adopción oficial y de vigencia. Durante este tiempo, “la azul y blanco” ha sido muchas cosas. Cayuco y carretón minutero. Túnica de santo patrón. Encendedor y chancleta. Hincha de la “selecta” de balompié y fútbol playa. Papel tapiz de puesto policial. Cromo de escuela, tatuaje y padrenuestro ciudadano. Y sobre todo, eterno discurso político-gubernamental… Ya tuvimos un gobierno cuyo lema fue: “Llevemos con orgullo el azul y blanco de El Salvador”. </p><p></p><p>Parece contradictorio que el primer centenario de la bandera y el escudo —los símbolos máximos del país— pasara de largo, sin celebraciones conmemorativas. No tuvo lugar en el calendario cívico. </p><p></p><p>Y hay algo más. Hasta la fecha, se ignora qué tono de azul tiene nuestra bandera. ¿Es color añil como nuestro antiguo monocultivo? ¿Es “azul cobalto” como la bandera oficial de Nicaragua? ¿Es azul “turquesa” como la bandera hondureña? ¿Es azul eléctrico como el de las placas de nuestros carros? ¿Es celeste como la bandera guatemalteca? ¿Es “navy blue” como la que flamea cerca del centro comercial Multiplaza? </p><p></p><p></p><p></p><p>A nuestra bandera le ha tocado las del camaleón, cambia de color según la ocasión. </p><p></p><p>El poeta Alberto Rivas Bonilla (1891-1985) describía que al verla flamear vislumbraba dos colores milagrosos. Un blanco resplandeciente como el pelaje de un “armiño”. Y un azul, diáfano y a la vez sólido, como el de un “zafiro”. </p><p></p><p>En cambio, en el asta del redondel Masferrer —quizá la más alta de la capital y el país— a veces enarbolan una en tono azul prusia, a veces es azul añil, o azul turquí, o azul azur, o turquesa, o llega a ser tan verdosa y pálida como un “aguamarina”. Ya se le ha visto gris, por la polución. Y hasta roja. Hace cinco años, en el mismo redondel, Norman Quijano —previo a su candidatura a alcalde capitalino— lloró al ver a unos jóvenes simpatizantes del partido FMLN izando su bandera color rojo bermellón, en lugar del pabellón nacional. Constipado, el mismo Norman la hizo bajar e instaló una de franjas celestes que recordaba más a la de Argentina. </p><p></p><p>Y hace unos días, durante los Juegos Olímpicos de Londres, uno de los aspectos que más destacó de El Salvador fue el uniforme “haute couture” con el que desfilaron nuestros atletas. Era azul y blanco, como la bandera. En el canal estadounidense E Entertaiment comentaron que su suéter blanco ajustado y su falda azul, arriba de las rodillas, “bien puede servir a un atleta de clase mundial o un genio de Excel”. La diseñadora es la salvadoreña Sara Hernández, de 28 años. </p><p></p><p>—¿Este uniforme estuvo inspirado en los colores de nuestra bandera?</p><p></p><p>—No, el uniforme está inspirado en nuestro ancestral añil (con azules que se difuminan en el blanco), pero se hizo con impresión digital y con un “azul” elegante, uno oscuro. No tomé referencia de ningún pantone porque nuestra bandera no tiene un “azul establecido”.</p><p></p><p>Casi todos los salvadoreños sabemos que nuestra bandera es camaleónica. Que no tiene tono definido, ni de blanco, ni de azul. ¿Qué dice eso de nosotros? </p><p></p><p>—“Ignorar” el tono de la bandera es una cuestión que no solo tiene que ver con la sociedad salvadoreña, sino también con las autoridades, tanto políticas como científicas, que no se han detenido a reflexionar sobre el tema… —interviene Patricia Guerrero Medrano. </p><p></p><p>Guerrero Medrano es una científica de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) radicada en Barcelona, quien posee grados en física teórica y en filosofía de la ciencia. A través de un correo electrónico, ella explica que el famoso Pantone es una empresa estadounidense que ha creado un sistema de definición cromática, sin embargo, este no es un patrón internacional. Pero se ha popularizado mucho, sobre todo en América Latina, por la gestión de sus ventas en la industria gráfica e impresos. </p><p></p><p>Como ejemplo, la científica mexicana dice que España —y muchos otros países— ha decretado “constitucionalmente” que su rojo sea el #AA151B y su amarillo, el #AA151B. Ambos códigos pertenecen a una escala de la Comisión Internacional de Iluminación (CIE, por sus iniciales en francés). </p><p></p><p> “En el caso de México, constitucionalmente no hay una combinación específica. Sin embargo, la Secretaría de Gobernación hace la siguiente sugerencia: pantone rojo 3425c, blanco safe, verde 186c.”</p><p></p><p>Patricia no lo dirá, pero los mexicanos para hacer distinguir su bandera de la italiana decidieron utilizar tonos más fuertes. Y los italianos fueron más allá, hace nueve años decretaron que su bandera sería “green fern” y “flame scarlet”. También determinaron sus proporciones, la suya sería más cuadrada que la mexicana, con una proporción 2:3. Guatemala ha hecho lo mismo, su azul-celeste ha sido especificado constitucionalmente. </p><p></p><p>“Al tono de azul que deberá utilizarse en su confección le corresponderá el código ISCC-NBS177, y el blanco el código ISCC-NBS263, según la Sociedad Internacional del Color”, así reza el decreto legislativo guatemalteco 104-97. </p><p></p><p></p><p>La biografía de nuestra bandera no tendrá pantone, pero tiene algo de Estados Unidos. Antes de dolarizarnos —en 2001— también tuvimos una bandera de barras y estrellas. </p><p></p><p>Esta bandera agringada ondeó durante 49 años, casi medio siglo, entre 1865 y 1912. Tenía los mismos colores, pero a la inversa: barras azules y blancas; y un cuadro color sangre salpicado con estrellas blancas, una por cada departamento. </p><p></p><p> “Durante la administración de Francisco Dueñas se tuvo la desgraciada idea de imitar, casi exactamente, a la bandera de Estados Unidos de Norteamérica. Este cambio ha ocasionado ya más de una escena ridícula, como la que pasó en Nueva York, cuando en una rica mansión de huéspedes se enarboló esa bandera, dando pábulo a la burla y comentarios ridículos.” Este párrafo se desprende del “Libro Azul”, una especie de anuario —editado e impreso por estadounidenses—, con reseñas de los salvadoreños más prominentes de 1916. </p><p></p><p>El “Libro Azul” no menciona el antiguo escudo; el que según el Diario Oficial entró en vigor, junto a la bandera agringada, el 4 de mayo de 1865. El escudo era más clásico y elegante que el actual. Tenía flechas, dos cornucopias y unos laureles que encerraban al sol y al volcán de Izalco, justo en el momento que parecía erupcionar 14 estrellas que se reflejaban en las aguas del océano Pacífico. En 1912, el escudo también fue destronado. Quizá porque incluía a dos banderas “americanizadas” —una mercante y otra de guerra— junto al Izalco. </p><p>Como un relicario, este escudo aún ciñe el frontispicio del viejo cuartel de Ahuachapán. Allí, algunos de sus soldados creen que se trata de un escudo colonial. Y no, es republicano. Casualmente se conserva una crónica —del domingo 14 de febrero de 1869— que narra cómo esta ciudad, Ahuachapán, se llenó de banderas y escudos como el que aún exhibe el cuartel. En febrero de 1869, Ahuachapán se volvió departamento y le agregó una estrella más a la bandera. </p><p></p><p> “En el cabildo flameaba el pabellón nacional. Y la población entera, empavesada con banderolas y cortinajes, ofrecía un hermoso golpe de vista…”, dice la crónica. No cuesta imaginar la escena. </p><p></p><p>A diferencia, la misma bandera, la agringada, puede aún ser vista en postales, monedas o en algunos grabados de época. Como el que retrata “la inauguración del ferrocarril en Sonsonate”, en 1882. En esta imagen —de sobra nacionalista—, unos campesinos vestidos de cotón y hasta el mismísimo volcán de Izalco parecen husmear el arribo del tren al poblado de Armenia. Adelante, se despliega una estela de vapor, junto a una gran bandera “salvadoreña”. Y atrás, cada vagón lleva banderitas a manera de flecos. </p><p></p><p>La bandera de barras y estrellas desapareció en 1912. Nadie sabe decir si fue consecuencia de alguna reflexión patriótica parida durante el Centenario del Primer Grito de Independencia de Centroamérica (San Salvador, 1811-1911). </p><p></p><p>Lo cierto es que detrás de nuestra actual bandera está Manuel Enrique Araujo, el expresidente. El 15 de septiembre de 1912 —seis meses antes de ser asesinado frente a Catedral Metropolitana con cinco machetazos y un balazo— Araujo oficializó la “azul y blanco” desde el extinto Campo de Marte. De esa manera, la que alguna vez fue la bandera de la Federación Centroamericana era adoptada como enseña propia de la República de El Salvador.</p><p></p><p> “De profundo regocijo se llenó mi alma, cuando vi a nuestro ejército inclinándose referente y conmovido ante el nuevo pabellón azul y blanco, el que propuse a la Asamblea Nacional se adoptara como emblema expresivo de la paz que disfruta el pueblo salvadoreño…”, dijo Araujo hace 100 años. Esto según su discurso republicado en 1937 en este periódico. </p><p></p><p>A Manuel Enrique Araujo le sobreviven algunos bisnietos, como Conchita Kuny Mena. Ella también le ha dado color al país, es una de sus pintoras más destacadas. Y justo por estos días ejecuta dos óleos con la imagen de su bisabuelo. </p><p></p><p>—Este aún no lo termino, pero aparecerán los asesinos (intelectuales) de mi bisabuelo. Y este otro lo donaré al Ateneo de El Salvador, pues él lo fundó hace 100 años… ¡Hizo varias cosas en dos años de gobierno! — platica Conchita ante los dos caballetes. </p><p></p><p>Conchita añade que su bisabuelo puso en concurso la elaboración de un escudo nacional. Y ganó el diseño de Rafael Barraza Rodríguez, un calígrafo y funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores. Y añade que lo único que conserva de Manuel Enrique Araujo son unas mancuernillas. Ambas son de oro y, vistas de cerca, tienen incrustadas unas diminutas gemas —azules y rojas— que forman, además de sus iniciales, el antiguo escudo y bandera agringada de El Salvador. Parece una ironía. </p><p></p><p>Según el historiador Gregorio López Bernal: “Araujo era un unionista (centroamericano) convencido. Si no lo hubieran matado quizá habría adoptado políticas unionistas. Era crítico del imperialismo de Estados Unidos y en dado momento decide que el país debe volver a tener la bandera federal”. </p><p></p><p>La bandera salvadoreña destila tantas anécdotas como tonos de azul. Aún no conquista la cima del mundo, el Everest; pero ya ha sido encumbrada en el Orizaba, el Kilimanjaro, el Cotopaxi y el Aconcagua. En estas altitudes, el azul de la bandera contrasta con el techo de la troposfera, azul-negro. </p><p></p><p>En Estados Unidos, la comunidad salvadoreña suele fabricar “megabanderas” azul y blanco. En Dallas y Los Ángeles —durante partidos de fogueo de la selecta—, ya han sido desdobladas varias de más de 100 metros de largo. Y el tono más socorrido parece ser el “azul Klein”. Este es un tono más “eléctrico”, parecido al de las placas salvadoreñas, que no tiene nada que ver con el modista neoyorquino Calvin Klein, sino con un artista francés llamado Yves Klein, quien patentó su propio tono de azul en 1950. </p><p></p><p>Y hay más. En la capital estadounidense, Washington, exhiben otra bandera salvadoreña —en forma de calcomanía— adherida a la nariz del Spirit of Saint Louis, el aeroplano del estadounidense Charles Lindbergh, pionero en cruzar el Atlántico en 1927. Por esas fechas, en enero de 1928, Lindbergh también visitó El Salvador. La bandera-calcomanía salvadoreña es un souvenir de aquel viaje. Mientras tanto, en el país, la bandera bicolor ha inspirado a docenas de salvadoreños, como los escritores David J. Guzmán, José Valdés, Pedro Fonseca, Carlos Bustamante y Fabio Ignacio Magaña, este último declamaba:</p><p></p><p>“El azul de tus franjas me recuerda la inmensidad; inmenso es el amor que te profeso. Lo blanco de la franja que ostentas me recuerda la luz; os amo con la luz que da la ciencia…”</p><p></p><p>Sin embargo, más allá de las visiones románticas, nuestra bandera invita a reflexionarla. Como cuando nuestro ejército —y por consecuencia, nuestra bandera— se marcha hacia lugares tan lejanos y ajenos como Iraq o Afganistán, como parte de la fuerza aliada de “reconstrucción” de Estados Unidos. A manera de ejemplo, en diciembre pasado, un militar salvadoreño llamado Óscar Recinos izó el pabellón nacional en Kabul, la capital afgana. Entonces, un estadounidense se acercó para preguntarle, en inglés, qué sentía al verla. </p><p></p><p> —Right now I’m very proud to rise my flag, because my country it’s small but it has a big heart. </p><p></p><p></p><p>De las banderas centroamericanas, la más antigua es la costarricense, ondea desde 1848. La más joven es la salvadoreña. Su color y forma —similares a la hondureña y nicaragüense— es una remembranza de otra más antigua, la de las Provincias Unidas de Centroamérica. Una celeste y blanca de inicios del siglo XIX.</p><p></p><p>Esa bandera pretérita fue idea de Manuel José Arce, un prócer nacido en San Salvador. La creó mientras luchaba en contra del “imperialismo mexicano”, que logró izar su bandera tricolor por toda Centroamérica durante más de un año, entre enero de 1822 y marzo de 1823. La bandera de Arce estaba inspirada en la bandera independentista de Argentina. </p><p></p><p> “Al recordar los colores que enarbolaban los próceres argentinos, San Martín y Belgrano, como símbolo de libertad, Manuel José Arce comunicó su idea a doña Felipa Arazamendi, su esposa, y a su hermana, Antonia Manuela. Ambas mujeres, con seda blanca y azul, confeccionaron la bandera de la provincia de El Salvador, que en ceremonia solemne celebrada en la iglesia Catedral con asistencia del pueblo y de las tropas, fue jurada y bendecida el 20 de febrero de 1822.”</p><p></p><p>El párrafo entrecomillado fue escrito por Alfredo Vítolo (1938-2006), un político argentino que estudió, durante algunos años, las banderas de Centroamérica. Una región azul y blanco que recuerda la reiteración azul-amarillo-rojo en la región de la “Gran Colombia” de Simón Bolívar: las banderas de Ecuador, Colombia y Venezuela. </p><p></p><p>A veces, la historia parece un asunto de colores. Parte de la historia de nuestra bandera es haber cumplido 100 años sin tener un tono de azul específico y ningún color en el calendario cívico 2012. De momento, de nuevo es septiembre, el mes de la independencia, y en las calles otra vez hay señoras que venden banderitas en tono azul prusia. Los balcones del Palacio Nacional lucen banderines en tono azul Klein. Y un famoso almacén salvadoreño exhibe una acartonada bandera patria, en tono azul cobalto, con una invitación: “¡Seamos bandera siempre!”. </p><p></p><p>A diferencia de muchos de los que vivimos en el país, hay otros que desde lejos “son bandera siempre”. Como el investigador cultural Carlos Cañas Dinarte —radicado en el extranjero desde hace tres años— quien tuvo a bien sugerir escribir sobre nuestra “azul y blanco”, con la intención de que la “Asamblea Legislativa emita un decreto que, con parámetros científicos internacionales, especifique y fije los tonos de azul y blanco que se deben usar al momento de reproducir sobre tela, papel, paredes y demás superficies la bandera y la gama cromática del escudo nacional. Para evitar errores, para solventar inexactitudes, para decidir, de una vez por todas, qué tan azul y qué tan blanco son el azul y blanco de El Salvador”.</p><p></p><p></p><div class="blogBox"></div>

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